'El falso espejo' de Magritte.
'El falso espejo' de Magritte.

Los largos sollozos de los violines de otoño… mecen mi corazón con monótona languidez” (Verlaine)

No soy experto en nada. Ni siquiera soy experto en la nada como algunos filósofos se empeñan en ser. Que no sea experto en nada no significa que no sepa nada, es decir, que tenga un grado cero de información. No hay ningún organismo vivo, posiblemente ninguna partícula de materia, que almacene un grado cero de información, y yo organismo vivo soy, y materia tengo de sobra. No hablo como persona, hablo como individuo que se dedica, profesionalmente o no. a la práctica filosófica específicamente. ¿Entonces soy un experto en filosofía? Pues tampoco, un experto en filosofía puede ser un profesor de filosofía o un historiador de las ideas, un erudito en textos filosóficos; pero eso no es igual a la práctica filosófica. Por eso los individuos que hacen filosofía pueden ser individuos que no son ni profesores, ni historiadores , ni siquiera aficionados a los textos clasificados como filosóficos. La práctica filosófica es una actividad compatible con cualquier tipo de experto, ferretería o astrofísica, a condición de que sea capaz de suspender la actividad de experto cuando hace filosofía.

¿Qué significa aquí el adverbio de tiempo “cuando”? ¿No se puede hacer filosofía y ferretería a la vez? ¿Qué hay un tiempo, días o años, en que la dedicación filosófica excluye a las otras? El tempo filosófico es en realidad un modo observacional, una mirada recursiva no sobre lo que hay , eso sería ciencia, ni tampoco sobre la representación de lo que hay, eso sería simple fenomenología; sino sobre la relación entre lo que hay (y sus distintos órdenes) y las representaciones sobre lo que hay ( también en sus distintos órdenes); eso que nominamos metateoría y que impropiamente se le ha llamado metafísica, pues no hay nada más físico que la metafísica bien entendida (es decir vacunada contra cualquier infección idealista).

La práctica filosófica es práctica metafísica. Esta suspensión no implica que los conocimientos del experto no sea útiles, impidan o dificulten el acceso a la práctica filosófica, bien al contrario; sin alguna forma de expertez la práctica filosófica es imposible. Hay que poseer alguna práctica de experto que suspender para poder iniciar la práctica filosófica. Por eso el acierto de la práctica filosófica reside en la elección y selección de los modos de relación entre “lo que hay” y la representación de “lo que hay”. Y aquí se nos presentan tres elecciones fundamentales:

  • La ideas sin materia o la materia con ideas
  • La necesidad sin probabilidad o la posibilidad como probabilidad
  • El individuo sin sistema o el sistema con individuos.

La práctica metafísica es imposible si elegimos los primeros términos de estas tres dicotomías. No hay ningún vínculo o relación en las ideas sin materia, en la necesidad sin probabilidad o los individuos sin sistema que no sean especulaciones. O sea, espejos frente a espejos. No hay nada menos metafísico que lo que se ha venido en llamar metafísica desde que la teología, y su sucedáneo el idealismo moderno, tomó la nave de mando de la práctica filosófica. La metanada es la verdadera esencia de la teología o del idealismo. Paradójicamente es la ciencia la que nos ha permitido volver a ese pensar sobre el pensar (ideas) sobre “lo que hay” (la materia) que con propiedad podemos llamar metafísica como esencia de la práctica filosófica.

La ciencia cartografía la única ontología general posible: materia, probabilidad y sistema son los tres componentes básicos de esa ontología. Por ello la ciencia es la única base posible para la metafísica; no puede haber metafísica sin ciencia aunque si ciencia sin metafísica, al igual que es imposible una metafísica sin fisis (naturaleza) pero si una fisis sin metafísica. La práctica filosófica es hoy pues esencialmente metaciencia.

Del mismo modo que la ciencia es un intruso en la materia, la filosofía es una intrusa en la ciencia; un embajador (el teórico) en las fiestas de la ciudad extranjera como en el relato de Felipe Martínez Marzoa. Por eso se dice, con razón, que los niños y las niñas son filósofas de nacimiento. La infancia es un estado de extrañeza, patria originaria según Rilke; lo niños y las niñas son intrusos advenedizos en la vida social; ora sorprendidos, ora aterrados; como el filósofo siempre en el asombro y la ingenuidad. Por eso se comportan con las mismas preguntas que el científico ante la naturaleza o el filósofo ante la ciencia. La infancia, la filosofía y la ciencia comparten un mismo apetito: el hambre de teorías. Y un mismo sentimiento, la radical extrañeza del intruso.

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