No sé si es de terror, de suspense o de aventuras, pero somos parte de una maquiavélica novela.

El pasado sábado los mayores volvieron a dar ejemplo tomando las calles en nombre de todas las generaciones. La marea de pensionistas que se extiende por todo el Estado español es un símbolo de la indignación de una clase trabajadora que, con el pretexto de la crisis económica de hace una década, vio esquilmados unos derechos que parece que no volverán jamás. La crisis económica no hizo más que reafirmar el orden económico neoliberal impuesto a escala internacional desde finales del siglo pasado, un orden mundial en el que las conquistas sociales del pueblo llano son vistas como privilegios a los que nuestra clase debe renunciar en pos de un falso economicismo que lo ahoga todo. La balsa, como no podía ser de otra forma, viene por lo privado y el relato está muy bien construido.

No sé si es de terror, de suspense o de aventuras, pero somos parte de una maquiavélica novela, con intención de ser libro de historia, de la que algunos nos resistimos a ser parte. La lucha de los jubilados por una pensión justa y en contra de la broma de mal gusto que supone la subida del 0,25% de sus pensiones es también la lucha de los adultos que hoy cotizan una mierda, pero también de los que no lo hacen porque no arriman ni un duro a sus casas. También es la de los jóvenes, que ven cómo incorporarse al mercado laboral es casi una quimera, mientras se endeudan para poder seguir estudiando con la titulitis como enfermedad contagiosa. Es la lucha por un trabajo digno en contraposición al trabajo mendigado y, cómo no, por la de un trabajo que te proporcione un seguro social ajustado a la realidad, por esa parte que te toca a ti poner y que tu empleador dice que te la guises y te la comas con papas.

La lucha, también, por el trabajo por cuenta ajena y por el trabajo estable tanto en el sector privado como en el sector público, en contra de la alta proliferación de falsos autónomos y pseudo-emprendedores que vomitan verborrea en telediarios y magazines que parecen haber sido sacados de la teletienda. La lucha, en definitiva, por un hueco en una realidad que nos asfixia poco a poco y por la que tarde o temprano tendremos que pedir ayuda, seguramente bajo el amparo de alguno de sus seguros privados. No hay dinero para repartir, pero sí lo hay para hacer negocio con el botín de todos. El chiringuito de unos pocos con el mercadeo de otros muchos. Siempre nos quedará la calle, aunque tengamos que combatir contra viento y marea, nunca mejor dicho, y con los peligrosos tentáculos de un topo llamado neoliberalismo.

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