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En la penumbra  todo parece que sucede dentro de un sueño, crepitaban los cirios, alargando hasta el techo la sombra de su padre arrodillado, usaba éste la silla como reclinatorio y leía el oficio de difuntos con voz grave, los marcados claroscuros danzaban en las facciones yertas de su madre, amortajada sobre la cama. Casi todas las sillas quedaron vacías, por miedo al contagio de la tuberculosis asistieron pocos vecinos al velatorio. Es uno de los recuerdos más profundos de la infancia del pintor, imagen que se repetiría pocos años después con la muerte de su hermana Sophie, y que irradiaría en muchos de sus lienzos.

En sus pinturas también están los colores de sus paisajes, ocasos de fuego sobre horizontes gélidos, como los tonos de intensidad tan vibrantes, que aparecen tras los deshielos. Nunca fueron copiados del natural, él nunca pintó lo que veía sino lo que había visto , escarbando en su propia vida, con su mirada hacia dentro, honda, enquistada, esto hizo que no sean personas sino almas las que se asoman a  sus cuadros. Creando una unidad trágica desde sus primeras obras. Como en los grandes, su estilo no es fruto de una búsqueda estética, sino de un encuentro fatal. El de la belleza con la muerte.

Una tempestuosa pasión lo sumergió en el alcohol, en el fondo de las botellas se encontró con la descarnada realidad, las sombrías facciones de los difuntos en todos cuantos le rodeaban, una visión que le llevó al internamiento psiquiatrico, a la antesala del infierno.  “La enfermedad, la locura, la muerte fueron los ángeles que rodearon mi cuna y me siguieron toda la vida”.

Sus pinturas cruzan el inquietante puente que va del expresionismo al simbolismo. Enigmáticas y obsesivas, de colores densos, en violenta pugna entre ellos. Fascina la energía y el instinto de su pincel, los abismos que recorre. La mujer como ausencia, la soledad del hombre, que autorretrata constantemente, ese silencio eterno que propaga El Grito. Un cuadro que se convirtió en icono del hombre del siglo XX. La angustia de vivir, de saberse muerto bajo un cielo deshabitado.

Ante la pintura de Munch más que emoción sentimos un escalofrío. Por su trazo sinuoso asistimos al desgarro, al abatimiento de un destino: el del hombre perdido en sí mismo. Nos hace así, testigos de su propio dolor, convirtiendo por tanto, su arte en sacrificio. “Mi pintura quiere diseccionar las almas”.

Tras un inicio en que sus exposiciones suscitaban el escándalo, (en esos tiempos la ruptura con el academicismo o la trasgresión con el “buen gusto burgués” acarreaban sonados fracasos, y no era como hoy, en que adjetivos como rupturista, trasgresor, escándalo… son meras estrategias de marketing) y ser declarado artista degenerado por el régimen nacional-socialista. Conoció el reconocimiento y la gloria artística en plena Segunda Guerra Mundial; colgó sus cuadros en la nueva meca mundial de la pintura, New York, tenía 80 años. Apenas dos años más tarde, un 23 de enero de 1944, moriría en un fiordo, como había vivido siempre, solitario.

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