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La crónica sentimental de 60 años de historia convertiría la catedral del flamenco en un museo nostálgico si no fuera por una vigilancia continua del presente.

“Esto es la catedral del flamenco. Si no pasas por aquí, no eres nadie”. Raquela Ortega, bailaora, describió así el Corral de la Morería. Lo hizo antes de actuar en el primer pase de la tarde, y mientras hablaba, taconeaba. Es la catedral del flamenco, pero también una torre de Babel. Se escuchan muchas lenguas entre el público. Al fondo del salón, un japonés solitario y parsimonioso mueve la mandíbula, se busca algo entre los dientes con la lengua y apoya la barbilla entre sus dedos entrecruzados. En otra mesa, mujeres con pañuelos coloreados en la cabeza. Más allá, una joven angloparlante y rubia está cansada. Observa los cuadros de las paredes, piensa y se atusa el pelo y se preocupa; tiene frío aunque no hace frío. A muchos de los visitantes se les notan en el semblante las horas de caminata turística. Madrid es una ciudad que ahoga los ojos y los oídos. Pero poco a poco, a partir del arranque del espectáculo, al público le va ganando la cara una frescura de piel recién lavada.  

La Morería se ha ganado el reconocimiento de mejor tablao del mundo. Durante 60 años ha sido uno de los escaparates más importantes del flamenco. Casi todos los grandes han subido a su escenario: Paco de Lucía, La Paquera de Jerez, Pastora Imperio, La Repompa, Farruco, Fernanda y Bernarda de Utrera, Mario Maya, Antonio Gades, La Chunga, El Cigala… Y los que no han subido, contemplaban desde el público. Camarón salía de Torres Bermejas, se iba a la Morería y se sentaba junto a la barra, calladito, atento. Como dice Pepe Habichuela, en la época dorada de los tablaos, si se ganaban 15 duros, se gastaban escuchando a otros. “Cuando vienen flamencos de público, se suben al fin de fiesta o acaban cerrando el local, haciendo la fiesta nocturna. Lo llevan en la sangre y se les van las manos y la voz”, relata Armando del Rey, hijo del fundador Manuel del Rey y copropietario desde hace 10 años.

Alrededor del Corral se ha fundado una mitología, una red de anécdotas y sucesos emblemáticos en los que intervienen artistas y personajes de fama mundial. La tónica: grandes hombres y mujeres que llegan precedidos de auras intocables, lejanísimas, y de pronto se rinden al espectáculo y parece que nos pertenecen un poco más. El flamenco humaniza. Las fotos de Ronald Reagan arrancándose a bailar dieron la vuelta al mundo. El bailarín ruso Nureyev subió al escenario para hacerse una foto y ejecutó una pirueta de puro regocijo. Gina Lollobrigida acudía asiduamente a la Morería: “Estaba completamente enamorada de Gades y venía todos los días a verle bailar e incluso a verle ensayar”, cuenta Del Rey. Salvador Dalí, ese hombre contenido, se presentó un día con una pantera y hubo que convencerle de que se dejara la fiera en casa. En cambio, los había más discretos. En una ocasión, Blanca del Rey, mujer del fundador y oráculo artístico del Corral, reparó en un barbudo de una mesa. Se tuvo que fijar varias veces hasta que lo reconoció: era el Che Guevara. Decenas de fotos cuelgan en los muros del Corral como testimonio de estas visitas.

El Corral de la Morería ha sido durante 60 años uno de los escaparates más importantes del flamenco

El rey Hussein de Jordania no tenía suficiente con visitar el tablao y se llevaba a la troupe  a su país en sus cumpleaños. “Mi marido se iba con él y me lo contaba. El rey lo montaba en el avión que él mismo pilotaba y lo llevaba al desierto. Aterrizaban y Hussein llamaba huuuu, huuuu. Al poco aparecían los beduinos en camello, galopando, y para saludarse se daban golpes en el pecho, se abrazaban. Luego comían en las jaimas con ellos”, narra Blanca del Rey.

El templo que acabó conquistando a un rey nació en 1956, cuando Manuel del Rey, un empresario de hostelería, decidió lanzar una idea que parecía una locura. “Era una idea revolucionaria, entonces no entraba en la cabeza cómo se podía cenar viendo un espectáculo. En una España oscura, hermética, donde todo era pecado, abrir un tablao así era una cosa inimaginable”, explica Blanca del Rey.

Don Manuel se empeñó, no entendía de límites; anteriormente había creado un servicio de exportación de paellas. Su hijo lo recuerda: “Las metían en avionetas y se iban al festival de Cannes, a París, a Mónaco y montaban un catering. En algunos momentos, en las avionetas, lo pasaron realmente mal”. Era un hombre capaz de arriesgar el pellejo por dar de comer arroz a los guiris. El Corral de la Morería no dio la campanada desde el inicio. Hubo que tomar la medida más drástica posible para impulsarlo: llamar a Pastora Imperio. La mítica bailaora se había retirado, costó convencerla, pero Del Rey, tirando de labia, billetera y menú, lo consiguió. La Imperio aportó su símbolo artístico y unos contactos jugosos con la alta sociedad. La fama del Corral se catapultó. 

Ese prestigio llegó a oídos de una niña bailaora a la que se rifaban en las salas de Córdoba. Blanca Ávila o Blanca La Platera. Hoy: Blanca del Rey. Con 12 años ya bailaba en el zoco. “Era la más pequeña, la gente iba a verme porque no era normal. Sólo podía bailar hasta las 12 de la noche, como Cenicienta”, rememora. La Platera fue autodidacta, flamenca por impulso vital: “Me bautizaron con un clavel en la cabeza, al párroco le sentó muy mal; me recuerdo a gatas y bailando, mi madre decía esta niña llora con compás”. Resulta difícil comprender el significado de la Morería desde el siglo veintiuno. Hay que mirarlo desde los ojos de una niña de 14 años que a principios de los años 60 aterriza en la capital. Tras tres días actuando en las Cuevas de Nemesio, Manuel del Rey (que llevaba demasiado tiempo oyendo hablar de ella y sin decidirse a contratarla por su edad) se enteró y le lanzó una opa. “Imagina una niña que llega a Madrid y Madrid le sobrepasa con todo tan grande y, de buenas a primeras, debuta en el Corral. Encima, cuando subí al escenario vi a Rock Hudson en la barra”. El tipo era uno de esos guapos hollywoodienses de labio torcido que, además, al verla pasar, le quitó una flor del pelo. “Yo no podía bailar como tú comprenderás”. Algunos años más tarde, a los 19, Blanca se casó con Manuel del Rey y abandonó los escenarios durante una década. Cuando regresó, presentó su soleá del mantón, una invención que creó escuela.

El Rey Hussein de Jordania no tenía suficiente con visitar el tablao y se llevaba a la 'troupe' a su país en su cumpleaños

La crónica sentimental de 60 años de historia convertiría el Corral de la Morería en un museo nostálgico si no fuera por una vigilancia continua del presente. “Los tiempos siempre se estrenan”, sentencia Blanca del Rey, “cada época tiene su gloriosa manera de manifestarse en las artes”. Ella visita todos los festivales internacionales y todos los teatros de Madrid. “Cuando veo a un bailaor o a una bailaora buena, lo sé inmediatamente, al medio minuto de pisar el escenario, lo percibo”.

Los resultados de esa exploración van subiendo al escenario esta noche mientras el japonés deja de buscarse entre los dientes, las mujeres del hiyab miran su bebida y la inglesa pensativa repasa de nuevo los cuadros: en uno de ellos, un torero despintado en verde. 

Arranca el espectáculo de la noche, el último pase del día. Van a verse tres formas de bailar muy distintas. José Jurado, cordobés, mastica el aire para darse los contratiempos del compás. Se mueve con unas hechuras de marqués, serio, elegante; reta con la mirada un punto del horizonte. Sopla. Aplica un juego de pies cristalino. Trae el pelo mojado y cada vez que gira, nace de su cabeza un mantón de gotas que moja las primeras mesas. Hay tres veinteañeras con sus novios que se observan a cada golpe de lluvia y se ríen como si les hicieran cosquillas. Más tarde, Ángel Reyes, también cordobés, saca un belfo listo para el estoque. Es de esos bailaores que reciben una especie de brisa en las caderas que lo mecen, y se dejan mecer. Le tiembla la cara, se frunce mucho. Uno se olvida de escuchar la letra que proclama Pedro Jiménez Perrete, cantaor con bigote y pañuelo de lunares en la americana, pero es de suponer, por cómo responde Reyes (afarrucándose, agitando las placas tectónicas del edificio), que le advierte de algún tipo de premonición.

La madrileña Raquela Ortega sale de azul y por alegrías. La música es una esfera invisible que circula por sus brazos. Su cara se expresa como debe hacerse por alegrías, como si la felicidad fuera un efluvio, una invitación que uno acepta sin preguntas. El espectáculo está espoleado por el cante de Victoria Gámez, El Pola y el Perre o el toque polifacético de Víctor El Tomate y Mario Montoya. La mitad de la fiesta sucede al otro lado, entre el público. En los espectadores puede observarse la potencia originaria de cada estilo (el mismo efecto se daría sobre Richard Gere, los Rolling Stones, Picasso o Salvador Dalí). Es fácil comprender qué significa cada cante. Comprobamos, por ejemplo, que la guajira, un palo de ida y vuelta que hace que los guitarristas se intercambien sonrisas de hamaca, llena de agradecimiento la boca del japonés solitario y consigue, también, que a la chica rubia y friolera se le ilumine la cara y deje, por fin, de pensar en otras cosas.

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