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Yo nací gitano. Mi familia lo era. Mi barrio lo era. Mi ciudad también, aunque no solo. Y crecí viviendo como lo hacían los gitanos de mi barrio. Y algunos payos también. Allí, la armonía presidía la convivencia. Y los problemas los padecíamos por pobres, no por ser payos o gitanos. La mía fue una infancia feliz, y también gitana.

El pueblo gitano es muy antiguo. Y su éxodo de la India parece confirmado. El abandono de las tierras de origen provocó una dispersión de tal calibre que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que hay gitanos en todos los rincones del mundo. Y, sorprendentemente, en un pueblo de tradición oral, sin textos escritos que fijasen ni su historia ni sus genuinos modos de vida, seguimos reconociéndonos como lo que somos: gitanos. No obstante, conviene recordar, eso sí, que la mayoría de las más antiguas de sus costumbres son propias de los antiguos pueblos nómadas, y no exclusivamente gitanas.

Sorprende, pensaba, porque, siendo tan antiguo, más de mil años de luces y de sombras nos contemplan, habiendo sufrido una dispersión tan notable, y sin una tradición escrita que fijase usos y costumbres, la identidad del pueblo gitano se conserva viva, se mantiene intacta. También, parece confirmada la gran capacidad de adaptación de la comunidad gitana, a los tiempos y a los territorios.

Resulta evidente que estos procesos de adaptación, tras aquel antiguo éxodo, han provocado cambios, no homogéneos, en los modos de vida de las distintas comunidades. Y ayuda a explicar las diferencias entre, por ejemplo, gitanos españoles, rumanos o finlandeses. Pero encontramos, igualmente, diferencias entre comunidades gitanas asentadas en un mismo país. O, al menos, en el nuestro se dan. Conceptos como nomadismo, asentamientos estables, antigüedad de los mismos, territorios en los que se producen, medios de supervivencia disponibles, etc., podrían ayudarnos a entender estas diferencias.

En este sentido, Jerez resulta paradigmática. Considerada el máximo exponente de integración de una comunidad gitana en un territorio, supera con creces este hecho al incorporar “lo flamenco” a sus señas de identidad. En cierto sentido, Jerez se ha “agitanado”. Y de ello nos sentimos orgullosos y agradecidos.

Pero vayamos por partes. Flamenco no solo se refiere a la expresión musical por la que tan conocida es nuestra ciudad. Como señaló el viajero romántico británico, Georges Borrow, en su obra Los Zincalí. Los gitanos de España (obra traducida, por cierto, por D. Manuel Azaña), flamenco era una de las denominaciones usadas para referirse al pueblo gitano en la España del siglo XIX. Y, curiosamente, en nuestra ciudad, desde siempre, los gitanos nos hemos denominado flamencos. Y así se ha referido la ciudad, también, a nosotros.

Por otra parte, se ha de considerar también, como factor explicativo del proceso de integración, la antigüedad de los asentamientos gitanos en Jerez. Santiago, San Miguel, y, parece que también, La Albarizuela, fueron los lugares elegidos. Barrios conocidos por la importante comunidad gitana en ellos establecida, y donde, desde el principio, y hasta donde mis noticias alcanzan, la convivencia había sido pacífica y agradable. Convendría, no obstante, profundizar en el conocimiento de esta historia. Otras ciudades cercanas son también ejemplos de integración. Cádiz, Utrera o Lebrija serían buenos ejemplos.

Pero, quizás, el éxito del flamenco, en cuanto expresión musical, haya eclipsado el resto de las aportaciones que la comunidad gitana hubiese incorporado a la ciudad. Jerez es conocida, también, gracias al flamenco. Y ocupa un puesto de privilegio en la historia flamenca. Y, evidentemente, el papel de los gitanos en este proceso ha sido estelar. No han sido los únicos, pero si protagonistas principales. Sin duda.

Aunque parezca que, y como se suele decir coloquialmente, en Jerez damos una palmada y salen cien artistas, conviene considerar algunas circunstancias. El desarrollo económico, como no podía ser de otra forma, ha llegado también al flamenco. Y podemos hablar de la “industria del flamenco”. Discográficas, recitales, circuitos, peñas, administraciones públicas, etc., son algunos de los elementos que conforman este negocio.

Y en la industria cabe todo. Y el dinero es su patria. Es lícito, es legítimo y, probablemente, positivo. Sin embargo, sería conveniente impulsar acciones que ayudaran a preservar el flamenco, en su vertiente sociocultural vinculada al territorio. Esos cantes que surgieron al abrigo de las labores del campo, de los barrios flamencos, de los cuartos de los cabales. Esos que se están perdiendo. Y en los que Jerez tanto aportó. Hay un trabajo en esa dirección, preservando, también, los estilos de creadores flamencos jerezanos.

Pero como ya he señalado, la música haya, probablemente, ensombrecido el resto de las aportaciones gitanas a nuestra ciudad. Y sería deseable impulsar acciones destinadas a recuperar, en lo posible, la historia de los gitanos de Jerez. De su llegada, de su proceso de integración, de su sentido de la convivencia, de su modo de supervivencia, de su estilo de vida, de sus costumbres. Y con ello enriqueceríamos, también, la historia de nuestra ciudad.

Creo, honestamente, que la ciudad debería promover, y con ello me refiero a las administraciones públicas, un programa para profundizar en el conocimiento de los gitanos de nuestra ciudad. Un programa que permitiera recuperar la historia, el proceso de integración, las costumbres.

Dicho proyecto debería contemplar acciones, al menos, en una triple dirección: la realización de un estudio sobre los asentamientos de la comunidad gitana en la ciudad, la realización de una investigación sobre los modos de vida, a través de encuestas, adecuadamente confeccionadas, realizadas con la población anciana, y finalmente, un programa para la defensa del flamenco local.

Sobre el estudio de los asentamientos y del programa para la defensa del flamenco, ya he dejado alguna pincelada, sobre el sentido de los mismos, en párrafos precedentes. Me queda, por tanto, alguna aclaración sobre la investigación de los modos de vida. Esta idea la impulsé ya cuando, hace algunos años, ejercía de Secretario de la Junta Directiva de la Asociación Cultural Los Juncales. Desgraciadamente, diversas circunstancias, y el escaso apoyo que recibió la asociación, nos obligaron a postergar nuestro empeño.

Dicha investigación consistiría en una encuesta, realizada por un antropólogo, sobre los diversos aspectos de la vida de la comunidad gitana en sus barrios. La respuesta a dichas encuestas vendría de la población gitana más anciana (unas cien personas, salvo mejor criterio). La realización de las entrevistas podrían ser grabadas, lo que permitiría, también, dejar constancia audiovisual. Los resultados de las encuestas deberían ser analizadas por un equipo multidisciplinar que elevase las conclusiones mediante un publicación escrita, resaltando, sobre todo, las respuestas coincidentes.

Esta es mi propuesta. Y esta mi intuición: las minorías se aferran a sus tradiciones con mayor fuerza cuantas mayores son las agresiones que reciben de la mayoría; en Jerez, los gitanos recibieron una acogida tal, que pudieron evolucionar en sus costumbres de modo natural, sin la presión de una agresiva mayoría. Igual estoy equivocado, pero es hermoso pensarlo.

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