Tres trabajadores imprescindibles de un Primero de Mayo virtual

Eva, José y Sandra desempeñan su labor en el sector de la agricultura, el transporte y la alimentación, tres labores aún más esenciales desde que se decretó el estado de alarma

Eva Lebrón, agricultora; José Reyes, transportista; y Sandra Lebrón, cajera de supermercado.
Eva Lebrón, agricultora; José Reyes, transportista; y Sandra Lebrón, cajera de supermercado.

Durante los últimos 40 años, solo tras los atentados de Atocha del 11M de 2004 en Madrid se cancelaron convocatorias, en señal de duelo por las víctimas, durante un Primero de Mayo. Hasta ahora, cuando el país vive confinado por la crisis del coronavirus, que ha obligado a celebrar virtualmente, en el mejor de los casos, esta jornada reivindicativa. Desde que en 1886 se instaurara el 1 de mayo como el Día del Trabajador, en honor de los mártires de Chicago —cinco sindicalistas estadounidenses que fueron condenados a muerte y ejecutados tras la revuelta de Haymarket—, ha habido varios periodos durante los que no se ha celebrado.

Entre 1924 y 1930, durante la dictadura de Primo de Rivera, los actos estuvieron prohibidos, así como durante el franquismo. Tras la Transición, solo el 11M y el coronavirus han impedido su celebración con normalidad. Mucho se ha hablado de los héroes del coronavirus, esos trabajadores que, por el carácter esencial de sus empleos, no han parado de desempeñar sus labores desde que se decretó el estado de alarma. Eva, Sandra y José son tres de los miles de andaluces que no han parado de trabajar. No se autodenominan héroes, simplemente piden que se valore su labor.

Eva Lebrón, agricultora

Eva Lebrón, agricultora, en su plantación de espárragos. FOTO: MANU GARCÍA

Eva Lebrón es agricultora. Ella sola lleva cinco años al frente de una plantación de espárragos con la que da de comer a su familia. Harta de trabajar como camarera, al cuidado de niños, en tareas agrícolas o incluso en la construcción —“donde era la única mujer”, apunta—, decidió ser su propia jefa y gestionar una plantación en plena campiña jerezana. “Ahora es muy raro todo”, confiesa. Sobre todo cuando se desplaza hasta la cooperativa agrícola a la que lleva su producto, ataviada con guantes, mascarilla y mucho gel hidroalcohólico. Siempre lleva un bote en el coche, con el que se desinfecta las manos cada vez que toca algo.

“El trabajo es el mismo, los gastos son los mismos y hago los mismos kilómetros para colocar el producto, pero dependía de bares y restaurantes y ahora no se vende igual, los precios han bajado”, cuenta Eva, quien asegura que ahora vende el manojo de espárragos entre 40 y 50 céntimos más barato que antes del inicio de la crisis. “Esta fecha siempre es buena, porque en primavera la gente sale más, hay ferias, Semana Santa…”. Todo eso se ha ido al traste.

“El pequeño comercio me saca un poco de apuros”, comenta Eva, pero no es suficiente. “Las ganancias han bajado mucho y tienes que trabajar todos los días. Es el problema que tenemos los agricultores y ganaderos, que no podemos cobrar la ayuda por cese de actividad, pero el precio que te pagan no es el mismo. No puedo demostrar que voy a cesar mi actividad porque tengo ventas, pero pérdidas también”, relata. El sector agroalimentario, para Eva, “ahora es fundamental”, aunque lamenta que a pesar de ser “pieza clave” del funcionamiento del país en estos momentos, “cuando todo pase volveremos a ser el último eslabón, como hasta ahora. Nadie se acordará de nosotros”.

“Somos tan importantes como el que está arriba, si nos ponemos en huelga no hay alimentos. No llegamos a ser conscientes de la importancia de los agricultores… pero tampoco tenemos ayudas”, expresa Eva Lebrón. La agricultora jerezana espera que la crisis del coronavirus sirva para que “la gente se dé cuenta de lo importante que es consumir nuestros productos”, y apostar por la economía local. Para ella, los aplausos de las ocho son un “gesto bonito”, pero quiere que no se queden ahí, que se vaya más allá. “No quiero que se me malinterprete, pero las cosas no se arreglan solo con un aplauso, también queremos vender nuestros productos a un precio razonable”.

José Reyes, transportista

José, desde muy pequeño, se interesó por los volantes. Su padre empezó comprando verdura y usando su camión como medio de transporte para poder venderla. Después abandonó la venta directa y se dedicó solo al transporte, teniendo una flota de cinco vehículos. Al pequeño José Reyes, al que todos conocen como Harry, el veneno le fue entrando poco a poco y con apenas 20 años condujo su primer camión. A medias con un amigo se hizo con un Renault 420 que les costó 8,5 millones de pesetas. “¿No me voy a acordar? Con el trabajito que cuesta pagarlo…”, expresa cuando habla con lavozdelsur.es.

Ahora, a sus 53 años, lleva tres décadas regentando Transportes José Reyes, una empresa que cuenta con siete vehículos con los que lleva hasta Cataluña, sobre todo, verduras y hortalizas de la huerta de Almería. “Ahora hay que tener mucha precaución”, cuenta Reyes, “los conductores llevan una toalla con lejía para limpiar el volante y los zapatos”. Calabacines, pepinos, habichuelas, tomates, sandías, melones… son algunos de los productos que José y sus conductores transportan. “Casi seguimos trabajando igual”, explica, la diferencia es que durante el trayecto de vuelta desde el norte del país, vienen muchas veces los camiones vacíos.

“Al parar la industria no tenemos retorno. Antes cargabas cartón o paquetería. Y mucho pescado procedente de Italia o la costa de Barcelona”, cuenta Reyes. Desde que empezó el estado de alarma, esas cargas han disminuido considerablemente. “Menos mal que el gasoil ha bajado”, señala, “si el retorno no hubiera aflojado para nosotros hubiera sido un respiro, no perderíamos tanto”. El almeriense, natural de la localidad de Adra, lleva décadas realizando la ruta que va desde Almería hasta Perpiñán, con servicio en Barcelona y Sevilla.

“No tenemos miedo, los transportistas somos valientes de por sí”, expresa Reyes, quien lamenta que, en ocasiones, “a los conductores no se nos respeta como debería”. Eso sí, valora las iniciativas de las áreas de descanso y gasolineras que han habilitado servicio de duchas y alimentación para camioneros en ruta. “Tenemos que dar las gracias a personas como estas, que nos permiten ducharnos, comernos un bocadillo o un refresco, eso te llega al alma. Somos un país con grandes personas”.

Sandra Lebrón, cajera de supermercado

Sandra Lebrón, cajera de supermercado.

Sandra, 26 años, es auxiliar de enfermería y ha trabajado como tal en residencias de personas mayores y como personal de ayuda a domicilio, pero hace unos años decidió probar suerte en supermercados. “Ahora mismo estoy muy contenta”, expresa, “mis anteriores trabajos no están pagados, ni valorados”. Ahora trabaja de cajera en un supermercado de Marbella, en plena Costa del Sol de Málaga, donde no ha dejado de hacerlo desde que comenzó el estado de alarma. “Los primeros días fueron muy complicados por las compras compulsivas, había mucha gente y mucho descontrol”, señala.

“Nos quedábamos sin productos todos los días, y eso que tenemos un almacén muy grande”, abunda Sandra Lebrón, quien espera que esta crisis sanitaria sirva para valorar el empleo de las personas que trabajan en supermercados. “Tenemos que pasar por algo malo para darnos cuenta de lo que tenemos”, dice, aunque no es muy optimista: “No valoramos la libertad hasta que la perdemos, pero cuando esto pase se nos va a olvidar”.

Cada día, Sandra cuenta que tiene que recordarle a los clientes que deben guardar las distancias de seguridad en la caja, que deben usar medidas de protección o que deben aplicarse desinfectante al entrar en el establecimiento. “Hay gente que no está concienciada, o que se pone nerviosa, pero lo cierto es que tenemos broncas día tras día”, expresa. “Hay hasta quién se lo toma mal”, dice, “pero también clientes que cumplen con las recomendaciones, y van a comprar cuando es necesario”, matiza.

“Los verdaderos héroes son los sanitarios, no me puedo comparar”, señala Sandra, “porque yo tengo que tratar supuestamente con clientes que están sanos”. Por eso, para ella, los aplausos desde los balcones son positivos, “pero luego ves a mucha gente que se asoma al balcón y va todos los días al supermercado a comprar una barra de pan”. Aún es pronto para relajarse. 

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