En la prisión virtual de Raúl, el ‘hikikomori’ que “dejó de existir” una década: “No dormía para jugar”

El pamplonés, afincado en El Puerto, ha sufrido este síndrome surgido en Japón desde que tenía 7 años. “Necesitaba algo donde poder estar en casa, pero a la vez no estar”, dice ahora, con 17, lleno de energía tras haber superado la adversidad junto a su madre

Raúl Molia junto a su madre Mónica Izquierdo en un parque de El Puerto.
Raúl Molia junto a su madre Mónica Izquierdo en un parque de El Puerto. MANU GARCÍA

“Yo era como cualquier otro niño, salía a la calle, jugaba, hacía deporte”. Las palabras de Raúl Molia están a punto de ordenarse para contar un relato vital que estremece. Erguido, con la mirada en un tiempo que afortunadamente ya pasó, el joven de 17 años alza su voz para ayudar a otras personas. Él fue un hikikomori, término que acuñó el psiquiatra japonés Tamaki Saito en el año 2000 para referirse a aquellos que se apartan de la sociedad y se sumergen en un aislamiento social voluntario. Con 7 años, empezó la pesadilla. Le dio la espalda al mundo, quería huir de todo. “Mis padres se estaban separando y estar en casa era un infierno constante. Entonces necesitaba algo donde poder estar en casa, pero a la vez no estar”, cuenta a lavozdelsur.es sentado en un parque.

Por entonces, su tío le mostraba juegos y le ponía vídeos de youtubers. “Comencé a probar y a jugar bastante, me metí en un mundo completamente distinto. Dejaba de existir para no estar en casa, desde casa”, dice el joven. A su lado, su madre Mónica Izquierdo le mira con cariño.

Raúl cuenta su caso a lavozdelsur.es.
Raúl cuenta su caso a lavozdelsur.es. MANU GARCÍA

Raúl solo iba a clase “si tenía ganas”, y como “era el marginado”, tan solo quería regresar lo antes posible. Cuando llegaba a casa, “aprovechaba que no estaba mi madre para jugar sin hacer las tareas”. Para Raúl, su primera motivación consistía en encerrarse en su habitación para completar misiones en shooters y ver vídeos. “Había veces que no dormía por la noche para seguir jugando y me despertaba cansado y enfadado”, reconoce el chico, natural de Pamplona y afincado en El Puerto desde hace 4 años.

“Dejaba de existir para no estar en casa, desde casa”

El ordenador se lo había tragado, le habían abducido y todo se complicaba. “Su mundo se convierte en lo que hay en la pantalla, no hay relación con seres humanos de carne y hueso más allá de los que viven en su casa y a veces es muy difícil llegar a él. Toda su relación se volcaba con los otros usuarios”, explica Mónica, que al principio se sentía culpable por el rumbo que estaba tomando su hijo. No sabía que estaba desarrollando una adicción a las TRICs (Tecnologías de la Relación, la Información y la Comunicación).

La fase del duelo tras su separación era normal. Adaptarse a la nueva situación era complejo, sin embargo, la residente en El Puerto se percató de que había algo más. “Él encadenó fases de ira y de tristeza con ese enganche a la tecnología. Lo que habría sido normal en unos meses, cogió una magnitud más importante”, sostiene Mónica, que una vez llegó a encontrarse a su hijo en un columpio bajo la lluvia. Le dolía verle sufrir.

Mónica cuenta sus vivencias para visibilizar este síndrome.
Mónica cuenta sus vivencias para visibilizar este síndrome. MANU GARCÍA

Cuando se mudaron a El Puerto, todo empeoró. Raúl, con 14 años entonces, adoptó una actitud problemática que preocupaba a la familia. “Jugaba muchas horas, estaba muy agresivo, y tenía muy mal humor porque dormía poco y mal, a veces se levantaba de madrugada a cocinar y a comer algo”, relata la madre con angustia.

El joven no tenía relación social alguna ni con compañeros ni con amigos. Su vida era virtual y no le preocupaba la realidad. Además, se volvía agresivo cuando sus planes en los videojuegos no iban como esperaba. “Te podías encontrar con un momento explosivo de ira con violencia instrumental, rompía cosas”, recuerda Mónica, que detalla la fatídica experiencia a la que se tuvo que enfrentar. “Hace dos años era un desconocido en mi casa. Lo mejor que podía pasar es que estuviese en su habitación, porque cuando estaba fuera era una persona iracunda con la que no podías tratar”, dice.

Tampoco quería saber nada del instituto, ni de reunirse para cenar, ni de ir al cine ni de dar un paseo. Faltaba a clase e intentaba convencer a sus hermanos para que tampoco asistieran. “Un día vino su hermano pequeño de 11 años a mi puesto de trabajo y me dijo que se había escapado para ir a clase. Para mí, fue un punto de inflexión”, añade. 

“Jugaba muchas horas, estaba muy agresivo, y tenía muy mal humor"

La pamplonesa llevaba mucho tiempo intentando comprender qué le pasaba a su hijo. Había acudido a profesionales, pero nunca había encontrado una ayuda objetiva real. Según comenta, “era una espiral complicada”. La separación y la mudanza se unieron a la hiperactividad de Raúl, circunstancias que tapaban la realidad. Nadie atribuía su comportamiento a la fórmula japonesa: síndrome de hikikomori.

Raúl ha participado en el programa Proyecto Joven.
Raúl ha participado en el programa Proyecto Joven. MANU GARCÍA

“Me decían que, en cuanto viera que él se excedía con su agresividad, que directamente llamara a la Policía y se acabó. Pero no me daban una herramienta para poder ayudarle a él y a la familia”, cuenta Mónica mientras Raúl escucha con atención.

A la madre le costó salir del agujero y se percató del “desconocimiento brutal” que todavía seguía existiendo en torno a este trastorno. “Cuando decía que mi hijo se pasaba mucho tiempo con el ordenador, me decían: -Como todos”, lamenta Mónica, que destaca la carencia de recursos públicos a la hora de lidiar con este síndrome.

“Cuando decía que mi hijo se pasaba mucho tiempo con el ordenador, me decían: -Como todos”

Nadie supo que Raúl lo padecía hasta que se enteró de la existencia de Proyecto Joven, promovido por Proyecto Hombre y destinado a la creación de programas específicos. Así, conoció Intégrate, especializado en jóvenes con problemas de adicción a juegos, internet, móvil y un largo etcétera. El chico fue uno de los 109 menores que atendió la asociación en 2020 -él empezó en 2019, pero saltó la pandemia y el tratamiento se alargó.

“La primera cita que tuve no me gustó nada en absoluto y si hubiese tenido opción no habría seguido”, comenta Raúl tajante. “Me metieron en una sala llena de personas de mi círculo de edad y dije: -Esto que es. Nadie me había explicado nada”. El joven comparte su primera impresión, sensaciones que pronto se eliminaron.

Un momento del encuentro.
Un momento del encuentro. MANU GARCÍA

“Yo decía que lo mío no lo tenía nadie, pero cuando vi que era algo que te puedes encontrar en la calle, empecé a abrirme poco a poco”, expresa. Desde entonces, su vida dio un giro y comenzó a escupir sentimientos y a compartir inquietudes. Por fin dio el paso para salir de la cueva y explorar un mundo que no conocía. Tuvo suerte. Su madre no se separó de él ni un segundo y también participó en el programa donde “estar entre iguales ayuda”.

Durante el tratamiento, “una de las facilidades que tuve fue que mi ordenador se rompió”, sonríe. Después llegó el dichoso confinamiento que obligó a la familia a continuar el programa mediante videoconferencias. Mónica reconoce que se echó a temblar. “Me preocupaba un montón, de pronto todo tenía que ser online, teníamos que estar conectados y sin poder salir de casa”. Pese a todo, esquivaron los obstáculos y encontraron espacios para respirar, y, sobre todo, para no retroceder.

“Su adicción y su debilidad la está convirtiendo en una fortaleza"

Ahora Raúl se levanta cada mañana para estudiar un grado medio de informática. “Había gente que se tiraba de los pelos cuando dije lo que quería hacer”, ríe el ex hikikomori ya recuperado. Su relación con las tecnologías ha cambiado por completo. “Su adicción y su debilidad la está convirtiendo en una fortaleza, no es algo que le das a un botón y se resetea, hay que continuar trabajando”. La felicidad inunda los ojos de madre e hijo porque se sienten fuertes, vencedores del enemigo.

El joven detalla cómo su rutina se aleja de la que ha estado viviendo durante casi una década. “Hay veces que juego por la noche porque nos reímos un montón y ya está, pero ahora voy a clase, duermo y es distinto”, dice. Esta vez, mantiene una interacción con el ordenador totalmente sana.

Madre e hijo transmiten su alegría tras su lucha.
Madre e hijo transmiten su alegría tras su lucha. MANU GARCÍA

Mónica y Raúl reviven cada instante con esfuerzo. Desean visibilizar este síndrome que nació en Japón y anda suelto por cada rincón del mundo. Se han dado cuenta de que la tecnología es traicionera. Esta permite tener acceso a cualquier vídeo, juego o información “a golpe de clic” creando un mundo goloso lleno de posibilidades “con el que hay que tener especial cuidado”.

La madre lanza reflexiones al aire mientras deja caer su mano en el hombro de su hijo en señal de apoyo. “No es como la adición a las drogas en la que te vuelves majareta para comprar lo que sea, la tecnología está en tu casa, a puerta cerrada”.  Años sin vivencias familiares y sin sueños, recuerdos cargados de anhedonia que quedan atrás para dar paso a la vida.

A la familia le “da pena que haya personas que, en cuanto sospechan que pueden tener este trastorno, primero minimizan. No ven el peligro real”. Ellos lo experimentaron y son un ejemplo de superación. “El Raúl de hace dos años no se parece en nada al que tenemos delante ahora”, dice Mónica. El joven sonríe mientras sus hermanos juegan al otro lado del parque.

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