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Es extraño que hayamos construido una sociedad en la que nos concedamos tan poco tiempo de pausa y donde la mayoría debamos respirar a la vez, en el mes de agosto.

Cuando un árbol, animado por la abundancia de sol y de agua, se sobrecarga de ramas y de hojas, llega a un estado en que le resulta difícil encontrar suficientes nutrientes en el suelo para mantenerse y comienza a ahogarse en su propia frondosidad. Sus hojas se enferman, se deforman, se marchitan y se caen aun en pleno verano. En ese momento, el árbol necesitaría poder moverse y salir a buscar nuevos entornos donde recuperar fuerzas y rejuvenecer, pero sus raíces se lo impiden. 

Así estaba mi naranjo ayer, deseando escapar de mi jardín y hacer turismo quién sabe adónde. Saqué entonces mis tijeras de podar y mi escalera y me dispuse a aligerarle la copa, eliminando ramas sobrantes para que el aire pudiese circular entre la espesura. Mientas hacía esto, estuve pensando en cómo los humanos estamos muchas veces tan anclados al suelo como un árbol. Y a falta de un jardinero que nos quite todo lo que nos sobrecarga, nos procuramos pequeñas escapadas para conseguir una bocanada de aire y fortalecernos. 

Cabría preguntarse qué valor tiene esta vida en la que los mejores momentos nos parecen esos periodos de evasión. Y, siendo así, es extraño que, pese al progreso tecnológico, hayamos construido una sociedad en la que nos concedamos tan poco tiempo de pausa y donde la mayoría debamos respirar a la vez, en el mes de agosto.

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