entrevista_manuel_carmona_03
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Una deuda con Seguridad Social impide a Manuel Carmona, que dirigía una empresa de transporte de materiales de construcción, poder jubilarse tras casi 40 años cotizados.

Manuel apenas duerme por las noches. Le cuesta conciliar el sueño desde hace varios años. ¿La razón? No puede jubilarse. Y no porque le falten años de cotización –tiene casi 40–, sino por una situación rocambolesca que empezó allá por 2007, cuando su empresa, Manuel Carmona Rivas SL, gestionaba una cantera que hay en Nueva Jarilla y se dedicaba a transportar materiales de construcción. Entonces, entre otro socio y él, tenían que hacer frente a dos pagarés, de 38.000 euros cada uno. Quedaron en abonar uno cada uno. “Me dijo que lo pagaba sin problemas”, cuenta Manuel. Pero no fue así. Ahí empezó su calvario. Manuel, entonces, tampoco abonó el que le correspondía, y es la deuda que le reclama ahora Seguridad Social y por la que no le dejan jubilarse.

En estos momentos no tiene ningún tipo de ingreso. Al no solicitar la prestación contributiva antes de los 65 años –cumplió 66 en junio–, no puede cobrarla. “Me dijeron que me buscara una empresa que me diera de alta 90 días, llevo 40 años trabajando, ¿qué mas quieren?”, relata. La ejecución del aval bancario que tenía la cantera lo dejó “sin nada”. Casi 300.000 euros le fueron retirados. Luego vino el embargo de la nave que tenía en la Ciudad del Transporte, de la que está pendiente de entregar las llaves. El BBVA la tasó en 625.000 euros, asegura. A Manuel le quedaban 88.000 euros para terminar de pagarla. “Nos hundieron”, sentencia.

"Mi padre prefirió no dejar de pagar a la gente y no pensó en su jubilación; no se niega a pagar"

La opción que le da Seguridad Social para poder saldar sus deudas, que no se niega a pagar, dice una y otra vez, es la siguiente: Abonar 9.000 euros para que el montante sea inferior a 30.000 euros –por encima de esa cifra se exige un aval, algo que a Manuel le es imposible de conseguir– y pagar el resto en plazos de 500 euros mensuales. Pero tampoco le sirve. “No tengo ese dinero, no tengo nada”, asegura.

La única solución que encuentra es vender la casa en la que vive con su mujer en la carretera de La Cartuja. Pero tampoco puede. No tiene escrituras. La heredó de su padre y nunca llegó a sacárselas. “Y si se las llego a sacar lo mismo me la hubieran quitado”, dice. Ahora, desesperado, intenta venderla. Pide 100.000 euros, con los que, tras deducir el coste de la venta y las escrituras, pagaría parte de la deuda.

A todo esto, Manuel suma una complicada situación familiar. Su mujer está enferma. Todos los días se toma más de veinte pastillas. Sufre depresión crónica, fibromialgia, es diabética y tiene pancreatitis. Unos 20 euros semanales les supone su medicación. Ya ha tenido varios intentos de suicidio, suministrándose más insulina de la cuenta. “No tengo ganas de vivir”, asegura su hija que repite en más de una ocasión. Apenas sale a la calle y pasa los días “de la cama al sofá”. Manuel y su hija coinciden en que necesita a alguien que la cuide, pero ni pueden costearlo en estos momentos ni pueden solicitar una ayuda. Tiene diagnosticada una minusvalía del 33%, “que no da derecho a nada”, dice su hija, que cuenta que hace poco le hicieron una revisión y están a la espera de los resultados.

Anabel, hija de Manuel, es la que está moviendo “cielo y tierra” para intentar encontrar una solución. “Mis padres me lo han dado todo, se lo debo”, asegura. Ella, a raíz de la disolución de la empresa de su padre, donde trabajaba, llegó incluso a perder su vivienda y ahora el banco le reclama 70.000 euros. “Me iban a conceder la dación en pago –la entrega de la vivienda para saldar la deuda–, pero al final me la denegaron”. “Aunque trabajara no tendría ni para un paquete de pipas, me lo quitarían todo”, dice. “Mi padre prefirió no dejar de pagar a la gente y no pensó en su jubilación”, se lamenta  Anabel, que repite, como Manuel, que “no se niega a pagar”.

“No tengo ganas de nada”, cuenta Manuel, a quien se le saltan las lágrimas cuando relata por lo que está pasando. Recuerda que, tras trabajar en el montaje de la azucarera de El Portal, sacando arena del río o pescando angulas, fue construyendo poco a poco su “imperio”. “Empecé con un camión que me costó 150.000 pesetas”, recuerda. Ahora, tras vender un vehículo y varias posesiones personales, a duras penas tiene para comer y para pagar la luz y el agua. Un amigo le ayuda. “En el coche no tengo ni seguro, voy con miedo, ¿pero si lo vendo, cómo nos movemos?” Tras toda una vida trabajando –"no sé lo que es ir de vacaciones ni a El Portal”, dice–, ahora se emociona, de pura rabia, al no poder comenzar su jubilación. “¿Qué aliciente tiene la vida para mí? Si no fuera por mis hijos…”

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