Antonio Porchia.
Antonio Porchia.

Las calles en las tardes de invierno le devuelven a su infancia, la tibieza del sol y las sombras de las ramas peladas por paredes y adoquines. El anciano pasea con la atención de quien no va a ninguna parte. Anda como siempre escuchando sus adentros. De repente se para en una esquina, como si esperara a alguien, sólo los recuerdos le siguen.

Quien no llena su mundo de fantasmas, se queda solo.

Se ve cerrando el candado de su casa, la puerta de dos hojas repintadas de marrón, el rincón donde crecían las aspidistras, su madre enlutada de pies a cabeza cargaba el retrato sepia de su padre.  Hijo de Francisco y Rosa, el mayor de siete hermanos. Huérfano a los 15 años se hace cargo de la familia. Huyendo de la miseria, con lo que pudo reunir compró los pasajes para el vapor alemán “Bulgaria”, zarpando de Génova y llegando a Buenos Aires el 30 de octubre de 1916.

El dolor no nos sigue: camina delante.

Cruzó todo un mundo, las sierras calabresas, las aristocráticas calles de Génova, un horizonte marino que no le cabía en la mirada, hasta llegar al porteño barrio de Barracas, donde al fin pudo colgar en la pared el retrato de su padre.  El joven emigrante comenzó trabajando entre virutas, quizás fue en la travesía, quizás mientras cepillaba las vetas de la  madera, cuando fue encontrándose con su pensamiento.

El recuerdo es un poco de eternidad.

Tras ejercer varios oficios decidió comprar con su hermano una imprenta, de sus trabajos con la tinta vino la relación con algunos escritores y pintores anarquistas que le animaron a editar su primer libro. Esos pensamientos breves y traslúcidos, precisos y preciosos, se estamparon sobre el papel, casi ruborizados de dejar su huella más allá del silencio. Les dio el nombre de Voces. Porchia pasaba ya los cincuenta años. Sin saber qué hacer con aquellas cajas de su obra impresa, sin que las librerías tuvieran el menor interés en ella, las regaló a la Sociedad de Bibliotecas Populares.

Se vive con la esperanza de ser un recuerdo.

Durante la II Gran Guerra recaló en la capital Argentina el crítico Roger Caillois, no sabemos por qué azar llegó el libro a sus manos, entusiasmado exclama “por esas líneas yo cambiaría todo lo que he escrito”, emprende su traducción, con lo que 'Voix', su título en francés, puede verse en los escaparates de la Calle Corrientes. Con elogios de celebridades como Breton o Henry Miller… prologado por Borges, en una nueva edición incorporó nuevas voces y desechó otras. Llegaron  entonces los rastreadores de influencias, el Haiku, Blake, Kafka… nadie reparó en que las flores de su casa de San Isidro inspiraban más esos pensamientos que la historia de la literatura.

Hallé lo más bello de las flores, en las flores caídas.

Tan lejos de la erudición como parco en datos biográficos, sobre su inmensa y humilde persona, su amigo, el poeta Roberto Juarroz dejó leves detalles: una pasión con una mujer de vida turbia, que amenazada por su chulo tuvo que abandonarle o las invitaciones que rechazó para dar conferencias en Europa. Alejandra Pizarnik le escribió, “su libro es el más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo y no obstante, releyéndolo a medianoche, me sentí acompañada o mejor dicho amparada.”

Cuando yo muera, no me veré morir, por primera vez.

Sus pensamientos contradictorios como todo lo vivo, nos los encontramos como esos pétalos olvidados entre las páginas de un libro, sus palabras sencillas, oreadas de toda retórica, sosegadamente cruzan a nuestra memoria. Podando un árbol sufrió una caída de cuyas consecuencias moriría el 9 de noviembre de 1968, cuatro días antes de cumplir los ochenta y tres años. Siempre se despedía con esta frase: “traten de estar bien”.

Sobre el autor:

Eusebio Calonge

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