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La identificación con el agresor.

El llamado síndrome de Estocolmo es una reacción en la que la víctima (de diversas formas de violencia más o menos solapadas) desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con quien la ha dañado física o psicológicamente. Debe su nombre a la ciudad en la que J. E. Olsson cometió un atraco a un banco y en el que tomó a cuatro personas como rehenes. La lealtad a un abusador más poderoso es común entre víctimas de secuestro, personas agredidas, niños abusados, parejas maltratadas…

A la base de este síndrome se encuentra un mecanismo de defensa al que Sandor Ferenczi denominó identificación con el agresor, vínculo que se crea cuando una persona se encuentra impotente frente a su agresor en una situación donde su vida corre peligro. Se trata de un mecanismo de supervivencia que aparece con frecuencia –por ejemplo- en la mujer víctima de mal trato para convivir con la repetida violencia que su pareja ejerce sobre ella. Por ello  también se le ha llamado Síndrome de Estocolmo Doméstico.

Con su origen en la historia de desarrollo personal, puede explicarse este “acercamiento” de la víctima con su verdugo como una reacción desarrollada durante la infancia en la que el niño percibe el enfado del progenitor y trata de “portarse bien” para evitar una situación dolorosa. Este “portarse bien” evoluciona a “comprender los motivos” de esta violencia e, incluso, a la justificación de la conductas agresiva. La víctima introyecta la culpa. Tiene un oscuro sentimiento de “responsabilidad”: soy yo el culpable de la situación y es lógico que se me castigue. El malo soy yo. No valgo nada. Merezco el castigo. Y de esta manera puede convertirse él mismo en su peor enemigo y, casi, en cómplice interno de su propio agresor externo.

Históricamente nuestro país ha vivido algunas situaciones sociales en cuyo seno parecía subyacer este mecanismo de identificación con el agresor. Es paradigmática la reacción del pueblo español gritando “Vivan las cadenas” para reclamar la vuelta de Fernando VII, ese Borbón inepto y corrupto, que ultrajó la Constitución de 1812 y lo volvió a postrar con su régimen absolutista que exhibía su cinismo y su decadencia a lomos del hambre y del padecimiento de sus súbditos, extrañamente (patológicamente) leales.

Traigo este ejemplo histórico como muestra de identificación social con el agresor y quiero detenerme expresamente en el siglo XIX y no llegar a nuestros días porque mi interés en esta sección de lavozdelsur.es es abordar cuestiones que tengan que ver con la psicoterapia y no tanto con la sociología o la historia, en las cuales soy un gran desconocedor.

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