Belén Gopegui en una imagen reciente.
Belén Gopegui en una imagen reciente.

Se quejaba el otro día en una entrevista Belén Gopegui de la buena fama literaria que tienen los asuntos existenciales abstractos de cómo son los celos, la melancolía o el tedio. Por el contrario el nexo entre contexto material y afectos parece estar prohibido desde el canon literario o al menos tachado de acercamiento impropio. La literatura, y la novela en concreto, ha sido el objeto de consumo teórico más penetrante de la modernidad precisamente por que se presenta como no teórico bajo la forma de narraciones biográficas.

La excusa del prestigio reside en la profundidad de miras que supone abstraer la narración del contexto social pues de esta manera, se supone, aparece el nudo central de las tensiones dramáticas de la existencia humana. Si descontextualizamos social e históricamente aparece la verdad desnuda de las relaciones sociales, nos parecen decir. Como si hubiera una naturaleza humana aislada en su individualidad y desencarnada de la corporalidad material.

Pero lo cierto es que sin comunidad ni cuerpo no hay nada. Existe una naturaleza humana pero ésta consiste en la continua evolución de las relaciones sociales y materiales con el entorno. Lo contrario es una forma de idealismo tan ilusorio como fraudulento. Despojar al amor de la necesidad o a los afectos de la dominación es enajenar a la imagen que se nos proyecta de las pasiones humanas. No hay un punto cero de las pulsiones en el cual emerge el tedio, el absurdo. El tedio no es el punto de llegada de la literatura descontextualizada y desencarnada sino el punto de partida y el producto final.

En esto consiste el gran invento de la literatura burguesa moderna, construir una prisión invisible al que denominan “yo” y enfrentarlo con el holograma de la nada. De ahí la sensación de vértigo que siente el sujeto ante la ruptura de todos los lazos sociales y materiales. De ahí la angustia ante la falta de sentido y la sordera frente las señales de la vida y las voces de los otros. El tedio es lo mas irreal que se construye para ocultar lo real.  La capa de invisibilidad que tapa lo visible.

Según esta visión, construcción, la explotación, la desigualdad o el divorcio social con el entorno natural no son cuestiones genuinamente literarias pues aparecen como accidentes contextuales de la verdadera y desnuda naturaleza humana abstraída de toda determinación accidental. Para esta poética lo que nos hace humano es ruido del que hay que desprenderse. El idealismo mas grosero se esconde tras la hojarasca privativa y existencial: solo aquellos que se han liberado de los determinantes sociales y materiales por la trasferencia de esos determinantes a la explotación (de clase, de género, étnica o ecológica) de la otredad dominada. Solo los ricos tienen derecho al aburrimiento y al tedio.

Hegel vio claro el peligro mortal que supone para el amo la caída en esa marisma tenebrosa de la alienación. La obsesión, y distracción, por la nada,  deviene en nausea existencial al modo descrito por Sartre. Un tipo de malestar radical que le impulsa continuamente al movimiento lo cual tiene unas consecuencias gravísimas para el mundo de la vida. Es la huida permanente de un fantasma, el tedio, que tu mismo has fabricado para no reconocer la dominación sobre la que se asienta este tedio.

El canon literario prevaleciente prohíbe mostrar la sutura entre la subjetividad y los lazos sociales y naturales porque su funcionalidad estética consiste en ocultar tal separación. Solo de esta forma ocultando que el yo del relato está vacío consigue conmover bajo la ilusión de fraternidad entre vida social y privacidad.

Nada tiene esto que ver con ninguna nostalgia o reivindicación del realismo socialista, esa burda aproximación a lo real que es aun más irreal que la más cursi literatura burguesa; no hay nada más político que la subjetividad. Por eso abandonar ese territorio en penumbra del yo, como hizo el realismo socialista; es cederle todo el campo de batalla al enemigo: una traición.

En Los lunes al sol, la película de León de Aranoa, la subjetividad del relato conduce a la objetividad de una situación, unas determinada realidad social, que permanece velada y discreta tras la angustia de los personajes. Y esa discreción de lo obvio logra también conmover, exactamente por la puerta trasera del drama. Mostrando hasta que grado cualquier relato literario no burgués, es siempre un ejercicio a la contra, un esfuerzo de resistencia y sabotaje contra el horror al tedio.

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