Manos moradas del movimiento feminista, en una concentración contra los asesinatos machistas.
Manos moradas del movimiento feminista, en una concentración contra los asesinatos machistas. JUAN MARÍA AYALA

Para acallar las soflamas de los que niegan la desigualdad entre mujeres y hombres, no hay mejor argumento y remedio que los datos. Vamos a ello.

En muchos países del mundo aún hay leyes que prohíben a las mujeres acceder a determinados puestos de trabajo, abrir una cuenta bancaria, disponer de dinero, o tomar decisiones importantes que afectan a sus vida.

En Oriente Próximo y el norte de África la mujer sigue siendo marginada de forma flagrante, sin poder participar en la vida política y económica, y en casi una treintena de países de todo el mundo existen distinciones legales entre los derechos de los hombres y los de las mujeres.

Como ejemplo, señalar que Yemen y Egipto han eliminado de sus constituciones la prohibición de discriminar por razón de sexo. En Irán la ley permite a los maridos impedir a sus parejas trabajar, y en muchos países no hay leyes contra la violencia de género.

Los países de Europa oriental y Asia central son los que tienen las listas más amplias de trabajos que las mujeres no pueden realizar. En Rusia se prohíbe a la mujer conducir camiones para el sector agrícola, y en Bielorrusa no se les permite trabajar como carpinteras.

Las leyes discriminatorias contra las mujeres se mantienen en todo el mundo y hay países que se siguen aprobando nuevas leyes de esta naturaleza. Existen muchas normas que perpetúan la condición de segunda de las mujeres y las niñas. El lenguaje legal, jurídico, y administrativo sigue siendo masculino y no inclusivo.

Las mujeres siguen constituyendo la población más pobre del mundo. Ellas realizan dos tercios de las horas laborales de todo el mundo y producen la mitad de los alimentos, y sin embargo, perciben únicamente un pequeño porcentaje de los ingresos mundiales, y poseen menos del uno por ciento de la propiedad mundial.

La violencia contra las mujeres se mantiene a una escala inaceptable en todo el mundo y en todas las culturas, y el acceso de las mujeres a los puestos de responsabilidad en la empresa y la administración está caracterizado por obstáculos discriminatorios, tanto en las leyes como en la práctica.

En muchos países las mujeres, no pueden vestirse a su gusto, ni conducir un vehículo, trabajar de noche, heredar bienes, o actuar como testigos en los tribunales. En otros no se les reconoce el derecho al divorcio.

Unos 15 millones de niñas nunca aprenderán a leer y a escribir, y 300.000 mujeres mueren anualmente por causas relacionadas con el embarazo. En América latina un porcentaje importante de mujeres en relación con los hombres, viven en extrema pobreza, y en algunos países casi la mitad de las mujeres de las zonas rurales no tienen cobertura médica.

Gran parte de esta desigualdad se explica debido a la carga desproporcionada del trabajo doméstico no remunerado que recae sobre las mujeres.

Estas desigualdades que tienen su origen en el género existen en todos los países, y en todos los grupos sociales con independencia de su mayor o menor intensidad. La socialización de los roles femenino y masculino es el proceso a través del cual se instrumentan estas desigualdades.

Esta socialización que es distinta en la mujer y en el hombre, asigna papeles diferentes en función de lo tradicionalmente se ha determinado que corresponde a uno y a otra. Desde el nacimiento, la sociedad, los medios de comunicación, la publicidad, la familia, se encargan de potenciar unas capacidades y habilidades sobre otras dependiendo de cual sea el sexo al nacer.

La discriminación hacia las mujeres es universal e intemporal. En todas las culturas las mujeres sufren discriminaciones en mayor o menor grado, y en todas se le otorga un mayor valor al rol masculino.

En las sociedades occidentales y a pesar de la importante evolución en la consecución de la igualdad, las desigualdades estructurales siguen existiendo, y en los papeles que desempeñan hombres y mujeres, aún existen comportamientos, roles, y estereotipos discriminatorios. La socialización reproduce normas implícitas, valores, creencias, costumbres, que definen las formas de discriminación como "naturales".

A las mujeres se les atribuyen las funciones de atención de la familia, de los afectos y los cuidados a las personas dependientes, tareas que se realizan en el espacio privado. Este trabajo que constituye la base del bienestar de las sociedades, sin embargo no es retribuido económicamente, ni reconocido como activo económico de un país. Cuando una persona trabaja dentro en el entorno familiar se denomina como "inactiva" en las estadísticas oficiales de los sistemas públicos de Empleo.

Ante estas evidencias, seguir defendiendo la inexistencia de desigualdades, bajo el argumento de que estas son solo una consecuencia del nivel de desarrollo político y económico de un país, es continuar mintiendo y falseando la realidad, obviando que la raíz de la desigualdad, se encuentra en un modelo de sociedad masculino, organizado y pensado por, y para el hombre, sobre la idea de su supremacía, y de la discriminación y explotación de la mujer. Sistema, que con mayor o menor intensidad, sigue existiendo en todas las partes del mundo.

Lo argumentado no es un invento de la ideología del género, ni de los movimientos feministas, son datos extraídos de informes de organismos internacionales, como la ONU, y el Banco Mundial. Pero siempre habrá incrédulos. Qué le vamos a hacer, solo nos queda seguir, pensar y decir, Señor perdónalos porque no saben lo que hacen.

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