La matemática isleña Marina Murillo. FOTO: FUNDACIÓN BBVA.
La matemática isleña Marina Murillo. FOTO: FUNDACIÓN BBVA.

Allá por el siglo XIX, los incipientes Estados-nación europeos descubrieron el sistema educativo como una herramienta para conseguir sus fines. Se trataba de convertir el súbdito en ciudadano y, para ello, las escuelas eran el medio idóneo para esa transformación. A la vez, se re-inicia un proceso de transformación de la realidad en disciplinas. El conocimiento y el entorno se compartimentan en asignaturas, y con ellas se construye un plan de estudios para obtener los efectos deseados. A partir de esas décadas, se ponen las bases del “optimismo pedagógico” que considera la educación como la panacea para solventar los problemas sociales. Aún hoy seguimos con esas rutinas. 

Como bien decía uno de mis maestros, José Manuel Esteve, la sociedad echa a las espaldas de la escuela y de los docentes buena parte de sus responsabilidades educativas. Y creo que no le falta razón. Todos los Directores Generales de Tráfico, han defendido introducir la educación vial para disminuir el número de accidentes; los directores de orquesta instan a crear la asignatura de música clásica para que crezca la afición; los escritores también piensan que se venderían más libros si los estudiantes aprendieran a amar la literatura en los centros docentes; igual sucede con el ecologismo, la educación para la salud, para la paz y no violencia… ¡Ah! y no olvidemos las tan necesarias clases de “urbanidad”… Incluso últimamente una alianza entre banqueros y Hacienda se ha apuntado a la moda, y defiende la asignatura de educación financiera. Frente a tantas exigencias, ahí tenemos a los docentes que a duras penas y con esfuerzo heroico consiguen mantener cada día un cierto orden civilizado en su clase.

Para este 8 de marzo, Podemos ha hecho la propuesta de incluir la asignatura de “Igualdad” en el sistema educativo. Parece que no hay tantas horas para tantas asignaturas… No dudamos de la buena intencionalidad y el electoralismo de la proposición, pero no parece que esa sea una medida eficaz. La Historia de la Educación está ahí y hay muchos ejemplos que lo demuestran. 

El machismo imperante se traslada al sistema educativo con multitud de datos cuya resolución exigen medidas de más calado y menos simplistas. Cojamos uno de tantos: el mal llamado “fracaso escolar” o abandono educativo temprano. Su definición “oficial” es “el porcentaje de personas entre 18 y 24 años que dejan el sistema educativo, hayan obtenido o no el Graduado en la ESO”. Es decir, los estudiantes que consiguen ese diploma básico y obligatorio y renuncian a conseguir cualquier titulación postobligatoria. Si observamos las cifras, las mujeres, desde hace más de una década siempre logran cifras mejores. El abandono educativo, en 2017, es mayor en los hombres (21,8%) que en las mujeres (14,5%). Ese dato, aparentemente exitoso para ellas, esconde una realidad perversa y machista. Hay multitud de trabajos, como los de mi compañera Nieves Blanco, que explican desde otros enfoques esta diferencia. Pero usemos aquí otra perspectiva.

Unamos esos números con otros conocidos en materia laboral y económica: hay muchos estudios que demuestran la existencia de una “brecha salarial” entre ambos géneros a favor de los hombres. Además, el desempleo es mayor entre las mujeres. Por otro lado, este año hemos leído el informe del Observatorio Social de la Caixa, donde se saca la conclusión de a iguales méritos en el currículum profesional, los empresarios eligen a hombres, frente a las mujeres.

¿Están relacionadas esas cifras educativas y económicas? Muy probablemente. El “fracaso escolar” entre las mujeres debe ser afín con esos otros porque determina su presencia, sus logros y sus aspiraciones educacionales. Es decir, las mujeres —madres e hijas estudiantes—  conocen muy bien la existencia de esa discriminación y tratan de aminorar la brecha, disminuir la distancia salarial, estrechar la segregación laboral, con una preparación académica superior a la obligatoria. A las mujeres les resulta necesario cimentar un currículum donde el apartado de formación académica tenga más líneas que el de un hombre para conseguir al menos, lo mismo. 

Obviamente, sería ridículo pensar que estas palabras han descubierto el nudo gordiano del machismo en nuestro país. En las Ciencias Sociales, como la Educación, es de necios intentar explicar una realidad con sólo una causa. Son imprescindibles las “concausas”. Sirvan estos datos que implican a las generaciones jóvenes, para aportar una reflexión más acerca de la profundidad del problema. 

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