El hombre que siempre estuvo en La Casería

José Ramón Sánchez Urrejola, más conocido como Moncho, lleva toda una vida implicado y dedicado a la preservación de esta singular zona de San Fernando: "El interés de tirar la playa de La Casería es vender"

Moncho en una de las zonas de huertos de La Casería. Autora: Carmen Marchena.
Moncho en una de las zonas de huertos de La Casería. Autora: Carmen Marchena.

En mitad del carril que conduce a los polvorines de Punta Cantera damos con Moncho, parte ineludible del paisanaje de La Casería de Ossio. Nació en San Fernando hace 63 años. Su padre era “de aquí del sur” y su madre Tomasa, una montañesa de Oreña (Santander), vaquera de oficio, que tuvo que dejar los estudios de Medicina tras quedarse embarazada. Tendría siete hijos, entre ellos Moncho Sánchez Urrejola, de apellido vasco y raigambre sureña. Su mirada cuenta mil historias, también su tez, curtida como la mojama. Tantos años frente al mar, en la que siempre ha sido su playa de La Casería, descubren una resistencia de décadas bañada en sal y manchada de fango.

Moncho es bajito y afilado, y habla con el tono propio de la sabiduría popular. Asegura estar frustrado, pues el día en que conversamos, se daba a conocer la desestimación por parte de la Demarcación de Costas de Andalucía Atlántico de las alegaciones presentadas por los afectados del posible desalojo de la playa de La Casería de Ossio. “Hablan de 59 expedientes, pero eso es mentira, porque solo hay 22 casetas y dos viviendas”, reprende Moncho, que es propietario de una de las viviendas. Sentado en un lugar próximo al mar, rodeado de huertas, relata que se crio en el barrio de La Casería porque su abuelo tenía un negocio que se llamaba Las delicias del pasaje, que estaba al lado de los cuarteles. “El mejor sitio para jugar eran las huertas, aquí vivíamos extraordinariamente y nuestro interés de niños siempre fue la playa, aunque nos tenían que acompañar los mayores, porque había un penal y pasaban historias raras de aquella época”, aclara.

Dibuja un paisaje sin edificaciones y recuerda que hasta el hospital de San Carlos está edificado sobre una huerta. “El antiguo hospital de San Carlos era un edificio de una sola planta que databa de 1700”, añade. Moncho tuvo una fijación –o como él lo llama, "un interés" – en mantener la zona tal y como la vivió de niño, “pero no solo las huertas, también la playa”, apunta efusivo. “¿Si no, qué le vamos a dejar a nuestros hijos y nietos?”, se pregunta. Señalando la zona de huertas, muy próximas al callejón del Reverbero, afirma que quieren poner una carretera y en el lado de la playa construir un paseo marítimo. “Yo me pregunto para qué queremos tantas carreteras, si San Fernando tiene 30 kilómetros cuadrados, no tenemos terreno para que metan tanta carretera, ni tanto paseo marítimo ni tantas urbanizaciones privadas”, comenta.

Moncho durante un momento de la entrevista.
Moncho durante un momento de la entrevista. Autora: Carmen Marchena

Para este vecino de La Casería, “el interés de tirar las casetas y las viviendas de la playa es poder vender para construir carreteras y edificar”. Denuncia que las instituciones se salten la Ley del suelo porque “hay terreno militar, industrial, rural y de costas”, también critica al Instituto de la Vivienda para las Fuerzas Armadas (INVIED), dependiente del Ministerio de Defensa, “que tiene su propia ley del suelo y a Esisa, la empresa municipal del suelo de San Fernando, donde manda la alcaldesa Patricia Cavada”. A su parecer todos tienen intereses creados y no cree que estén haciendo nada por San Fernando. “Si de verdad quieren a sus ciudadanos, que pongan un paritorio para que nazcan niños aquí y no se dediquen a quitarnos más terreno”, critica irónico.

Unas casetas con más de un siglo de historia

El origen de las casetas Moncho se lo sabe al dedillo y lo cuenta como historiador de bajamar que es. “Las casetas se pusieron hace 125–130 años con la aprobación del ayuntamiento para que la gente pudiera desvestirse, hacían la función como vestuario”, explica a la par que las compara con las que cumplían la misma función en el balneario de Cádiz. “La zona funcionaba como un balneario de aguas termales, la gente se daba baños con fango y estaba la figura de las palanganeras, que eran las que ayudaban a asearse a los bañistas”, aclara. Una de las abuelas o bisabuelas de Bartolo, el de la cantina El Titi, fue palanganera y desde entonces ha ido heredando esa finca”, agrega elocuente.

Sentado en una silla de plástico continúa su exposición: “en los años de la guerra pasó a un capitán de infantería de marina, un tal Valverde, que se adueñó del sitio y de las casetas, las cuales estuvo alquilando”. Prosigue al detalle: “cuando llegaron los moros de Franco a San Fernando, que vinieron aquí a fusilar, estuvieron en su poder hasta que terminó la guerra”. Según expone, cuando acabó la contienda, pasó de nuevo a manos de militares y había que pedirles permiso para poder tener una caseta. “¿Qué pasaba?”, se pregunta él mismo. Y se responde de forma interrogativa: “¿Quién se iba a acercar a los militares esos, si eran unos fascistas que se habían jartao de matar a gente?”. “Muy fácil —continúa la explicación— Solo se acercaban los mismos que trabajaban para los militares, es decir, los maestranza, el chófer de marina, el operario de tal…”. Y de esa manera, según cuenta, entró el contrabando, ya que “todo lo que metía marina por aquí, era contrabando sobre el que los almirantes y altos cargos querían ejercer el control”.

Casetas de los pescadores en la Casería de Ossio.
Casetas de los pescadores en la Casería de Ossio. Autor: Manu García

Los años pasaron, esos hombres se hicieron mayores y fueron vendiendo las casetas a los pescadores. “Aquí siempre hubo pesca, sobre todo furtiva, pero ahora es cuando está más legalizada y controlada”, comenta Moncho. En esta zona se practica el trasmallo, el palangre y la pesca con nasas. Son tierras ricas en coquinas y almejas, y en marisco en general. “Esto del coronavirus ha venido estupendo para que dejen de tocar un tiempo, es increíble la presión que ejercemos sobre la naturaleza, la estamos echando a perder nosotros con el pequeño papelito que tiramos hasta la colilla”, lamenta Moncho, que lleva años intentando mantener el entorno de la playa y es conocido por tallar piedras ostioneras y recicladas del mar.

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Moncho en su vivienda de La Casería. Autora: C. M.
Moncho muestra algunas de las fotos que le han hecho en la playa a lo largo de los años.
Moncho muestra algunas de las fotos que le han hecho en la playa a lo largo de los años. Autora: C. M.

En 2005 comenzó la lucha contra costas por el tema de las torres. “Tanto costas como la constructora tenían interés en hacer el paseo marítimo y recuerdo que nos enviaron la misma notificación que ahora, yo alegué que tenía una vivienda y que no me la podían quitar”. Moncho tiene la casa construida desde hace 30 años y antes tenía casetas de madera que, según cuenta, se las quemaron. “Están desinformando sobre La Casería y están vendiendo esa mala fama para poder construir, si hay una o dos manzanas podridas, parece que todo el cesto está podrido”, señala.

Moncho asegura que “todo esto ha cambiado a mejor, porque antes era un mierdero”. Volvió al barrio en la época de la heroína, en los 80, tras vivir una temporada en la calle Real cuando trabajaba la Mallorquina, pero insiste  en que su sitio “siempre fue aquí, en La Casería”. Este vecino incansable también lucha para que no quiten las huertas de la zona y denuncia que están rodeados de cientos de viviendas y chalets “privados y de lujo”.  Pide que “les dejen tranquilos y que paren de expropiar suelo público para interés de los cuatro constructores de turno, por la fatiga del dinero”.

¿Qué quieren los vecinos y las vecinas de Casería?

“Que nos dejen tal y como estamos”, sentencia Moncho. “Solo pedimos tener el mismo derecho que los demás. Mira como a un hotel de Marbella en primera línea de playa no le ponen problemas”, critica. “La gente de Casería estamos en 150 metros cuadrados y somos el municipio con más costa de la provincia… ¿Por qué van a por nosotros? Están creando mala fama al barrio para tener el caldo de cultivo perfecto para que el que manda fuera, pueda hacer aquí lo que quiera”. “El ambiente está tenso y no me gustaría ver aparecer las máquinas por aquí, ya se lo he comentado a varios contratistas de la zona”, comenta entre la preocupación y el enojo. Entre tanto se está llevando a cabo una recogida de firmas, con más de 40.00 firmas en change.org, y el desarrollo de la plataforma SOS Casería en apoyo a su preservación, para ver si finalmente se declara como bien de interés general.

"Varios vecinos y yo hemos estado cuidando el entorno durante los últimos 30 años y el ayuntamiento ha pasado de nosotros", lamenta Moncho. Como ejemplo, el váter público dispuesto en la playa, que según el isleño, lo ha estado limpiando todos los días de los dos últimos años, "porque el ayuntamiento lo tenía abandonado". Después de tantos años siente "impotencia y frustración", reconoce este hombre, que guarda instantáneas de tiempos mejores, capturadas por el fotoperiodista Pedro Sara en 2011. Esta situación no solo la sufren los vecinos y las vecinas, también los pescadores, hortelanos y las trabajadoras de los dos bares ubicados en la playa 'El Bartolo' y 'El Muriel'. "Hay muchas familias que comen de la playa de La Casería y esto les puede hacer polvo", enfatiza Moncho.

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Otra de las zonas de la Casería. Autor: Manu García

“Están creando un ambiente hostil, nos van a desenraizar y no solo con las casetas, sino lo que viene detrás: un entramado inmobiliario”, sopesa el de la Isla. "Las casetas son un símbolo de resistencia y en el momento que nos dobleguen con estas, van a poder hacer lo que les de la gana", lamenta. “Hay muchos intereses en esta zona porque es estratégica y de seguridad, pero a la gente de aquí no nos interesa que entre la globalización de unos pocos", incide. "Si quieren a tirar algo, que tiren mejor el caballo de Varela, que fue un fascista y ahí está de pie. Si se van a gastar dinero, que saquen al que fuera alcalde de San Fernando, don Cayetano Roldán Moreno, y al centenar de personas que mató el ejército fascista de Franco de las fosas comunes del cementerio de la Carraca y del cementerio de Los Ingleses". A Moncho no le entra en la cabeza cómo se van a gastar dinero en tirar unas casetas que forman parte de la historia de Casería, "cuando existen otros asuntos de los que ocuparse".

El tiempo juega en su contra, pero vive al día con la esperanza, como todo vecino y vecina de la zona, de que no suceda el fatal desenlace del desalojo. Mientras eso ocurre –o no–, anda distraído restaurando una antigua casa de hortelanos haciendo lo que más le gusta, trabajar y crear con las manos. Tras él una celosía en construcción que le recuerda al escritor Luis Berenguer, al que conoció de chiquillo, cuando estuvo destinado en los polvorines, y al que considera "una bellísima persona". "Quería mucho a La Casería y contaba que para estar fresquito los días de guardia, construía una celosía para que entrara el aire y no le molestara tanto el sol. Haciendo esta me acordé de él y encima ahorro en ladrillos, aunque es trabajosísimo", expresa el que fuera adalid de la lucha por La Casería, que hoy con un paso atrás, espera que la resolución de los expedientes no desemboque en derribo.

Moncho delante de su celosía
Moncho delante de la celosía que acaba de construir.

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