Duelo a garrotazos, de Goya
Duelo a garrotazos, de Goya

Emanuel, un hombre pletórico (Entrevista a un inmigrante)

Cada vez que paso por el semáforo allí está Emanuel, siempre alegre y sonriente. Y no es más que un inmigrante, pero ¡vaya hombre! ¡Cómo mantiene el tipo ante la vida! Me sorprende lo jubiloso que es. Y mientras tanto, muchos europeos, pequeños burgueses, indecisos y pusilánimes, vemos la botella medio vacía, tristes y afligidos.

Emanuel cruzó el Estrecho en patera, hace siete años, para buscarse la vida; ahora tiene treinta y tres. De origen nigeriano; su padre, Francis, trabaja en una gasolinera y su madre, Mary, es ama de casa. Tiene siete hermanos.

Está casado desde hace un año con Beatriz, una española que trabaja en una guardería de Málaga y a la que ve dos fines de semana al mes. Por esto, puede conseguir la doble nacionalidad, aunque aún no tiene los papeles en regla. Esta circunstancia, y que los estudios en su país se hacen en inglés, que es el idioma oficial, le impiden trabajar de lo que él es, a saber, ingeniero mecánico.

Y ahí lo tenemos. Todos los días en el semáforo de sol a sol. Viene en bicicleta con una mochila donde guarda sus cosas. Se protege siempre de la lluvia o del sol con un paraguas de cuadros grises y blancos. Su sencillo atuendo corona en un sombrero redondo, algo deformado por el uso, y la cara embozada con una especie de braga beige.  El embozo, a modo de disfraz, le permite que la gente lo identifique en su puesto de trabajo, pero no fuera. La mercancía que ofrece, unos pañuelitos de papel.

Y tras la máscara una sonrisa permanente que le ha permitido conquistar una excelente relación con los conductores, a los que identifica desde lejos y saluda cuando están cerca: miradas, bromas, conversaciones, palabras, estrecheces de mano… “Conozco a medio Jerez, poquito a poco, respetando a la gente, a cualquier persona grande o pequeña. Cuando tú estás bueno con la gente, la gente es buena contigo”.

Lo que me sorprende de Emanuel hasta la admiración es su ánimo vivo y luminoso. Mientras nosotros nos dejamos ir, envueltos en nuestros propios problemas personales, avanzando a ciegas día a día con la atención dedicada a algún asunto menor sin gran relevancia, Emanuel es una de esas personas, sociables hasta la extenuación, a la que no se le escapa nada del buen vivir. Él dice: “Eso es parte de la vida. Todo el mundo tiene problemas. Hay que poner la cara. Mi vida es más complicada que la tuya. Tú tienes menos problemas. Tú tendrías más derecho para ser feliz. Tú tienes trabajo, yo no tengo. Aunque tenga mucho dinero siempre falta algo en la vida”.

Y también: “Cuando la gente pone mala cara por problema, no encuentra la solución. Tú tienes algo, mejor que nada. Con cara alegre sí encuentra la solución. Yo también tengo problema. No estoy contento pero un día todo va a cambiar. Si vivo mendigo en la calle no tengo ánimo ni responsabilidad para buscar la vida. Si tengo casa, tengo que buscar para pagar el alquiler y mandarle dinero a mi madre”.

Cuando llega a su casa se asea y ve la tele porque le gusta estar informado de las noticias. Tiene antena digital para saber lo que pasa en su país. Tres días por semana va a la iglesia cristiano-anglicana para celebrar actos religiosos. No le gusta la Semana Santa: “Mi Jesús es espíritu; no se puede ver, ni cargar en un paso”.

Echa de menos a sus amigos y las fiestas de su país. Aunque allí no ve futuro. “Cuando saque el carnet de identidad me puedo contratar. Y si no me voy a otro país”.

Sobre los españoles es rotundo cuando afirma: “No me gusta que a los 27 o 28 años los jóvenes sigan viviendo con los padres. En Nigeria, a los 18 viven solos, y cuando terminan la carrera ayudan a los padres”.

Y es que detrás hay una cierta filosofía de la vida: “Si novia, si fuma, si bebe, pero no trabaja, es falta de respeto a los padres. No fumar ni beber delante de los padres, hay que respetar. Cuando niño: ¡cuidar, cuidar y cuidar a los niños!; con 18 años, joven, cuidar a los padres, ayudar a los padres”.

Es un placer y una lección de vida conocer a este hombre.            

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¡Cómo escribir hoy sobre la crueldad un hombre de clase media, blanco y europeo! Llevo una chaqueta que me quita el frío y no me da calor; he tenido un trabajo rutinario, sí, pero bien pagado, según mis expectativas cuando lo comencé; ocupo mi tiempo en una cofradía, tengo una fe que no me exige y puedo salir de casa y entretenerme con los amigos; tengo un matrimonio desfallecido, sí, pero convencional, confortable en la superficie; tengo un bienestar que no es paz interior, pero se le parece; carezco de monstruos interiores. Con todo esto, ¿cómo escribir sobre la crueldad?

Crueldad natural: Nació bien instalado en el mundo, de una buena familia, educada y saneada en lo económico. Sus padres decían que era guapo, aunque se extrañaban de una pequeña mácula rojiza que tenía en la mejilla derecha. En la escuela primaria no tuvo problemas, salvo que se dio cuenta que sus compañeros miraban a hurtadillas su lunar rojo. Fue en la adolescencia cuando empezó su malestar. Cuando se miraba al espejo la pequeña rosácea permanecía invariable; pero al salir de casa y en contacto sobre todo con las chicas, se imaginaba que la manchita crecía: al principio era un granito de arroz atomatado, después un garbancito pimentonado y finalmente se convertía en una calabaza regada de tabasco. ¡Maldito furúnculo! Desde entonces, siempre se despertaba rencoroso, fastidioso, dispuesto a reintegrarse cuanto antes al odio y a la rabia.

El declive: “Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo… El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados por un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. Él estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble como hallaba siempre, aun en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego”. (Cuento: Los pocillos, Mario Benedetti).  En un bar habitual, con el público acostumbrado, ella le dijo a él: “Tiene los ojos como un sapo”. Él le dijo a ella: “Gorda, foca, ballena…”. Les vino una bocanada de asco: ¡Cómo se odiaban! El desprecio es incesante, insistente. Tras una crueldad estable, viene un terror interno también estable: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. (San Mateos, 19, 3-12).

El estatus: Crueldad es apreciar, valorar, a las personas según el estatus social que posea. He vivido, no en mis carnes, cómo una señora joven ignoraba durante varios años en su grupo de amigos a un caballero, hasta que se enteró que era ingeniero; a partir de ese momento se interesó por él. Obviamente los que estaban por debajo del radar de Hacienda no le interesaban. Todavía se divide a la gente entre elegidos y apestosos, los del palacio y los del arroyo. Hace algunos años, en una ciudad casposa, se establecían órdenes sociales según los apellidos; el linaje daba un prestigio, un estatus, a veces estúpido, sin tener en cuenta la valía personal. Cuando en las familias aristocráticas se enorgullecen de su apellido están reforzando su sentido de la privacidad, de la propiedad, del patrimonio.

Por el contrario, en ese tiempo, los hijos de madres solteras nacían sin el primer apellido, el de padre. Sus madres se ocultaban, se aislaban, tratando de protegerse; y sus hijos vivían sin el primer abrigo, sin el primer amparo, que es el apellido del padre. Plauto, y posteriormente Hobbes, dijo: “El hombre es un lobo para el hombre”. Y George Bataille añadió: “La violencia que da pavor, pero que fascina”.

Las personas tóxicas:  Se caracterizan por no sentir remordimientos al infligir crueldad. Son agresivos verbalmente, aunque la mayoría de las veces lo disfrazan de elocuente ironía o sarcasmo, intentando provocar inseguridad en su víctima para hacerla débil, humillándola y faltándole al respeto. Creen que su opinión es la más importante y menosprecian a aquellos que no consideran que estén a su altura. La conversación con ellos gira en torno a sucesos estresantes negativos. Aunque aparentan ser encantadores con las personas que les pueden servir de utilidad, no dudan en propagar rumores negativos sobre personas ausentes. Critican a todo el mundo delante de ti, da igual lo cercana que sea la otra persona. Hunden a los demás para quedar ellos por encima.

En las parejas tóxicas dominan la relación amorosa, siempre tienen la razón y absorben la vida del otro por completo. Utilizan el chantaje emocional contagiando el sentimiento de culpa. Son personas endiosadas que sienten que todo lo que hacen es perfecto. Las cosas que tú le cuentas parecen no interesarles, de hecho, a menudo no te escuchan. Hablan de lo que les ocurre, de lo que sienten y zanjan todo aquello que trate de otra persona de forma frívola y cortante.

Estas personas generan en el interlocutor un sentimiento de inutilidad debilitando su autoestima. Te frustran, te hacen perder los papeles. Te impiden estar relajado y cómodo en la relación. Te hacen sentir en constante tensión y preocupación. Por eso, hay que tener mucha prevención con estas personas, retirarse y cuidar mucho la propia valoración. En todo caso es mejor rodearse de personas nutritivas que nos ayuden a crecer y que nos protejan.

La “prisión sin rejas”: La moral, religiosa o convencional, es una poderosa gramática compuesta de reglas, principios, hábitos, valores, categorías, mitos, signos, símbolos, herencias… que fabrica, ordena y organiza el mundo. Las normas morales nos fabrican, nos ordenan y nos organizan. En una palabra, nos construyen. “¿Qué hice yo? Desafíé sin saberlo a mis padres, a su moral, a las instituciones, al Estado. No sabía si había pecado de pensamiento, palabra, obra u omisión. Descubrí que hay acciones que te marcan con una herida que no cicatriza nunca. Y lo peor no es la cicatriz, sino el mal sabor de boca que te deja, la mala conciencia, el sentimiento de culpa, la tormenta interior; esa sombra que ya no te abandonará nunca”.

Sistemas de tortura (en las dictaduras, en las guerras, en el espionaje, en la Inquisición): Palizas monstruosas; golpear a las víctimas con una toalla húmeda; vendar los ojos durante un largo período de tiempo; patadas en los testículos; quemarle los pechos; arrancarle los dientes; colgarlos del techo; violaciones; la picana eléctrica: fuertes descargas eléctricas; el caballete: consistente en cuatro patas y una barra sobre la cual descansaba todo el cuerpo sobre los testículos o la vagina del torturado; el potro o ecúleo: el acusado es atado de pies y manos a una superficie conectada a un torno que al girar tiraba de las extremidades en sentidos diferentes usualmente dislocándolas o llegando a desmembrar; el submarino seco: consiste en colocarle una funda plástica en la cabeza del sujeto hasta que su propia respiración lo ahoga; el submarino mojado: maniatar al reo e introducirlo de cabeza en un tanque con agua salada, orina u otro líquido con las piernas suspendidas hacia arriba hasta que empieza a ahogarse.

Declaración Universal de los Derechos Humanos: Artículo 5: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Solo nos queda la palabra.

El compasivo es receptivo, sensible, amoroso; el poderoso es hermético, agresivo, indiferente. Volar: el ser humano y sus ensoñaciones, de día y de noche. Es un vuelo improductivo, o no; desde luego no es una creación mecánico-económica; pero de cuantos sentimientos amables hemos recibido una canción, una poesía, un consejo, un consuelo... que ha alegrado nuestra alma. ¿Te parece poco?

"... y líbranos de todo mal de conciencia / amén". (Un padrenuestro latinoamericano, Mario Benedetti) 

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Comentarios (1)

Francisco Hace 13 días
Leído. La entrevista muy bien.
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