Votación en Guinardó, Barcelona, en el referéndum del 1 de octubre de 2017. FOTO: TERESA GRAU ROS.
Votación en Guinardó, Barcelona, en el referéndum del 1 de octubre de 2017. FOTO: TERESA GRAU ROS.

El mito. Hola. Pues aquí, en el Parlament. Sinopsis: hoy votan acatar lo de Llarena y suspender al pack de diputados presos y exiliados. Quiniela: votarán desobediencia, según los medios procesistas. Pero, básicamente, obedecerán. JxC, C's y PP, por motivos distantes, y distintos dirán que esto es desobediencia por un tubo. Pero el resto y los hechos, que no. Dipus fuera, zas. Esto, en fin, a pesar del griterío, se ha acabado. Habrá algún estertor. Igual es hoy. Ni idea. Pero pinta que no. Llega un momento en el que, o tiras la bomba atómica, o pierdes la guerra. En su día –octubre de 2017– no se tiró la bomba atómica. Por varias razones. La más divertida: no había bomba atómica. Bueno, en otro momento les explico todo eso. Las líneas de hoy, escritas en un Parlament paralizado desde hace meses, pues no se ponen de acuerdo en escenificar el raje, son para hablar del primer aniversario del 1-O. Sin duda, un mito. Los mitos son tan sobrecogedores porque están repletos de hechos reales. Zeus, en fin, era el dios de los hombres y del rayo tal vez porque los hombres, en ocasiones, huelen a rayos.

1-O, the movie. Los días 6 y 7 de septiembre de 2017 se produjo un acto de desobediencia en el Parlament. Por primera vez y con todas las letras. Curiosamente –esto es procesismo, no independentismo–, no con todas las letras pequeñas. Lo que aleja la Cosa del campo semántico rebelión. Es decir, se votaron dos leyes de ruptura, sí. Pero no se cumplieron. Ni un solo instante. Desde el 6-S al 1-O quien quiso pudo observar que lo que iba a celebrarse carecía de la posibilidad de ser un referéndum. Pese a ello, el Gobierno se comportó como si lo fuera. Es decir, le dio la entidad de referéndum e, incluso, su legitimización. El mismo 1-O le dio más. Todo. Un Gobierno y un Estado que no había tenido que emplearse a fondo para que el referéndum dejara de serlo –exempla: bastó una multa para que desapareciera, como un ninja, la Junta Electoral, la viga maestra de un referéndum– empleó una violencia descomunal y fuera de lugar para evitar algo ya inevitable: una protesta mutitudinaria y grandiosa.

Un Gobierno y un Estado humillado, porque no había encontrado las urnas y las papeletas, actuó como un mono con una pistola. Literalmente. Incumplió, además, la ley: a) hay más de 20 piolines identificados y encausados por uso de violencia desproporcionada, y b) a pesar de tener en Cat la VI Flota, no pudo cumplir el mandato judicial de hacerse con las urnas y retirarlas ese mismo día. Provocó, con todo ello, la indignación en los medios internacionales, si bien no en la Comisión Europea –¿ese era el objetivo de aquella maniobra absurda? ¿Ver hasta dónde se podía llegar internacionalmente? ¿El discurso del rey del 3-O era para explicar que, en efecto, se podía llegar, tranquilamente, a la represión física para solucionar un problema político?–. Un año después de esa fecha, el Gobierno y el Estado siguen en zona de confort. Pero la erosión del momento –que puede aumentar con otra brutalidad futura– sigue haciendo su labor. De la actuación gubernamental de aquel día, intolerable, nace el mito procesista del 1-O. Mito, sinopsis: fue un referéndum, salvo en los tramos que elidió el Gobierno con su represión. En tanto que referéndum ganado, supone un mandato. Se debe asumir. Ese mandato. Es democrático. No hacerlo es antidemocrático.

La violencia. Hay muchos tipos de violencia, no sólo las que señalan los gobiernos. Existe, por ejemplo, la violencia económica, de la que nadie habla. Duele. Es cotidiana. No existe, no se verbaliza. Existe la violencia de Estado, de la que sin duda el 1-O fue una muestra. Y existe otra violencia que es la mentira de Estado. La practicó el Gobierno al desmentir y reducir sus actos el 1-O. Y la hizo la Gene, al mentir sobre el referéndum. Al mentir, incluso hoy, diciendo que se produjo.

El referéndum, ese género. Un referéndum es una disciplina internacional y tabulada. Eso es así para que Idi Amin no haga lo que quiera y luego lo llame referéndum. Las diferencias de lo celebrado el 1-O con un referéndum son categóricas o de matices. Les paso las más llamativas.

– Un referéndum se hace para solucionar un marrón, no para aumentarlo. Con esto no estoy diciendo que sea contraproducente para la sociedad un referéndum Cat de autodeterminación. No creo que lo sea. Y, si lo es, la vida es así. Pero lo que es problemático es convocar un referéndum que no se hará y, además, para no hacerlo. La intención del Govern, en todo caso, no era hacer un referéndum. Sabían, por ejemplo, que la convocatoria sólo interpelaría a una parte y que en ningún momento se alcanzaría un estándar internacional. La cosa iba, como siempre, de construir un objeto con el que negociar, no necesariamente sobre el tema, con el Estado. Se puede y se debe valorar el carácter ético de esa decisión, que expone a su sociedad a la violencia y a la propaganda. Y a la reducción del concepto democracia. No creo que se haya hecho.

– Debe haber una junta electoral plural y no de una parte. No la hubo. Supongo que, en un caso aparentemente extremo como el cat, podría haber dado el pego una junta electoral parcial, pero formada por personas reconocidas. No fue así. La junta electoral fue lo primero que desapareció del compendio. Lo dicho, con una multa. Lo que dibuja la participación del Govern en todo esto. Poca. De hecho, por lo que se sabe, salvo en lo del censo, todos los tramos en los que un Govern se exponía a cárcel –adquisición de materiales, por ejemplo–, fueron realizados por particulares. Las personas que se dejaron partir la cara en los colegios electorales, así, hicieron lo contrario que su Govern.

– Debe haber un censo. Lo hubo. Pero se desconoce su origen y elaboración, y quién quedaba excluido de él. En general, el Estado –la Gene no es una ONG– no puede hacer listados de ciudadanos, salvo en las instituciones a las que se señala que así se haga para un fin. Por ejemplo, un censo. En el resto, debe imperar la protección de datos, o cágate-lorito. La existencia de un censo irregular y no verificable fue todo un éxito del 1-O. Esto es, en una protesta ciudadana. Pero un fracaso en un referéndum.

– No debe haber un listado de DNIs de personas que votan. Eso, por cierto, se realiza usualmente en todo el Estado en cualquier elección, para escándalo de los observadores.

– Debe garantizarse el secreto del voto. Para ello, debe haber un protocolo en el colegio que evite las aglomeraciones, y se debe proveer a cada colegio de un número de cabinas individuales de voto. Estos dos hechos, por cierto, son usuales en todo el Estado para cualquier votación, para escándalo de etc.

– No puede haber policía en el colegio, frente a él y en sus cercanías. Eso no lo respetó, claro, Piolín. Pero tampoco los Mossos. La presencia de policía en los colegios es algo común en las elecciones de todo el Estado, para escándalo de etc.

– No puede haber símbolos políticos en un colegio, en su fachada o en sus inmediaciones. Algo, por otra parte, común en las elecciones en todo el Estado, para escándalo de etc.

– Y, ya que hablamos de observadores, es preciso señalar que lo de los observadores internacionales causó escándalo entre los observadores internacionales. Debe haber observadores imparciales y no remunerados por una parte. Usualmente, en estos casos, el grueso viene de la OSCE. Los observadores del 1-O venían de una fundación de La Haya, a la que se le pagó un monto. No hay, me dicen, precedentes de eso. Es decir, el Govern sabía que no era un referéndum al contratar observadores. Curiosidad: los observadores pagados por la Gene, en su informe, poco publicitado, reconocían que el 1-O, como referéndum, no cumplía condiciones mínimas.

– Los miembros de una parte o de un partido no pueden presidir o ser cargo en una mesa electoral.

– Debe haber un recuento fiable. Es decir, la parte no puede contar. Me dicen en Xnet que el recuento fue fiable. Y lo que ellos me dicen, para mí va a misa. Pero no es verificable que lo sea –recuenta una parte–. La verificación de papeletas electorales en todo el Estado, por cierto, y en lo que causa estupor en los observadores, no es una posibilidad en el Estado en el que las papeletas son incineradas más rápidamente de la zona euro.

– Las sedes electorales no pueden ser ocupadas por una parte. Las ocupaciones fueron determinantes, por otra parte, en la protesta del 1-O. Sin ellas, no se hubiera producido la votación y la protesta. Algo que el Gobierno no quería pero que, por lo que se va intuyendo, tampoco un Govern, que se contentaba con la foto de los colegios cerrados. Si hubo desobediencia ese día, una voluntad contrastada de ruptura, fue en la sociedad. Ignoro –dato importante– si la sociedad desobedeció creyendo que detrás tenía un (proto)Estado, o no. Es decir, ignoro hasta qué punto su desobediencia fue obediencia a un gobierno.

La importancia de un referéndum. Es importante que haya un referéndum sobre autodeterminación. Por lo mismo, es importante que no se llame referéndum a lo que no lo es. Y es importante que la sociedad se escandalice ante la mentira y el engaño. Es importante que la sociedad gane cuotas de poder, y que organice consultas que sean moralmente o efectivamente vinculantes y que, cada vez más, se vayan pareciendo a un referéndum. Es importante que, en ese trance, no le rompan la cara. No es sencillo. Para ello es preciso no llamar a una protesta referéndum. Es preciso señalar, en ese sentido, que hubo localidades en las que el día, en tanto a su dinámica y participación, fue un día de elecciones normal, si bien el compendio carecía del aspecto y las garantías de un referéndum, y de la voluntad de dos Gobiernos para que lo fuera.

Es importante saber que una protesta, a la que muchos ciudadanos acudieron para protestar –por ejemplo, yo; voté nulo–, no puede ser tabulada como un referéndum que dio pie a un mandato. Los mandatos, por otra parte, suelen importar una higa a los Gobiernos. El Govern, desde la Generalitat, ha incumplido varios mandatos electorales. En 2012 tenía el mandato de un referéndum. En 2015, el de independizar Cat en 18 meses. Hoy –se lo explico en breve– se han pelado otro por todo lo alto. Cuando adoptamos la protesta –épica, descomunal, frente a una violencia también descomunal– como un referéndum y un posterior mandato, estamos reduciendo el marco de la democracia, y ampliando la capacidad gubernamental de fijar qué es o qué no es democracia. Por ahora, el procés ha servido para eso. Rajoy recortó democracia. El procés, también. A través de discursos democráticos que tiran de espaldas, y que, en ambos casos, tiran de espaldas al observador internacional que uno lleva dentro. Cuidadín.

Pincha aquí para ir al enlace original de la noticia. 

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído