Fue cura pero podría haber sido cualquier otra cosa. Abogado, administrativo, gestor de un hotel, electricista, agricultor, entrenador de fútbol o ciclista. Demostró sobradamente que todos esos oficios se le dieron bien, pero al final optó por uno que, como la literatura, no parecía tener una aplicación ni práctica ni inmediata.
Se dedicó no solo a salvar almas para el día de mañana, sino a curar espíritus para el día que iba amaneciendo. Estar a su lado era mejorar como persona, porque era uno de esos sacerdotes que no te hablaba desde el púlpito, sino cara a cara, en la puerta de la iglesia, en el bar, en esta acera o en la de enfrente.
Jamás lo oímos juzgar a nadie. Se juntó con los pobres y con los ricos, hablaba con los inteligentes y con los torpes, se reía con los poderosos y con los últimos de todas las filas y se sentó a la mesa con gente afín y con personas que ni siquiera creían en Dios. Él sabía que Dios sí creía en ellas y eso era más que suficiente.
Salvo muy contadas excepciones, nadie lo vio con clériman porque no necesitaba subrayar su condición de cura cuando tenía facilidad para demostrar su buena condición de persona y eso bastaba.
No fue partidario de divisiones dentro de la Iglesia, ni le gustaban -como tampoco a Cristo- los más listos que nadie dentro del cristianismo, los que hilaban profundas teorías sobre cómo había que creer en Dios, los que fustigaban a los demás por no responder al modelo de cristiano que determinadas élites hubieran trazado. Por eso se sentía a gusto dirigiendo espiritualmente a los rocieros, que siempre han sido unos cristianos más bregados en los caminos polvorientos de este mundo que en las autopistas hacia el cielo. Por eso vio con tan buenos ojos lo de integrar en su parroquia a una hermandad que llevaba a Cristo sobre un borrico.
Ahora hace un año que se marchó, después de más de 50 al pie de su propio cañón evangelizador en su Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en Los Palacios y Villafranca. El cura que lo sustituye, Germán Carrasco, es ya Don Germán como él era Don Luis no por ningún afán de don sino por esa necesidad del pueblo de reconocer a un pastor que siempre estaba ahí y que, como el dinosaurio de Monterroso, pareció imposible que dejara de estarlo al despertar.
El 10 de octubre del año pasado se marchó de este mundo para siempre Luis Merello Govantes, el cura de El Puerto que evangelizó a todo su pueblo de adopción desde las Casas Baratas. No tejió grandes discursos, no dejó una importante obra teológica. Y sin embargo, la gente sencilla agradecía que fuera al tanatorio aunque el muerto no fuera a enterrarse en su parroquia, que se parara en Colina para echar una cerveza y unos cantes con los peregrinos, que visitara a enfermos de cualquier parte del pueblo sin pararse a mirar los límites de su feligresía.
Este próximo sábado 10 de octubre será su misa de al cabo de año, en su parroquia, la que él mismo levantó integrando a todo el pueblo en un objetivo común. La eucaristía estará presidida por Germán, su sustituto, a partir de las 19.00 horas. Recomiendo llegar con tiempo, porque al menos quienes lo conocimos sabemos de sus nervios abriendo y cerrando la puerta de la sacristía, nervioso con sus ojos oblicuos tras las gafas, sus tirones del cuello de la camisa y sus prontos de antipático cuando se avecinaba una ceremonia importante y tenía la costumbre de subir y bajar la megafonía para terminar de empeorarla. La de este sábado lo será y es posible que lo escuchemos si cerramos los ojos mientras él se esté subiendo las gafas allá en el cielo, sin micro ni nada, satisfecho de que tanta gente pensemos a la vez en él.
Fue cura pero podría haber sido cualquier otra cosa. Abogado, administrativo, gestor de un hotel, electricista, agricultor, entrenador de fútbol o ciclista. Demostró sobradamente que todos esos oficios se le dieron bien, pero al final optó por uno que, como la literatura, no parecía tener una aplicación ni práctica ni inmediata.
Se dedicó no solo a salvar almas para el día de mañana, sino a curar espíritus para el día que iba amaneciendo. Estar a su lado era mejorar como persona, porque era uno de esos sacerdotes que no te hablaba desde el púlpito, sino cara a cara, en la puerta de la iglesia, en el bar, en esta acera o en la de enfrente.
Jamás lo oímos juzgar a nadie. Se juntó con los pobres y con los ricos, hablaba con los inteligentes y con los torpes, se reía con los poderosos y con los últimos de todas las filas y se sentó a la mesa con gente afín y con personas que ni siquiera creían en Dios. Él sabía que Dios sí creía en ellas y eso era más que suficiente.
Salvo muy contadas excepciones, nadie lo vio con clériman porque no necesitaba subrayar su condición de cura cuando tenía facilidad para demostrar su buena condición de persona y eso bastaba.
No fue partidario de divisiones dentro de la Iglesia, ni le gustaban -como tampoco a Cristo- los más listos que nadie dentro del cristianismo, los que hilaban profundas teorías sobre cómo había que creer en Dios, los que fustigaban a los demás por no responder al modelo de cristiano que determinadas élites hubieran trazado. Por eso se sentía a gusto dirigiendo espiritualmente a los rocieros, que siempre han sido unos cristianos más bregados en los caminos polvorientos de este mundo que en las autopistas hacia el cielo. Por eso vio con tan buenos ojos lo de integrar en su parroquia a una hermandad que llevaba a Cristo sobre un borrico.
Ahora hace un año que se marchó, después de más de 50 al pie de su propio cañón evangelizador en su Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en Los Palacios y Villafranca. El cura que lo sustituye, Germán Carrasco, es ya Don Germán como él era Don Luis no por ningún afán de don sino por esa necesidad del pueblo de reconocer a un pastor que siempre estaba ahí y que, como el dinosaurio de Monterroso, pareció imposible que dejara de estarlo al despertar.
El 10 de octubre del año pasado se marchó de este mundo para siempre Luis Merello Govantes, el cura de El Puerto que evangelizó a todo su pueblo de adopción desde las Casas Baratas. No tejió grandes discursos, no dejó una importante obra teológica. Y sin embargo, la gente sencilla agradecía que fuera al tanatorio aunque el muerto no fuera a enterrarse en su parroquia, que se parara en Colina para echar una cerveza y unos cantes con los peregrinos, que visitara a enfermos de cualquier parte del pueblo sin pararse a mirar los límites de su feligresía.
Este próximo sábado 10 de octubre será su misa de al cabo de año, en su parroquia, la que él mismo levantó integrando a todo el pueblo en un objetivo común. La eucaristía estará presidida por Germán, su sustituto, a partir de las 19.00 horas. Recomiendo llegar con tiempo, porque al menos quienes lo conocimos sabemos de sus nervios abriendo y cerrando la puerta de la sacristía, nervioso con sus ojos oblicuos tras las gafas, sus tirones del cuello de la camisa y sus prontos de antipático cuando se avecinaba una ceremonia importante y tenía la costumbre de subir y bajar la megafonía para terminar de empeorarla. La de este sábado lo será y es posible que lo escuchemos si cerramos los ojos mientras él se esté subiendo las gafas allá en el cielo, sin micro ni nada, satisfecho de que tanta gente pensemos a la vez en él.
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