El turronero al que solo la Guerra Civil, la mili y el coronavirus le impidieron trabajar

Francisco Ríos, Paco el turronero, tiene 88 años y lleva recorriendo fiestas desde que estaba en el "vientre" de su madre. Este año, tras un parón, pensaba volver a la carretera: "Son mis raíces"

Paco Ríos, en su puesto ambulante. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Paco Ríos, en su puesto ambulante. FOTO: JUAN CARLOS TORO

A Francisco Ríos (Ronda, Málaga, 1932) todo el mundo lo conoce como Paco, concretamente como Paco el turronero. Sus 88 años de vida —“en el vientre de mi madre ya iba a ferias”— los ha dedicado a la venta ambulante en ferias de la comunidad y, durante este tiempo, solo le han impedido vender sus productos tres acontecimientos: la Guerra Civil, el servicio militar obligatorio —la mili— y el coronavirus. Paco forma parte de la tercera generación de turroneros de una familia que comenzó a hacerlo en el lejano 1847. Su abuelo estuvo en la primera edición de la Feria de Abril de Sevilla, su padre continuó la saga y él y sus hermanos hicieron lo propio.

“¿De qué feria quieres hablar?”, pregunta Paco cuando lavozdelsur.es visita su vivienda, en Trebujena, donde reside desde 1956, cuando se casó con Juana, una vecina con la que se fue al municipio, además de con su madre, una hermana y un hermano de ella. En su modesto salón tiene placas y reconocimientos que ha ido acumulando con los años, de ayuntamientos de las localidades e incluso de agrupaciones de carnaval que le han dedicado coplas. “Mira esta foto”, dice, señalando una edición de la feria de San José del Valle, a mediados del siglo pasado. Su particular museo está plagado de recuerdos, que hila perfectamente gracias a su memoria prodigiosa.

El abuelo de Paco Ríos comenzó a vender turrón en la Feria de Abril de Sevilla en 1847, cuando se celebró la primera edición. “Las casetas eran de tela”, dice. Luego fueron evolucionando y él recorrió fiestas con su puesto, enganchado a un remolque, compañero inseparable de fatigas. Desde mediados del siglo XIX, cada año algún familiar de Paco ha plantado su puesto en alguna feria de Andalucía, sobre todo de las provincias de Cádiz y Sevilla, aunque comenzaron en Ronda, de donde es originario. Allí aprendió a hacer el turrón de tres tipos: duro, yema y de frutas. “Había que controlar muy bien el azúcar porque estaba racionado, solo nos daban tres kilos —durante el franquismo—”, relata, “si faltaba algo se compraba de estraperlo”.

La receta de sus turrones se la enseñó su madre. Con siete años hizo los primeros. Nunca fue al colegio. Sabe leer y escribir —“y tampoco mucho”— por lo que aprendió durante la mili, aunque las cuentas, después de tantos años con el negocio, las lleva de cabeza. “No apunto nada, todo con esta”, dice, señalándose la frente. Muy pronto gestionó su propio puesto, con apenas doce años, cuando hizo varias ferias junto a su hermano mayor y volvió a casa con 13.000 pesetas para su madre, “que se hartó de llorar”. Desde entonces no ha parado de recorrer pueblos. En todos ha ido cosechando una buena clientela que lo espera cada año.

Paco y María, en una imagen de hace unos años. FOTO: JUAN CARLOS TORO

“Hemos sido muy queridos en todos lados”, expresa, en referencia a María, su cuñada, con la que residió hasta su fallecimiento el año pasado. Esta temporada, tras un tiempo prudencial de luto, pensaba hacer una decena de ferias tras un parón de dos años para cuidarla. “Pensaba ir a todas”, señala. Pero el coronavirus lo trastocó todo. “¿No lo voy a echar de menos? Más que otros años”, responde cuando se le pregunta.

Solo la pandemia, el inicio de la Guerra Civil y la mili lo han privado de trabajar. Del conflicto armado, que comenzó cuando tenía apenas cuatro años, tiene pocos recuerdos. “Mis padres estaban en la feria de La Línea, donde mataron a dos tíos míos, y volvieron a Ronda. Estuvieron unos meses sin trabajar pero en 1937 lo retomaron”, señala. Él, en 1954, cumplió el servicio militar obligatorio, pero sus hijos se encargaron de mantener viva la tradición. El año pasado fue una hija suya, Macarena, quien gestionó el puesto, que él montó, “pero luego se quedaba ella al frente y yo me volvía a casa”.

Garrapiñadas, piruletas, piñonates, manzanas caramelizadas… Paco se encarga de hacer la mayor parte de los productos que luego vende en su puesto. Las tabletas de turrón las compra, aunque siempre las prueba antes. “No me fío de las fechas, por eso tengo que probarlo. Un buen turrón sabe a almendra, si lleva harina o cacahuete lo notas, y no es tan bueno”, explica. “Nunca me ha gustado engañar a nadie, si un turrón no me gusta, no lo vendo. Ahí tengo doce cajas de yema tostada que pedí y no me gustaron, y ahí están, esperando que las recoja el fabricante”, añade. No pasaron su estricto control de calidad.

“Hay feriantes que luego han hecho fábricas de turrones”, expresa Paco Ríos, algo a lo que él no se atrevió nunca. “Yo llevaba mi casa bien, tenía que pensarlo”, expresa. Y es que cuando llegó a Trebujena, el negocio mantenía a él y a su mujer Juana, además de a su cuñada María, a su cuñado y a su suegra. Y luego a sus siete hijos, a los que ha procurado estudios. “A los que han querido, no les ha faltado de nada”. “Con las ferias ganaba para mantenerme en invierno”, cuenta Paco, pero su temperamento inquieto le impedía parar. Por eso durante esos meses trabajaba de camionero, tenía un taxi o echaba una mano en la cafetería familiar. “No he parado ni un fin de semana en mi vida”, expresa, “me casé y tuve muchos hijos”, añade a modo de explicación.

A sus 88 años, dice Paco que no sabe lo que es tener un dolor de cabeza. “No me he puesto una inyección en mi vida, bueno en la mili me pusieron una, y me dieron una pastilla, ya está”, dice haciendo memoria. “Toda mi vida he comido garbanzos, habichuelas, lentejas y mucha fruta. De beber, nada. Una cervecita comiendo”, cuenta, descubriendo su “secreto”. Paco, el cuarto de nueve hermanos, es quien ha continuado con la saga familiar durante más tiempo. Detrás suya, no sabe si alguien le seguirá. “A mi hija Macarena le gusta”, dice. “Me he criado en las ferias, son tus raíces, cuando no estoy en la feria llego aquí —a su casa—, ¿y dónde voy? Si no fumo, no bebo… He sido muy feliz”, expresa. Ya cuenta los días para volver a montar su puesto. 

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