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Las emociones, como los sabores, nos erizan la piel. En ellas, pocas veces existe el término medio.

Hace tres abriles una amiga me soltó: "Dani, el mundo sufre por falta de belleza". Obviamente esa frase me cambió la vida. O, si lo prefieren, la muerte. Sonia, mi amiga, venía a decir que en la aparente simpleza de lo cotidiano residen los mayores dones del mundo. O, acaso, ¿hay algo mejor que el aceite de oliva sobre una buena hogaza de pan campero?

Las emociones, como los sabores, nos erizan la piel. En ellas, pocas veces existe el término medio. Un ejemplo: uno sale de ver Birdman con ganas de comerse el mundo o tirarse por la ventana.

Empero, compañero, uno no debe dejarse llevar por la tragicomedia. Cuando pierdo la fe en el género femenino patrio pienso en Najwa Nimri o Leonor Watling y se me pasa. El otro día vi una peli de otra de esas venus, Elena Anaya. El título: Pensé que iba haber fiesta. Esta delicada pieza melodramática dirigida por la argentina Victoria Galardi investiga en las fosas abisales de la incomunicación que tanto pudren nuestra vida social. Porque, mis queridos amigos, la alegría no es sólo brasileira.

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