Una zambomba jerezana en una imagen reciente.
Una zambomba jerezana en una imagen reciente. MANU GARCÍA

En 2017 y 2018, dentro del ciclo de conferencias Navidad, dulce Navidad, organizado por los Amigos del Archivo de Jerez, dos jóvenes investigadores, Miriam Orozco y Pablo Collado, de la UCA y la UPO, respectivamente, disertaron sobre el origen profano y muy antiguo de muchos de los villancicos tradicionales que se cantan aquí en estas fechas. Algunas de sus propuestas resultaron muy sugerentes.

Entre ellas, la relacionada con el villancico que empieza "Ya se van los quintos, mare”, una importante fuente de información sobre la historia y los comportamientos sociales en nuestra ciudad en épocas pasadas:

Ya se van los quintos, mare,

ya se llevan a mi Pepe,

ya no tengo quien me traiga

horquilla pa mi roete…

Que a los sordaíto

se lo llevan ya,

al campo del moro

para peleá.

La palabra “quintos”, que se ha seguido usando mientras el servicio militar fue obligatorio, se refiere a que un quinto de los jóvenes, al cumplir la mayoría de edad -20, 19 o 18 años, según las épocas-, era llamado a filas.  Aunque las “quintas” se habían regulado ya en el siglo XVIII, se generalizaron a partir de 1837 y fueron denominadas por el general Prim en 1867 como “contribución de sangre”.

La “contribución de sangre” podía sustituirse por una “redención a metálico”, -que a finales del XIX estaba entre 1500 o 2000 pesetas, cantidad bastante elevada para la época-, o bien enviando a otra persona, por lo que los jóvenes de la clase alta podían evitar ir a filas, pero no así los de las familias más humildes. De ahí que la abolición de las quintas fuese una reivindicación tradicional de la clase trabajadora, demandada sobre todo por los republicanos: “¡Abajo las quintas!” fue uno de los gritos más repetidos, sobre todo por las mujeres, en la España del siglo XIX.

El estribillo:

Ya se van los quintos, mare,

Ya se van lo de Jeré

Se llevan lo bueno mozo

Del barrio de San Migué…

alude a este reclutamiento forzoso sobre todo en los barrios más populares de nuestra ciudad.

El sistema nutrió de carne de cañón las guerras de Marruecos, -a esto se refiere lo del “campo del moro”-, que tuvieron lugar entre mediados del XIX hasta 1927.  Del desastre de Annual (1921), en el que murieron entre 8.000 y 13.000 militares, se ha cumplido este año un siglo.

Tan hartos estaban los jóvenes jerezanos  de esta injusticia, sobre todo los que vivían en barrios como San Miguel o Santiago, que en 1869 (17 y 18 de marzo) tuvo lugar en la ciudad un motín contra las quintas, estudiado por Diego Caro Cancela, con combates callejeros entre vecinos y militares que provocaron 59 muertos, un centenar de heridos y más de 600 detenidos, una parte de los cuales fueron deportados a los penales de Ceuta.

Es curioso que la cota más baja de la zona de la Ronda Muleros, ya casi llegando a la cuesta de la Alcubilla, ocupa parte de una antigua finca denominada Reventón de Quintos, cuyo nombre aún conserva, e incluso una calle que sube hasta la plaza de los Silos se denomina Quintos.

Podría pensarse que ello se debe a que unos soldados o "quintos" reventaron de tanto correr por aquellos pagos. Pero, según el historiador Agustín Muñoz Gómez (“Noticia histórica de las plazas y calles de Jerez”, 1903), el nombre se debe al de un alfarero que tenía allí una fábrica de cántaros y botijos y que se llamaba Bartolomé López de Quintos. Por otro lado, las cuestas muy pronunciadas recibían el nombre de “reventón”.

En 1873 la primera República seguía teniendo tres frentes abiertos: las guerras carlistas, Cuba y las insurrecciones cantonales, por lo que fue imposible suprimir las quintas, que se prolongaron hasta 1912, cuando Agustín de Luque, ministro de guerra bajo el gobierno Canalejas,  convirtió el servicio militar en obligatorio para todos los hombres jóvenes, aunque todavía quedaron privilegios, porque abonando una cuota se podía reducir el número de meses en el cuartel.

El proceso se iniciaba con la formación de la “quinta” -de ahí viene la expresión de “ser de la misma quinta”-, en los meses cercanos (previos o posteriores) al mes de enero, que era cuando tenía lugar el alistamiento. Lo usual era que los jóvenes elegidos por sorteo tuvieran que ir al Ayuntamiento para ser medidos y pesados (“tallados”), y algunos quedaban exentos del servicio por su baja estatura, poco peso u otros defectos físicos.

Cuando se tallaban los quintos para despedirlos se hacían fiestas, -una fecha muy frecuente era el 28 de diciembre, día de los Inocentes-. Tenían un carácter satírico a la vez que de aceptación y se daban sobre todo en el ámbito rural, en ocasiones durante varios días.

Las celebraciones -en el villancico jerezano se alude a adornar las calles con cinta de seda y tira bordá- podían incluir un simple pasacalles, pero también misas y procesiones, toros por las calles, hogueras en la plaza del pueblo, comidas, recogida de dinero, preparación de dulces especiales, verbenas, rondas, cohetes, romerías, juegos, y a veces diversiones tan brutales como tirar una cabra de un campanario. En Hinojos (Huelva), se conserva todavía la misma canción jerezana “Ya se van los quintos mare, ya se llevan a mi Pepe…”. En Lora de Estepa (Sevilla), hasta mediados del siglo XX se cantaba:

Ya se van los quintos, mare,

se llevan a mi Molleja,

ya no tengo quien me traiga

ni espinacas ni collejas (un tipo de verdura).

Era frecuente aludir a la tristeza de las madres y de forma humorística a las muchachas que se quedaban sin el novio; por ejemplo, en el villancico jerezano:

La mare son las que lloran

y las novias no lo sienten,

se van con cuatro zagales

y con ellos se divierten

Ya se van los quintos, mare,

ya se van los buenos mozos

y se quean la mocita

con lo viejo má gracioso…

Había variantes de estas estrofas en otros lugares, por ejemplo:

ya se van los quintos, madre,

ya se van los buenos mozos,

y queda la plaza llena

de tuertos y legañosos…

A partir de los años 60 y 70 del pasado siglo las fiestas, aunque sigan celebrándose en algunos lugares como en Abrucena (Almería), adquieren un carácter más lúdico y menos militar, se incorporan a ellas también las mujeres o directamente se pierden. La emigración pudo influir: todos los jóvenes estaban fuera. Pero el villancico jerezano, incorporado al ciclo festivo de la Navidad, sigue siendo un precioso testimonio vivo de un pasado por fortuna ya desaparecido.

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