Imagen de una manifestación por el clima. FOTO: MANU GARCÍA.
Imagen de una manifestación por el clima. FOTO: MANU GARCÍA.

Hablemos de huellas, de una extremadamente importante: la huella ecológica.

Este es un indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana que se hace de los recursos existentes en los ecosistemas del planeta, relacionándola con la capacidad ecológica de la Tierra de regenerar sus recursos.

En el año de mi nacimiento, 1966, la humanidad consumía alrededor de sólo 2 tercios de los recursos naturales disponibles en todo el Planeta.

El año 1986 fue el último año de equilibrio entre lo que consumimos y dicha regeneración propia.

En el año 2000 consumimos los recursos disponibles el día 1 de octubre.

En 2014 ya los consumimos el 19 de agosto.

Y este año 2019, el 29 de julio, la humanidad, sobre todo las personas que vivimos en las zonas más ricas del Planeta, hemos gastado todos los recursos naturales que la Tierra puede reponer en un año. De aquí a final de año, viviremos a expensas de las generaciones futuras, endeudándolas sin derecho alguno, consumiendo lo que ellos no podrán permitirse jamás.

Debe ser que no ha interesado mucho saber el precio de una ave, un reptil, una retama o un mamífero, es más, me atrevería a decir, vistos estos datos, que la vida humana se valora en este sistema por la capacidad de producir y consumir que tenemos como individuos, y no por el simple hecho de ser una persona.

Necesitamos casi tres Españas para mantener nuestras necesidades de consumo y si el resto de seres humanos vivieran con el mismo modelo como el que vivimos hoy en España, necesitaríamos 2,1 planetas Tierra para sostener este sistema.

Esto no significa que a partir de mañana no tengamos alimentos, agua, energía o materias primas disponibles, significa que, a partir de mañana dichos recursos los estaremos tomando “prestados” de los recursos que necesitarán las futuras generaciones de nuestra especie para sobrevivir.

Aparte del egoísmo implícito que supone esta situación a nivel moral, el colapso civilizatorio que prepara este escenario, es contrario a lo que cualquier especie tiene firmemente anclado en su carga genética: reproducirse procurando los recursos necesarios a sus descendientes para poder perpetuar su especie.

Estamos inmersos en una profunda crisis de la que pocos hablan, que no sólo es es ecológica, también ambiental, energética y por supuesto climática, y todas ellas engendran las crisis de las que sí, todos hablan, política, económica, social, laboral. En suma una crisis sistémica y civilizatoria que amenaza  nuestra supervivencia directamente y choca contra los límites del planeta, debido a  la quiebra del crecimiento infinito como modelo a perpetuar.

El capitalismo se basa en un modelo de desarrollo, no sustentado en la capacidad de producción y reposición de riqueza de nuestro territorio, sino en el esquilmamiento de sus recursos y en la economía especulativa de casino.

Nuestros gobiernos renuncian a las políticas medioambientales, como si la naturaleza no fuese el sustento de la economía y de la propia vida. Renuncian a hacer frente al cambio climático y la desertización,  ralentizando en lo posible la transición hacia las energías renovables, para mayor beneficio del oligopolio eléctrico.

Gobiernos que no han tomado lecciones de los errores del pasado y siguen profundizando la agresión al paisaje y el territorio, planeando inversiones en grandes infraestructuras para el automóvil como la autovía Cádiz-Huelva, más trenes de alta velocidad y menos regionales o de cercanía, manteniendo vigentes los planes urbanísticos desarrollistas que multiplican el suelo ya urbanizado, y poniendo en marcha la legalización y consolidación del fenómeno de urbanización ilegal que no ha dejado de crecer sin control en las costas españolas.

Gobiernos que no hacen nada para revitalizar los ríos que estamos dejando morir como el Zumeta en Jaén.

Gobiernos que no hacen nada efectivo para detener la erosión y contaminación de nues­tros suelos fértiles y nuestros acuíferos, como en nuestra emblemática Doñana.

Que no hacen nada por disminuir la pérdida de calidad de nuestro aire, la contaminación acústica, lumínica y electromagnética.

Gobiernos que no frenan, sino todo lo contrario, la plantación en nuestros suelos de alimentos modificados genéticamente, convirtiendo a España en un laboratorio de las empresas multinacionales dedicadas a dicho negocio como Monsanto y Bayer, que son lo mismo.

¿Actuamos ya, o esperamos al colapso?

Como no hay planeta B, debemos buscar modelos alternativos hacia una transición urgente y justa de la economía, desde el modo de alimentarnos, desplazarnos, consumir, producir energía, hasta cerrar el círculo en una sociedad sin apenas residuos, consiguiendo que vuelvan a ser recursos.

La ecología política tiene propuestas para ello, y Equo Verdes las defiende en las instituciones y en la calle.

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