Doble Premio Nacional de Ensayo en Chile a sus 35 años e intelectual desconocido en Andalucía

La obra del filósofo jerezano Federico Rodríguez Gómez, con investigaciones en universidades europeas y estadounidenses, y que actualmente trabaja en el país latinoamericano, ha recibido el galardón un par de veces en cinco años. Su caso, como el de otros muchos, es paradigmático en la fuga de talentos de una comunidad herida de muerte por el paro juvenil

Federico Rodríguez, en una imagen personal.
Federico Rodríguez, en una imagen personal.

Doble premio nacional de Ensayo en Chile e intelectual desconocido en su tierra. El caso de Federico Rodríguez Gómez (Jerez, 1983) es el caso de muchos otros jóvenes andaluces. Gente con todo el futuro por delante que tuvo que reinventarse, que adaptarse a otras culturas e idiomas, que buscarse la vida en otras latitudes ante la falta de oportunidades en una de las comunidades con la mayor tasa de paro juvenil de la Unión Europea. Él, nunca mejor dicho, se lo toma con filosofía. No en vano, gracias a doctorarse en 2012 en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Sevilla, y a un currículo envidiable que incluye estancias de investigación en universidades europeas y estadounidenses, ahora trabaja como profesor de lo suyo, y como investigador postdoctoral, en el Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile.

Hace solo unas semanas, Rodríguez ha vuelto a ser galardonado con el Premio Nacional de Ensayo de Chile, otorgado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio del país, por su obra inédita Sagitario infinito. En 2013 ya recibió este mismo galardón, dotado con un premio de 11.000 euros, por su primera obra Cantos cabríos(Fondo de Cultura Económica, 2015). Estamos a cuatro horas de diferencia horaria entre su Jerez natal y Santiago de Chile, y a más de 10.200 kilómetros de distancia. ¿Quién es Federico Rodríguez Gómez? “No sé muy bien quién es Federico Rodríguez”, espeta, cómo no, filosófico.

Dice que recuerda a un muchacho que creció en el Pilar, que jugaba al baloncesto como un loco y al que le gustaban los bocadillos de mortadela que le hacía su abuela. También a otro que se fue a estudiar filosofía a Sevilla, “por algún tipo de entusiasmo furibundo, sin saber muy bien qué quería eso decir”, y que estuvo años con sus amigotes merodeando por los aledaños de las sevillanas calle Feria y la Alameda de Hércules. "Hubo otro que se fue a Chile a buscarse la vida, y que acabó inventándose una nueva aprendiendo cosas que no imaginaba. Y al menos uno más que vivió en la Rue Saint-Maur de París".

¿Cuándo dice uno ‘mamá, quiero ser filósofo? ¿Cuándo desarrolló este sexto o séptimo sentido?

(Risas) Hombre, evidentemente no lo dice: uno era joven pero no insensato. Lo dice después, algún día en el que todo va bien: no para arruinarle el momento a la familia, sino para sacar una ligera ventaja del contrapié (risas). Es broma: mis padres siempre han apoyado mis decisiones.

"No veo muy borrica a eso que llamamos “la sociedad”: depende del día, pero algunas mañanas me parece más bien una gallina sin cabeza corriendo tras ser decapitada"

El último ensayo premiado en Chile, que probablemente será editado en España, Sagitario infinito, lo define rápidamente: "Es un librito sobre los poetas y la muerte". "¿Qué pasa cuándo desaparecen los grandes testigos de la palabra? En este sentido, tiene algo de elegíaco. También es un libro sobre la relación entre las ideas que a uno le llegan y la inmemorial lectura de las estrellas en las noches abiertas: eso es un asunto de vieja data, de astrólogos, matemáticos o filósofos. Pero sobre todo es un libro sobre la violencia, la visible y la invisible: sobre qué quiere decir violentar la vida".

¿Hay más individualidad y menos empatía?

No estoy seguro de que la empatía sea algo bueno. A lo mejor hay que comprender sin tratar de empatizar: nadie nunca está en el lugar del otro, por mucho que quiera o por mucho que “haya pasado por lo mismo”. Las verdaderas comunidades, las grandes amistades y amores, se generan así: por cruces de sintonías diversas que ganan consistencia de repente. El resto son probablemente los inútiles esfuerzos de individualidades autosatisfechas y mortuorias.

Otra foto del filósofo jerezano que trabaja en Chile.

Benjamin anticipó en cierto modo la llegada de la tecnología vinculada a nuevos medios de masas. ¿Oportunidad o amenaza, viendo lo que vemos?

La técnica es tanto el fuego como un acelerador de partículas; un palito para sacar termitas y una presa de castores; el Zyklon B y una vacuna contra el gripe. La técnica no es nada malo en sí mismo. El asunto es, como tantas veces, el uso: nadie puede estar en contra de la técnica, es absurdo. Efectivamente, Walter Benjamin llegó a escribir varias cosas sobre el asunto: y llegó a pensar en un posible uso de la técnica (no instrumental) al servicio de la liberación de la humanidad oprimida. Lo desarrolló, entre otros lugares, escribiendo a propósito una novelita titulada Lésabendio, del escritor suizo Paul Scheerbart. Aquí se habla de la vida extraterrestre en un asteroide llamado Pallas; y también de la construcción, colectiva y a través de diversas técnicas, de una gran torre que acabó alzándose hasta una misteriosa nube que había sobre el asteroide. Se trata de la historia de la disolución del individuo en algo mayor a sí mismo.

Reinventó el género de los bestiarios medievales en ‘Cantos cabríos’ a propósito de la obra del filósofo franco-magrebí Jacques Derrida. ¿Somos, la sociedad, cada vez más burros, en el buen y en el mal sentido?

(Risas) ¡Pobres burros, siempre cargando con el mismo sambenito! ¿Cuál es el buen sentido? Me imagino que la testarudez. Los burros, en todo caso, son muy inteligentes. No veo muy borrica a eso que llamamos “la sociedad”: depende del día, pero algunas mañanas me parece más bien una gallina sin cabeza corriendo tras ser decapitada, como esas en las que pensaba Derrida al recordar su infancia y la celebración judía del Yom Kippur.

"La felicidad es algo que pasa y se va: es esencialmente transitoria. Y hay cosas más importantes que la felicidad, que dependen a veces más uno, como la justicia"

¿El filósofo vive felizmente insatisfecho?

Yo me imagino que los filósofos viven como todo el mundo: unos días mejor, otros peor. Hay algunos que tienen grandes vidas, desgraciadas y bellas, otras simples y rutinarias, pero siempre intensas. Eso le pasa también a los grandes poetas, a algunos músicos o matemáticos. La insatisfacción es una lacra social: la manera de generar una carencia, una privación, una penita constante. Hay que pensar más en lo que uno o una puede desplegar, en lo que tiene dentro, que en lo que le falta. En todo caso, la felicidad no se tiene nunca, ni es algo a lo que alguien pueda dirigirse. La felicidad es algo que pasa y se va: es esencialmente transitoria. Y hay cosas más importantes que la felicidad, que dependen a veces más uno, como la justicia.

¿Nota las diferencias entre Chile y la cultura de su tierra, de España, o también allá llegan los debates de acá; hay algo no globalizado?

Cada país tiene sus problemas. Cuando uno viaja o vive en países distintos mucho tiempo acaba desarrollando una especie de oído variado: un cruce de emisoras. También va llevándose consigo algunos problemas y los va transformando. Hay contagios de un lado para otro, como siempre, al menos desde que existe el comercio. Por ejemplo, las olas feministas de marzo tuvieron aquí también mucha importancia durante los meses de mayo y junio. O por poner otro ejemplo: de repente, el mundo se ha hecho, también por contagios, de nuevo más explícitamente xenófobo, con Trump en EEUU, con Bolsonaro en Brasil, con Macri en Argentina, con Duda en Polonia o con Zeman en la República Checa. Pero no hace falta irse tan lejos.

"Que la filosofía esté en los institutos es algo indiscutiblemente necesario: como la lengua, el arte o las matemáticas"

Los gobernantes en España han salido al rescate de la Filosofía en el currículo académico. ¿Algo que celebrar?

Esto de la filosofía y los institutos es un cachondeo: que si se pone, que si se quita. No es un fenómeno que pase sólo aquí. Que la filosofía esté en los institutos es algo indiscutiblemente necesario: como la lengua, el arte o las matemáticas. Y claro, hay que celebrar que ahora vaya a recuperar la presencia perdida estos últimos años. Ahora bien, hay que evitar las cursilerías: considerar que la filosofía “sirve para pensar” o desarrollar “un conocimiento crítico” es una tontería que le hace un flaco favor a la propia filosofía: como si no pudieran pensar el resto de disciplinas, vamos. El lugar de la filosofía como auxiliar meditabundo del pensamiento (“¡Hay que pensar algo!”: “¡llamen al filósofo!”, hay ya memes de eso, como de todo) es petulante y ridículo a partes iguales.

¿En qué piensa Federico Rodríguez cuando no está pensando o no quiere pensar?

Eso es la mayor parte del tiempo. Pensar algo es muy difícil. Es más habitual tener ocurrencias, que muchas veces son más placenteras, más frescas, que los pensamientos. Los pensamientos, en su brillo, siempre traen también algo oscuro.

Sobre el autor:

Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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