La Crítica de Villamarta. El estreno de 'J.R.T.', un espectáculo de Pedro G. Romero para el trío Úrsula y Tamara López, y Leonor Leal, propone una erótica y estimulante inmersión en el universo Romero de Torres.

Baile: Úrsula López, Tamara López, Leonor Leal. Guitarra flamenca: Alfredo Lagos. Voz: Rosalía, Eva de Dios. Guitarra: Antonio Duro. Proyecto Lorca: Juan M. Jiménez (vientos), Antonio Moreno (percusiones). Palmas: Melisa Soledad, Aniela. Coreografías: Úrsula López, Tamara López, Leonor Leal, Mónica Valenciano, María Muñoz. Música: Alfredo Lagos. Aparato: Pedro G. Romero. Escena Antonio Marín. Sonido: Manu Meñaca. Iluminación: Ada Bonadei (Vancram) & Manu Madueño. Regiduría: Balbi Parra. Vídeo: Félix Vázquez. Modelo vídeo grabado en el Museu Nacional d' Art de Cataluña: Leo Castro. Vestuario: López de Santos. Teatro Villamarta. Fecha: 24 de febrero. Aforo: Lleno. (***)

No hay tributo ni recreación posible. Hay escasas referencias y evidencias –si acaso en el vestuario y en algunas pinceladas musicales-, pero aun así el alma del artista está presente ante nuestros ojos en todo momento. Pedro G. Romero propone una inmersión hasta las trancas en la obra simbolista de Julio Romero de Torres trazando un discurso totalmente vivo, repleto de recovecos y teatralidad. Un montaje que nos sumerge, nos embadurna con sus óleos, nos da unas friegas con el sudor de sus musas, nos empapa y seduce con sus cuadros de danza flamenca coreografiados por la creatividad elevada al cubo de las hermanas López, Úrsula y Tamara, y Leonor Leal. Tres danzaoras tan versátiles y divergentes por libre como confluyentes cuando se juntan en muchos pasajes y paisajes de J.R.T, el espectáculo que han estrenado en el XX Festival de Jerez.

Gracias al apoyo audiovisual de escenas filmadas con las protagonistas de la función en el museo del autor en su Córdoba natal y en el Reina Sofía –más otra pieza con una modelo en el Museo Nacional de Arte de Cataluña-, esta aproximación no parte de la mirada del artista o de su obra –que sería lo obvio–, sino desde la perspectiva de las protagonistas de sus lienzos: sus mujeres. También de apellido López, la chiquita piconera atrajo al instante al artista, para quien posó desde niña. Luego, vivió toda su vida desmintiendo haber sido su amante. ¿Qué ocurrió entre una cosa y otra? No debió de ser fácil posar para el genial pintor, quien como muchos otros se vio arrastrado a las catacumbas por el franquismo pese a morir antes del estallido golpista y de que todo su ambiente fuese republicano. Carasucia, la niña del candil, la vicetiple del Romea… Tantas mujeres que inspiraron y excitaron al artista simbolizadas en un trío que no reproduce sus pinturas, sino que plasma sus atmósferas, su paleta cromática, sus obsesiones en esa Andalucía triste inserta en la España trágica y crepuscular del desastre del 98. Antes de cada número, se reproduce la visita al museo, donde la esencial cámara de Félix Vázquez flota por las salas mientras las artistas se agitan. En un momento dado, sin darnos cuenta, estamos ya dentro del cuadro. Sube el tul. La carne y los huesos se hacen presentes.
El montaje orquestado por el pope de la escena flamenca actual, cómplice en los artefactos explosivos de Israel Galván, esboza aquí un sofisticado chapuzón en el universo Romero de Torres evocando claramente la línea creativa emprendida en los trabajos con su inclasificable paisano. No es solo el hecho de recurrir a Proyecto Lorca (percusiones, saxo, clarinete) para aportar otros matices a la banda sonora del montaje -genial la partitura de Alfredo Lagos, una vez más-. No es solo la puesta en escena o la distribución del espacio. Tampoco es la gula transgresora, ni la demolición controlada de los tópicos. Es un lenguaje tan particular como manierista, tan provocador como temerario a veces.

La escena final, por ejemplo, es una suite dedicada a la copla que acaba embarrancando casi en la esquizofrenia. Con la cantaora barcelonesa Rosalía entonando El día que nací yo, los músicos haciendo apuntes desafinados y el trío de bailaoras bajo un mantra entre el tanguillo y la chufla cabaretera. Acaban, claro, susurrándose unidas pero dispersas, fraseando sin sentido, poseídas ante un haz de luz que proyecta sus siluetas sobre el enorme lienzo del telón de fondo. Una secuencia muy valleinclanesca tan fascinante como el propio cuadro que dice representar, La consagración de la copla. Una instantánea de la sociedad de la época que acumula 17 personajes que nos resultan totalmente enigmáticos pese a ser reconocibles. Una obra que se salvó de las llamas y cuadro estelar de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1912.

Esa estimulante mezcla de quietismo y agitación de las bailaoras se hace especialmente patente en los números a tres. Nuevamente G. Romero revienta las tradiciones seculares de la Andalucía profunda en tres suites monumentales, poética y estéticamente intachables: Semana Santa, tauromaquia y la ya referida dedicada a la copla. Si la Pasión es un desfile mecánico de piedades, autoflagelantes y golpes de pecho al son fragmentado de la marcha Soleá, dame la mano, de Font de Anta (con recuerdo a Andrés Marín), y La saeta de Eva de Dios, la Ofrenda al arte del toreo se escenifica con tres bailarinas que se mezclan como toro y torero hasta hacerse daño. Rosalía, una voz entre el fado y la lírica, entre el eco antiguo de Valderrama y otras reverberaciones coetáneas como Rocío Márquez o Estrella Morente, pone la nota exótica y lírica del repertorio cantaor. Las voces en muchos momentos cansan por ausencia de otras tesituras, así como tanta abstracción y conceptualidad nos lleva por momentos al agotamiento. Nada ensucia, con todo, esta sucesión de eróticos lienzos en carne viva, como si imitaran al arte, tan provocativos como inspiradores.

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