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Defensa quiere desahuciar a Agustín Rubiales, un constructor de Cádiz: reclama su nave tras 40 años ayudando a quienes perdían su casa

A sus 69 años, con una empresa familiar a sus espaldas y nueve nietos, el constructor gaditano afronta el desalojo de la nave, cuya titularidad reside en el Ministerio de Defensa, donde guarda los materiales de toda una vida

  • Agustín Rubiales el constructor solidario de Cádiz, desahuciado de su nave. -

Agustín Rubiales Plaza lleva 40 años ligado a la misma nave y prácticamente una vida entera dedicada a la construcción. A sus 69 años, el lugar donde guarda los materiales de su empresa está a punto de dejar de ser suyo. Le han comunicado desde el Ministerio de Defensa, titular de la finca en la que lleva toda la vida, que tiene que abandonarla y ahora se enfrenta a un problema que nunca imaginó protagonizar: el constructor gaditano que durante décadas ayudó a familias que perdían su casa teme quedarse sin el espacio desde el que todavía trabaja.

Allí guarda los materiales de su empresa. Puntales, hormigoneras y todo aquello que necesita para seguir adelante con su oficio. Son más de 400 metros cuadrados llenos de cosas, pero para él son bastante más que un almacén. Desde ese espacio ha trabajado durante años, ha mantenido su actividad y también ha tenido a mano los medios con los que ha ayudado a personas que atravesaban situaciones límite.

  • Agustín Rubiales, el constructor solidario de Cádiz que pide ayuda para no ser deshauciado de su nave.
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Ahora le han comunicado que tiene que dejarlo. El propietario, el Estado, reclama el local y, según explica Agustín, el espacio podría convertirse en trasteros. Él intenta entender qué hacer con todo lo que tiene dentro, pero también qué hacer con una empresa en la que trabajan sus hijos y varios trabajadores. "¿Quién me ayuda a mí ahora que voy a ser desahuciado?", pregunta, entre lágrimas. La frase pesa especialmente viniendo de quien lleva tantos años intentando evitar que otros acabaran en esa situación.

El constructor que empezó trabajando desde abajo

Agustín nació en Cádiz y empezó a trabajar muy joven. Antes de dedicarse plenamente a la construcción, pasó por distintos oficios y conoció de cerca las dificultades de quien tiene que ganarse la vida desde abajo. Con el tiempo encontró en las obras su profesión y acabó levantando una empresa con la que ha trabajado durante décadas.

Su historia también tiene un capítulo personal relacionado con la vivienda. En su juventud fue expulsado de una pequeña vivienda en la Casa Lasquetty, cuando aquel espacio todavía estaba formado por infraviviendas. Quizá por eso, cuando años después comenzó a encontrarse con personas que estaban a punto de perder su casa, la reacción fue ayudar.

  • El hijo de Agustín Rubiales en la puerta de la nave.
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Una de las historias que más se recuerda es la de Joaquín y Josefa, un matrimonio de avanzada edad que había sido desahuciado de su vivienda en Sevilla. Agustín se implicó en su caso y terminó ofreciéndoles una solución habitacional en Cádiz. Después llegaron otros nombres, otras familias y otros problemas. José María, David, Regla y muchas personas más forman parte de ese recorrido que él cuenta sin demasiado orden, como quien recuerda una vida que ha ido sucediendo sin apuntarla en ninguna libreta.

Una nave llena de materiales y de años

Ahora la preocupación está precisamente en el lugar desde el que ha podido hacer todo eso. Agustín explica que durante años estuvo vinculado al antiguo Patronato de Casas Militares —fue sustituido por el Instituto de Vivienda, Infraestructura y Equipamiento de la Defensa (Invied)—. Recuerda especialmente al coronel Norberto Baturone, quien, según cuenta, le permitió quedarse en el local después de que él hubiera realizado durante años trabajos de mantenimiento relacionados con problemas de aguas fecales.

"Me dijo: quédate con él ahí. Cuida todo esto, yo no te voy a cobrar nada", recuerda. A partir de ahí continuó trabajando en aquel espacio durante décadas. El Patronato cambió después de estructura y pasó a otro organismo dependiente de Defensa, pero la nave siguió siendo su lugar de trabajo.

El local tiene más de 400 metros cuadrados y está lleno de materiales. Agustín enumera algunos: puntales, hormigoneras y herramientas. Todo aquello que una empresa de construcción necesita para seguir funcionando. Sacarlo de allí no es tan sencillo como cerrar una puerta y llevarse unas cajas. Hay décadas de actividad acumuladas entre esas paredes.

  • Agustín Rubiales, 40 años ayudando a personas deshauciadas.
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"Yo lo tengo atestadito de cosas", dice. Lo dice casi como si estuviera viendo la nave delante. Cada material tiene su lugar, aunque desde fuera pueda parecer simplemente un almacén abarrotado.

Esta vez, el problema está en su propia puerta

El conflicto llega después de muchos años sin que, según su relato, el local hubiera sido reclamado de esta manera. Agustín asegura que el organismo que gestiona ahora el inmueble quiere recuperarlo y que la intención sería habilitar allí trasteros para su posterior venta.

Él se encuentra ante una situación que no sabe cómo resolver. Tiene que seguir trabajando y necesita un espacio para hacerlo. Pero también tiene que pensar en las personas que dependen de esa actividad. "¿Por qué tengo que cerrar mi empresa? ¿Qué hago con mis hijos? ¿Qué hago con mi gente?", plantea.

Tiene tres hijos: Arturo, Agustín y Sonia. Los tres forman parte de su vida y también de su entorno profesional. A ellos se suman trabajadores que llevan años vinculados a la empresa. Agustín habla de ellos como padres de familia, personas que tienen sus propias casas y responsabilidades.

Por eso la posible pérdida de la nave no la entiende únicamente como un problema personal. Si él deja de trabajar, explica, hay más personas que pueden quedarse sin empleo. Y eso es lo que más le cuesta asumir cuando recuerda todos los años que ha dedicado a salir adelante.

De llevar materiales a casas que se quedaban vacías

Durante años, una parte de esos materiales también ha terminado en lugares distintos de las obras convencionales. Cuando conocía a una familia que no podía afrontar una situación habitacional, Agustín buscaba la manera de ayudar. En ocasiones eran viviendas que podía ofrecer; en otras, materiales o trabajos necesarios para acondicionarlas.

  • La nave donde están todos los materiales de Agustín Rubiales.
  • -

Cuenta que ha llegado a tener entre ocho y 12 viviendas vinculadas a esta forma de ayudar. Algunas familias entraban con sus propios muebles. Otras necesitaban prácticamente empezar de cero. "Yo voy con la furgoneta", explica. La frase resume bastante bien su manera de contar las cosas. Sin demasiadas explicaciones. Si alguien necesitaba algo, él cogía la furgoneta y acudía.

Durante años, esa forma de actuar hizo que muchas personas acudieran a él cuando no sabían a quién recurrir. No eran siempre historias iguales ni tenían el mismo desenlace. Algunas personas estuvieron en esas viviendas durante años. De otras, dice, hace tiempo que no sabe qué ha sido. Pero sí recuerda las casas, los muebles, haber entrado con su furgoneta y haber intentado solucionar aquello que estaba a su alcance.

"Siempre he dado mi vida por los demás"

Hay un momento de la conversación en el que Agustín deja de hablar de la nave y empieza a hablar de su vida, entre lágrimas que le obligan a pausar la conversación hasta que se recupera. Recuerda los lugares en los que ha trabajado: Ceuta, Melilla, Tenerife, Madrid y otros puntos. Habla de años de carretera, obras y trabajo.

También recuerda cuando todavía no tenía teléfono móvil. "Cuando llegaron, los móviles eran un zapato de 44", bromea. Es uno de esos pequeños recuerdos que aparecen en mitad de una conversación mucho más dura y que permiten entender que no está hablando de una etapa concreta de su vida. Está hablando prácticamente de toda ella.

Por eso le cuesta comprender cómo ha terminado ahora en esta situación. No reclama que le reconozcan lo que ha hecho ni enumera sus ayudas para presentarse como alguien diferente. Lo que intenta explicar es la contradicción: después de tantos años intentando ayudar a quienes no tenían una casa, es él quien siente que puede quedarse sin el lugar desde el que trabaja.

"Siempre doy mi vida por los demás. Y ahora me veo...", dice. La frase se queda a medias. Tiene cáncer, revela, y su visión está empeorando. Aun así, continúa trabajando. No habla como alguien que quiera jubilarse ni como alguien que haya decidido abandonar la construcción. Quiere seguir. El problema es dónde.

  • Agustín Rubiales y su grito de ayuda para no ser deshauciado de su nave.
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"¿Qué hago con mis hijos?"

Agustín pide ayuda. No sabe muy bien cómo formularla porque, según reconoce, nunca se había visto en esta posición: "¿Quién me ayuda a mí ahora que voy a ser desahuciado?". No pide que nadie le resuelva toda la vida. Pide una salida para poder continuar trabajando y mantener en marcha una empresa familiar.

Es ahí donde la historia deja de ser únicamente la de un constructor que pierde un local. También es la de un hombre que ha ligado durante décadas su trabajo a una manera concreta de entender la vida. Construir para vivir. Trabajar para salir adelante. Y, cuando alguien se quedaba sin casa, intentar que no se quedara también sin esperanza.

Después llega el silencio. Agustín reconoce que tiene ganas de llorar. Lleva toda una vida trabajando, recuerda sus viajes, sus obras, sus hijos, sus nueve nietos y aquella nave llena de materiales. "Yo estoy mal, pero sigo trabajando", dijo al principio.

Agustín no quiere que le recuerden únicamente por las casas que ayudó a levantar ni por las personas a las que echó una mano cuando estaban a punto de perder la suya. Lo que pide ahora es poder seguir haciendo aquello que lleva toda una vida haciendo, trabajar.

Agustín Rubiales Plaza lleva 40 años ligado a la misma nave y prácticamente una vida entera dedicada a la construcción. A sus 69 años, el lugar donde guarda los materiales de su empresa está a punto de dejar de ser suyo. Le han comunicado desde el Ministerio de Defensa, titular de la finca en la que lleva toda la vida, que tiene que abandonarla y ahora se enfrenta a un problema que nunca imaginó protagonizar: el constructor gaditano que durante décadas ayudó a familias que perdían su casa teme quedarse sin el espacio desde el que todavía trabaja.

Allí guarda los materiales de su empresa. Puntales, hormigoneras y todo aquello que necesita para seguir adelante con su oficio. Son más de 400 metros cuadrados llenos de cosas, pero para él son bastante más que un almacén. Desde ese espacio ha trabajado durante años, ha mantenido su actividad y también ha tenido a mano los medios con los que ha ayudado a personas que atravesaban situaciones límite.

  • Agustín Rubiales, el constructor solidario de Cádiz que pide ayuda para no ser deshauciado de su nave.
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Ahora le han comunicado que tiene que dejarlo. El propietario, el Estado, reclama el local y, según explica Agustín, el espacio podría convertirse en trasteros. Él intenta entender qué hacer con todo lo que tiene dentro, pero también qué hacer con una empresa en la que trabajan sus hijos y varios trabajadores. "¿Quién me ayuda a mí ahora que voy a ser desahuciado?", pregunta, entre lágrimas. La frase pesa especialmente viniendo de quien lleva tantos años intentando evitar que otros acabaran en esa situación.

El constructor que empezó trabajando desde abajo

Agustín nació en Cádiz y empezó a trabajar muy joven. Antes de dedicarse plenamente a la construcción, pasó por distintos oficios y conoció de cerca las dificultades de quien tiene que ganarse la vida desde abajo. Con el tiempo encontró en las obras su profesión y acabó levantando una empresa con la que ha trabajado durante décadas.

Su historia también tiene un capítulo personal relacionado con la vivienda. En su juventud fue expulsado de una pequeña vivienda en la Casa Lasquetty, cuando aquel espacio todavía estaba formado por infraviviendas. Quizá por eso, cuando años después comenzó a encontrarse con personas que estaban a punto de perder su casa, la reacción fue ayudar.

  • El hijo de Agustín Rubiales en la puerta de la nave.
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Una de las historias que más se recuerda es la de Joaquín y Josefa, un matrimonio de avanzada edad que había sido desahuciado de su vivienda en Sevilla. Agustín se implicó en su caso y terminó ofreciéndoles una solución habitacional en Cádiz. Después llegaron otros nombres, otras familias y otros problemas. José María, David, Regla y muchas personas más forman parte de ese recorrido que él cuenta sin demasiado orden, como quien recuerda una vida que ha ido sucediendo sin apuntarla en ninguna libreta.

Una nave llena de materiales y de años

Ahora la preocupación está precisamente en el lugar desde el que ha podido hacer todo eso. Agustín explica que durante años estuvo vinculado al antiguo Patronato de Casas Militares —fue sustituido por el Instituto de Vivienda, Infraestructura y Equipamiento de la Defensa (Invied)—. Recuerda especialmente al coronel Norberto Baturone, quien, según cuenta, le permitió quedarse en el local después de que él hubiera realizado durante años trabajos de mantenimiento relacionados con problemas de aguas fecales.

"Me dijo: quédate con él ahí. Cuida todo esto, yo no te voy a cobrar nada", recuerda. A partir de ahí continuó trabajando en aquel espacio durante décadas. El Patronato cambió después de estructura y pasó a otro organismo dependiente de Defensa, pero la nave siguió siendo su lugar de trabajo.

El local tiene más de 400 metros cuadrados y está lleno de materiales. Agustín enumera algunos: puntales, hormigoneras y herramientas. Todo aquello que una empresa de construcción necesita para seguir funcionando. Sacarlo de allí no es tan sencillo como cerrar una puerta y llevarse unas cajas. Hay décadas de actividad acumuladas entre esas paredes.

  • Agustín Rubiales, 40 años ayudando a personas deshauciadas.
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"Yo lo tengo atestadito de cosas", dice. Lo dice casi como si estuviera viendo la nave delante. Cada material tiene su lugar, aunque desde fuera pueda parecer simplemente un almacén abarrotado.

Esta vez, el problema está en su propia puerta

El conflicto llega después de muchos años sin que, según su relato, el local hubiera sido reclamado de esta manera. Agustín asegura que el organismo que gestiona ahora el inmueble quiere recuperarlo y que la intención sería habilitar allí trasteros para su posterior venta.

Él se encuentra ante una situación que no sabe cómo resolver. Tiene que seguir trabajando y necesita un espacio para hacerlo. Pero también tiene que pensar en las personas que dependen de esa actividad. "¿Por qué tengo que cerrar mi empresa? ¿Qué hago con mis hijos? ¿Qué hago con mi gente?", plantea.

Tiene tres hijos: Arturo, Agustín y Sonia. Los tres forman parte de su vida y también de su entorno profesional. A ellos se suman trabajadores que llevan años vinculados a la empresa. Agustín habla de ellos como padres de familia, personas que tienen sus propias casas y responsabilidades.

Por eso la posible pérdida de la nave no la entiende únicamente como un problema personal. Si él deja de trabajar, explica, hay más personas que pueden quedarse sin empleo. Y eso es lo que más le cuesta asumir cuando recuerda todos los años que ha dedicado a salir adelante.

De llevar materiales a casas que se quedaban vacías

Durante años, una parte de esos materiales también ha terminado en lugares distintos de las obras convencionales. Cuando conocía a una familia que no podía afrontar una situación habitacional, Agustín buscaba la manera de ayudar. En ocasiones eran viviendas que podía ofrecer; en otras, materiales o trabajos necesarios para acondicionarlas.

  • La nave donde están todos los materiales de Agustín Rubiales.
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Cuenta que ha llegado a tener entre ocho y 12 viviendas vinculadas a esta forma de ayudar. Algunas familias entraban con sus propios muebles. Otras necesitaban prácticamente empezar de cero. "Yo voy con la furgoneta", explica. La frase resume bastante bien su manera de contar las cosas. Sin demasiadas explicaciones. Si alguien necesitaba algo, él cogía la furgoneta y acudía.

Durante años, esa forma de actuar hizo que muchas personas acudieran a él cuando no sabían a quién recurrir. No eran siempre historias iguales ni tenían el mismo desenlace. Algunas personas estuvieron en esas viviendas durante años. De otras, dice, hace tiempo que no sabe qué ha sido. Pero sí recuerda las casas, los muebles, haber entrado con su furgoneta y haber intentado solucionar aquello que estaba a su alcance.

"Siempre he dado mi vida por los demás"

Hay un momento de la conversación en el que Agustín deja de hablar de la nave y empieza a hablar de su vida, entre lágrimas que le obligan a pausar la conversación hasta que se recupera. Recuerda los lugares en los que ha trabajado: Ceuta, Melilla, Tenerife, Madrid y otros puntos. Habla de años de carretera, obras y trabajo.

También recuerda cuando todavía no tenía teléfono móvil. "Cuando llegaron, los móviles eran un zapato de 44", bromea. Es uno de esos pequeños recuerdos que aparecen en mitad de una conversación mucho más dura y que permiten entender que no está hablando de una etapa concreta de su vida. Está hablando prácticamente de toda ella.

Por eso le cuesta comprender cómo ha terminado ahora en esta situación. No reclama que le reconozcan lo que ha hecho ni enumera sus ayudas para presentarse como alguien diferente. Lo que intenta explicar es la contradicción: después de tantos años intentando ayudar a quienes no tenían una casa, es él quien siente que puede quedarse sin el lugar desde el que trabaja.

"Siempre doy mi vida por los demás. Y ahora me veo...", dice. La frase se queda a medias. Tiene cáncer, revela, y su visión está empeorando. Aun así, continúa trabajando. No habla como alguien que quiera jubilarse ni como alguien que haya decidido abandonar la construcción. Quiere seguir. El problema es dónde.

  • Agustín Rubiales y su grito de ayuda para no ser deshauciado de su nave.
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"¿Qué hago con mis hijos?"

Agustín pide ayuda. No sabe muy bien cómo formularla porque, según reconoce, nunca se había visto en esta posición: "¿Quién me ayuda a mí ahora que voy a ser desahuciado?". No pide que nadie le resuelva toda la vida. Pide una salida para poder continuar trabajando y mantener en marcha una empresa familiar.

Es ahí donde la historia deja de ser únicamente la de un constructor que pierde un local. También es la de un hombre que ha ligado durante décadas su trabajo a una manera concreta de entender la vida. Construir para vivir. Trabajar para salir adelante. Y, cuando alguien se quedaba sin casa, intentar que no se quedara también sin esperanza.

Después llega el silencio. Agustín reconoce que tiene ganas de llorar. Lleva toda una vida trabajando, recuerda sus viajes, sus obras, sus hijos, sus nueve nietos y aquella nave llena de materiales. "Yo estoy mal, pero sigo trabajando", dijo al principio.

Agustín no quiere que le recuerden únicamente por las casas que ayudó a levantar ni por las personas a las que echó una mano cuando estaban a punto de perder la suya. Lo que pide ahora es poder seguir haciendo aquello que lleva toda una vida haciendo, trabajar.

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