Vista de los acantilados del Parque Natural de La Breña en Barbate.
Vista de los acantilados del Parque Natural de La Breña en Barbate.

El cambio climático es sin duda el mayor problema ambiental al que se enfrenta el ser humano que provoca un cambio paulatino, pero finalmente drástico, en la forma de vida de las siguientes generaciones. Aunque ya se percibe, seguimos con nuestras costumbres y nuestra vida. No sufrimos grandes sequías, el calor es soportable, el carburante no escasea, etc. en definitiva no notamos nada extraordinario desde nuestro rincón geográfico en el que vivimos, pero este sigue imparable.

Las predicciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (formado por 2.000 científicos de todo el planeta) dan fe de ello y no es nada deseable sus predicciones. Por ejemplo, a este ritmo vaticinan que en el 2050 Madrid tendrá la temperatura que hoy en día tiene Dakar. Las sequías se prolongarán durante quinquenios, el nivel del mar subirá y habrá que retirarse de la línea de costa, la franja climática idónea para mosquitos vectores de enfermedades desconocidas por nosotros  se ampliará y veremos malaria y dengue en nuestras latitudes,  etc. Todos apunta al factor hombre como responsable de esta situación. Es decir no es un ciclo natural que nos toca vivir. Es algo provocado.

Desde que el Homo Sapiens comenzó a subir por encima de sus depredadores nos hemos convertido en el azote de la naturaleza que nos dio cobijo. Somos una especie depredadora de recursos y energía. Cuando hace unos cien mil años por fin conseguimos alcanzar la cima de la cadena alimentaria, aprendimos a dominar el fuego, a cooperar para cazar, nos hicimos bípedos y juntos a otras ventajas genéticas  nos convertimos en un auténtico verdugo para otras especies y para el medio que nos sustentaba.

Cuando por fin descubrimos la rueda ya habíamos terminado con los grandes mamíferos y marsupiales allá por donde llegábamos. En poco más de dos milenios desde su llegada, nuestros antecesores habían terminado con los grandes mamíferos y marsupiales de Australia y América. Hoy en día los hemos superado y desaparecen especies como gotas que caen de un grifo mal cerrado. En la actualidad, nuestro consumo de combustibles fósiles no solo va a terminar con las reservas sino que la contaminación que produce su consumo nos está llevando, junto con otras causas, a la paradoja de a mayor bienestar mayor peligro de acabar con nosotros mismos. Pero no es solo la quema de carburantes lo que provoca el calentamiento global. El excesivo consumo de carne con millones de cabezas expeliendo metano convierte a esta industria en una de las más impactantes en el cambio del clima, la cuarta para ser exacto. Somos devoradores de energía.

Fue Eunice Foote en 1856 —la primera científica en teorizar que incluso aumentos moderados en la concentración de dióxido de carbono (CO₂) atmosférico podrían provocar un calentamiento global significativo— quien dio la voz de alarma hace 165 años. Demasiado tiempo en que hemos ante puesto nuestro egoísmo y nuestra ignorancia antes que la supervivencia de las generaciones futuras. A esta codicia generacional tenemos que ponerle un punto y aparte. Nos desvivimos por nuestros hijos y nietos, pero mantenemos un nivel de derroche como si no hubiera un mañana hipotecando el futuro de ellos.

No obstante estamos reaccionando. Las grandes potencias parece ser que han tomado conciencia. Los científicos son tenidos cada vez más en cuenta, pero pocos se atreven a tomar las medidas necesarias para evitar el desastre, que por otro lado vendrá. Ya no se trata de parar el cambio del clima, es imposible. Ya se trata de frenarlo, adaptarnos a los cambios y mitigar en lo que podamos sus efectos. El sistema social competitivo que nos hemos dado, hace que no nos fiemos un país de otro, de una empresa de la competencia o de una región a otra hasta que finalmente la realidad se imponga y el precio a pagar sea muy elevado.

En España la situación no es nada buena a pesar de la recién aprobada Ley del Clima que llega con diez años de retrasos y aunque para los ecologistas se queda corta (a estas alturas cualquier ley se quedaría corta) tiene margen para mejorarse. Hay que tener en cuenta que el planeta desde la época preindustrial ya se ha calentado 1,1º, pero en España el fenómeno ha sido más agudo: 1,7 grados. Por eso entiendo que la ley se centre en las emisiones o la movilidad, y solo habla de crear zonas de baja emisión en las ciudades de más de 50.000 habitantes.

Jerez, como cualquier núcleo urbano, figuradamente, es como un ente vivo. Absorbe energía y recursos en forma de combustibles, alimentos o productos y desecha contaminación y basura. En España casi la mitad de la población vive en núcleos urbanos, de ahí la gran importancia de que estos se adapten al cambio. Dado por sentado que el cambio que hemos inducido en la estabilidad del clima ya no lo podemos parar, tenemos que optar por la vía de la mitigación de los efectos, la adaptación a las consecuencias y todo ello de forma conjunta como sociedad. Los cambios que ya estamos viviendo afectan a la totalidad de la sociedad. Ricos y pobres, de derechas y de izquierda, creyentes o no, mujeres y hombres, extranjeros o locales, dado que todos y todas seremos víctimas  es obvio que para enfrentarnos al mayor problema ambiental y social que tenemos ya en las puertas es imprescindible la unidad de acción entre el equipo de gobierno del ayuntamiento, la oposición y la sociedad simbolizada en los diferentes grupos civiles: vecinos, peñas, comerciantes, asociaciones, colegios profesionales, empresarios, trabajadores, etc. Nadie puede mirar para otro lado porque nadie, independientemente de cómo piense y sean sus valores, estará libre de los efectos.

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