Jóvenes andaluces ante el salto al mercado laboral: "No es que no lo intente al máximo, es que nadie me da una oportunidad"

Tres jóvenes andaluces con estudios universitarios cuentan sus dificultades para encontrar un empleo relacionado con su campo. A la falta de oportunidades, se suma la precariedad laboral

Estudiantes en la Universidad de Cádiz.
Estudiantes en la Universidad de Cádiz. MANU GARCÍA

Con una tasa de paro juvenil del 41,1%, Andalucía es el tercer territorio de España con mayor porcentaje de jóvenes sin empleo, tan solo por detrás de Canarias (56,24%) y de Ceuta (49,99%). Es decir, más de 4 de cada 10 jóvenes andaluces están desempleados, según la última Encuesta de Población Activa, publicada hace unos días por el Instituto Andaluz de Estadística. 

En este contexto, trabajar —dónde sea y cómo sea— es un privilegio para cualquier joven andaluz, independientemente de la formación y los títulos académicos que posea. Según el informe "Jóvenes y mercado de trabajo", publicado por la Secretaría de Estado de Empleo y Economía en septiembre de 2021, el empleo entre los jóvenes aumenta según asciende su nivel de estudios.

Sin embargo, la realidad es que tan solo un 66% de los graduados universitarios encuentra trabajo. Un porcentaje que, a pesar de contar con las mejores cifras de inserción laboral en esta franja de edad, sigue estando muy por debajo del 79% de media que presenta la Unión Europea. A esta insuficiente tasa de empleo, se le añade, además, el hecho de que muchos universitarios que encuentran trabajo no lo hacen en campos relacionados con sus estudios. Tres jóvenes ejemplo de ello relatan sus odiseas laborales a lavozdelsur.es.

"Yo acabé la carrera en plena crisis del covid. Volví a casa y me hinché mandar curriculums. Nadie respondía ni para decir un ‘no’. Eso fue realmente frustrante"

Miguel Ángel (Sanlúcar, 1996) estudió Periodismo en la Universidad de Sevilla y, tras graduarse hace más de un año, todavía no ha encontrado un primer trabajo de lo suyo. “Entré en la carrera con muchísima ilusión, pensando que, tal vez, si me esforzaba al máximo y demostraba todo lo que valía, podría quedarme trabajando en el sitio donde realizara las prácticas. Ese fue el primer chasco. Mi experiencia como becario fue nefasta y no aprendí nada”. 

A la compleja situación que vive el sector del periodismo, Miguel Ángel tuvo que sumarle las dificultades para encontrar trabajo derivadas de la pandemia. “Yo acabé la carrera en plena crisis del covid. Volví a casa y me hinché mandar curriculums, tanto a medios locales, como regionales y nacionales. Nadie respondía ni para decir un ‘no’. Eso fue realmente frustrante", cuenta.

Cuando las restricciones por la pandemia se suavizaron, este joven sanluqueño volvió a Sevilla, “sin trabajo ni nada”, dispuesto a intentar encontrar un empleo por todos los medios. Buscando vías de inserción laboral, entró en un Máster en Comunicación Institucional y Política y, “por suerte”, también encontró un trabajo en una cafetería con el que financiarse los estudios. 

"Hay veces que me siento afortunado, porque tengo compañeros que no han encontrado ningún tipo de trabajo, ni siquiera de camarero"

Según el informe antes citado, Jóvenes y mercado laboral, la presencia de empleados españoles de hasta 29 años se concentra, en su mayoría, en ocupaciones relativas a servicios de restauración y comercio (693.100). Le siguen los trabajadores técnicos (532.800) y los trabajadores no cualificados (381.400). De estos datos, se deduce que son los estudiantes de Humanidades y Ciencias Sociales los que mayor dificultad tienen para encontrar un empleo.

“Hay veces que me siento afortunado, porque tengo compañeros que no han encontrado ningún tipo de trabajo, ni siquiera de camarero”, reconoce Miguel Ángel. “Pero, en los días de bajón, me pregunto: ‘¿Y si todo el esfuerzo y el dinero que estoy invirtiendo en estudiar no sirve para nada? ¿Y si dentro de cuatro años me sigo viendo aquí, trabajando en esta misma cafetería? ¿Y si me equivoqué estudiando una carrera y tenía que haberme decantado por trabajar cuando acabé el bachillerato?’ Hay veces que prefiero no pararme a pensar, porque me hundo”.

“Cuando me preguntan por qué no estoy trabajando de lo mío, digo siempre que no es por falta de ganas, ni tampoco por no intentarlo al máximo, sino, simplemente, es que nadie me da una sola oportunidad de demostrar lo que yo valgo y el empeño que puedo ponerle. Yo sé que tener experiencia es muy importante, pero si nadie me da un primer trabajo, ¿cómo voy a adquirir la experiencia necesaria para encontrar otro? Es una espiral de la que no sé muy bien cómo saldré”, concluye Migue Ángel.

A la falta de oportunidades, se suma la precariedad laboral: “Trabajaba nueve horas al día por 900 euros al mes. La mitad lo cobraba ‘en negro”

Rocío (nombre ficticio, Córdoba, 1994) estudió Historia del Arte en la Universidad de Granada. Su sueño siempre fue ser guía turística para “divulgar el valor patrimonial y artístico de las ciudades”. Sin embargo, todavía no ha logrado encontrar un primer trabajo relacionado con sus estudios.

Durante la pandemia y desesperada por la crisis sin precedentes que vivían los sectores relacionados con el arte, la cultura, el patrimonio y el turismo, aceptó un trabajo de recepcionista en una empresa de la que prefiere no revelar más datos. “Trabajaba nueve horas al día por 900 euros al mes. La mitad del sueldo lo cobraba ‘en negro’ porque solo estaba dada de alta a media jornada”, denuncia.

A la falta de oportunidades, en la mayoría de casos, se suma la precariedad laboral. Muchos jóvenes se ven obligados a aceptar trabajos mal remunerados, con contratos injustos, bajo condiciones pésimas o sufriendo abusos y malos tratos por parte de sus superiores, para poder acceder al mercado laboral. “Todos los días salía con un nudo en el estómago y llorando, porque era imposible trabajar ahí. Lo dejé porque tenía mucha ansiedad, pero la situación está tan mal que, si lo que dejas tú, lo coge otro”, explica Rocío.

"Tengo amigos graduados en Periodismo que, frustrados por la falta de opciones laborales, se han puesto a estudiar oposiciones para ser funcionarios de prisiones"

Las oposiciones se vuelven así una opción para muchos de los jóvenes que no encuentran trabajo. “Como mucha de la gente que conozco, estoy pensando en opositar para ser profesora, pero primero debo hacer el Máster en Educación”, relata esta joven cordobesa. Miguel Ángel, el joven sanluqueño, también conoce muchos casos similares: “Tengo amigos graduados en Periodismo que, frustrados por la falta de opciones laborales, se han puesto a estudiar oposiciones para ser funcionarios de prisiones”, asegura.

Bartolomé (Pozoblanco, Córdoba, 1990) estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada y después cursó un Máster en Producción e Investigación en Bellas Artes. Comenzó su carrera laboral con unas becas de la universidad en el Centro José Guerrero y en el Centro de Cultura Contemporánea La Madraza, “en las que me pagaban una miseria”. Por consejo de su madre, al terminarlas, comenzó a cursar un Doble Máster en Estudios Latinoamericanos y Educación Secundaria.

“En el segundo año del máster, me quedé sin dinero y mis padres no me podían ayudar económicamente, así que, tuve que buscar trabajo. Entré como camarero en uno de los cafés más famosos de Granada—, sin contrato, con muy malas condiciones laborales y bajo el caciquismo absoluto que ejercía el dueño. Recuerdo que puse varias denuncias para que hubiera una inspección de trabajo, pero aquello nunca pasó”, confiesa Bartolomé. 

"No podía compaginar los estudios con el trabajo: hubo una época en que trabajaba como 60 horas a la semana sin contrato, y no tenía vida"

“Todo eso provocó que no acabara el Máster de Educación Secundaria, porque no podía compaginar los estudios con el trabajo. Hubo una época en que trabajaba como 60 horas a la semana sin contrato, y no tenía vida. Por suerte, tiempo después encontré empleo en una librería, donde ahora sigo, tras un año en ERTE, aunque no es un sitio en el que yo me vea trabajando el resto de mi vida”, explica este joven granaíno. 

“El bar me dejó bastantes consecuencias psicológicas, como ataques de ansiedad o pérdidas de memoria, de las que me estoy recuperando poco a poco. Sin embargo, pese a haber mejorado mis condiciones laborales y, por ende, mi salud mental, siento que he perdido la ilusión por muchas cosas y ahora lo veo todo súper complicado, aunque aún confío en que exista una oportunidad para mí y para los sueños que tenía cuando comencé la carrera”, concluye Bartolomé.

Estos tres jóvenes andaluces son solo una pequeña muestra de la compleja realidad a la que, cada día, se enfrentan nuestros graduados universitarios. Sin un trabajo digno, se vuelve imposible para ellos alquilar un piso, independizarse o tener hijos. La impotencia, la frustración, el desencanto o la ansiedad son las consecuencias indiscutibles del futuro desalentador hacia el que miran.

Sobre el autor:

Marta Sánchez Gento

Titulada en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III de Madrid y máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Granada. Empecé escribiendo en varias revistas de flamenco y en suplementos culturales, y fui becaria en el Instituto Cervantes de Madrid y de Toulouse. Recibí una beca Iberoamérica para estudiar durante un semestre en la Universidad de Buenos Aires y allí conocí otras formas de hacer periodismo. He formado parte del equipo de Contenidos de Bodeboca y de su Magazine Vignerons, y también he puesto voz al programa 'Entre tu orilla y la mía' de Radio Corazón Tropical.

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