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Creció escuchando versos, los que traducía su padre y los que componía su madre, los que le recitaban ambos, pero nunca encontró en las palabras del hombre la belleza que emitían los cantos de los pájaros. A los que  sentía profetas, verdadera voz de Dios en la tierra. “Entre las 3 y las 4 de la mañana, se despiertan los pájaros. Un mirlo o un ruiseñor, solista improvisado, entona varios sonidos con un halo de trinos perdidos en lo alto de los árboles. Si transpones esto al plano religioso tendrás el silencio armonioso del cielo”.

Creció con la cabeza llena de estos pájaros, esa era la música que él perseguía. Un joven soñador en una Europa que se estaba destruyendo. Fue movilizado en la Segunda Guerra Mundial, debido a su miopía prestaría su servicio en el cuerpo sanitario. Al poco tiempo, corría 1940, fue hecho prisionero, siéndole requisadas todas las partituras arrugadas que atestaban su petate y sus bolsillos.  Ya en el vagón de ganado en que le transportaban hacia Görlitz, conoció a un clarinetista al que le mostró sus primeros gorjeos transcritos y la intensión de incluirlos en una obra que reflejara la época sombría que cruzaban.

En los barracones lúgubres de la prisión de Stalag VIII había algunos instrumentos abandonados, los que una orquestina había dejado a su paso: un piano destartalado al que se le quedaban pisadas las teclas, un violonchelo al que era casi imposible afinar, y un viejo violín, con los que junto al clarinete, compondría su célebre Quatuor pour la fin du temps. En una mañana gélida, el cuarteto casi no sentían los dedos, Olivier Messiaen acercaba los ojos a su partitura y daba la señal del comienzo a los músicos, vestidos con sus astrosos uniformes grises. Unos trescientos reclusos más, se agruparon a escuchar, extrañados, el concierto.

Años más tarde el violonchelista hacia memoria del singular estreno: “El público, según recuerdo, estaba abrumado. La gente se preguntaba qué estaba pasando. Todos… nosotros también. Nos preguntábamos: “¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estamos tocando?”.

Era una música cuyos ecos místicos eran difíciles al oído humano. Entre el sonido y la visión se desgranan sus movimientos. Palpitantes sus notas, como trinos de pájaros apocalípticos en nuestros sentidos, como colores que fulguran hasta transfigurar en lenguaje musical. Messiaen  pensaba que la música solo se diferenciaba en dos, la que tenía y la que no tenía color, en algunas de sus partituras pintó los matices de su música, él que experimentaba lo  que se llama sinestesia, percibía los colores cuando escuchaba armonías.

Con la lentitud con que caía la nieve tras las ventanas, sonaba aquella música, vibrando al borde del silencio, como el diapasón del universo. Nadie entendía porque no se podía entender la belleza en aquel abismo de tristeza y desesperanza, pero todos sentían abrir una ruta desde los oídos hacia el alma.

Finalizada la guerra, Olivier Messiaen siguió trabajando como maestro en el conservatorio de Paris, entre sus alumnos más conocidos estuvieron Boulez o Xenakis, así como continuó trascribiendo sin descanso, de las ramas a sus pentagramas,  los cantos fundidos con la luz  de sus paisajes,  de ruiseñores, calandrias, mirlos, oropéndolas, cárabos… sus músicos preferidos, intentando desentrañar así, la música con que desde la eternidad Dios nos bendice. En la iglesia de la Santísima Trinidad, el Ayuntamiento de Paris hizo construir un ascensor que subía hasta el órgano al viejo compositor, el majestuoso instrumento que el tocó desde los veintitrés años hasta su muerte en 1992.

Sobre el autor:

Eusebio Calonge

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