El resurgir verde de Cádiz comienza en un "oasis" de huertos urbanos a espaldas de Cortadura

La asociación La mar de verde convirtió 2.000 metros de aparcamiento en un terreno fértil, en el que imparte talleres de agricultura urbana para todas las edades. "Queremos fomentar la soberanía alimentaria", dice su presidenta

Susana Castilla, María José Mariscal y Miki Carrera, en primer plano, con Paco y Antonio, voluntarios de La mar de verde.
Susana Castilla, María José Mariscal y Miki Carrera, en primer plano, con Paco y Antonio, voluntarios de La mar de verde. MANU GARCÍA

Paco, hasta hace unos meses, “no tenía ni dea” de agricultura. Mucho menos, ecológica. Antonio también tenía poca experiencia. Alguna que otra maceta en casa, pero poco más. Ahora saben sembrar y recolectar hortalizas de todo tipo. Una mañana primaveral, en la que no aprieta demasiado el sol, se afanan en cuidar y regar tomates, lechugas, zanahorias, pimientos o espinacas que cultivan con mimo a pocos metros de la playa de Cortadura de Cádiz.

Un terreno que antes era poco menos que un aparcamiento, a espaldas del IES Cortadura, ahora rebosa vida. Paco y Antonio son dos de las personas mayores que se apuntaron al taller organizado por el Ayuntamiento gaditano e impartido por la asociación La mar de verde, que lleva desde 2017 fomentando la agricultura ecológica en la ciudad.

“Aquí te das cuenta de lo que es un cultivo, de lo difícil que es, y valoras el trabajo que hay detrás de cada alimento que comemos”, señala Paco, un jubilado que se apuntó al taller y que ahora acudiendo a los huertos urbanos que la asociación gestiona como voluntario. “Yo necesito mucho aire limpio, y como estoy jubilado y tengo tiempo, pues aquí estoy”, comenta.

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Paco y Antonio, cuidando uno de los huertos de La mar de verde.  MANU GARCÍA

Su compañero de bancal, Antonio, aún se sorprende por “todo lo que puede dar un pequeño trozo de terreno, la producción que da es increíble”. “El otro día —añade— me llevé zanahorias moradas, que son muy curiosas, y también me enteré de que las hojas de las zanahorias se comen. Es una cosa que fascina. Es una experiencia muy bonita porque estás aprendiendo constantemente”, agrega.

Además de los bancales destinados a los talleres para personas mayores, La mar de verde tiene otros que cultivan los más pequeños junto a sus familias, uno cuyas hortalizas se donan al comedor social de la asociación Amigas del Sur, y otros en los que se imparten cursos para todo tipo de asociaciones. “Ahora hay poco verde en Cádiz, pero antes era casi autosuficiente a nivel de cultivo. En las Puertas de Tierra había huertos, el barrio de La Viña era el viñedo de la ciudad… La idea es reconectar a Cádiz con ese pasado y volver a hacerla una ciudad verde”, explica Miguel Carrera, conocido como Miki, responsable de participación de la asociación.

Con la utopía por bandera, La mar de verde inició en 2017 un proyecto colectivo que buscaba aunar una serie de iniciativas ciudadanas para fomentar la agricultura urbana en una ciudad en la que no apenas hay espacio para huertos. Reconvirtiendo un aparcamiento en huertos urbanos, llevan casi dos años gestionando el terreno de 2.000 metros cedido por el Ayuntamiento junto al IES Cortadura, el centro de operaciones de la asociación, que expande su acción por toda la ciudad.

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Algunas de las hortalizas cultivadas en el huerto.  MANU GARCÍA

Tras el brusco parón que supuso la pandemia en sus actividad, La Mar de Verde se puso a trabajar para convertir en tierra fértil lo que no lo era, generando su propio compost gracias a la recogida de basura, trabajando en paralelo con asociaciones para acerca la huerta a las casas, y con la delegación de Asuntos Sociales para organizar cursos para personas mayores. Una intensa actividad que va viendo sus frutos.

“Con la pandemia nos hemos dado cuenta de que nos necesitamos, de que queremos sociabilizarnos y que queremos espacios sanos. Y para ello nada mejor que un huerto”, comenta Susana Castilla, presidenta de La mar de verde, para quien es clave fomentar “la soberanía alimentaria, ser dueños de lo que se come”. “Ahora nos hemos dado cuenta de que si cierran las tiendas nos quedamos sin comer. Las ciudades tienen muchos terrenos públicos baldíos, es una pena que no haya más espacios como éste”, agrega.

La encargada de decidir qué se siembra, quién lo hace y cuándo en los huertos que La mar de verde gestiona es María José Mariscal, una de las más veteranas de la asociación, en la que ejerce de coordinadora. “Hacía falta un terreno en Cádiz para enseñar a la gente a cultivar”, asegura, “que los niños aprendan de dónde sale la comida. El objetivo es concienciar sobre el cuidado del planeta”. “Antes la gente cultivaba geranios en los balcones, intentamos que se vuelva a hacer, recuperar ese verde, que se ocupen las azoteas”, sostiene Mariscal.

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Voluntarios de La mar de verde, cuidando los huertos situados en Cortadura. MANU GARCÍA

“La idea es extender ese verde por toda la ciudad”, abunda Miki Carrera, quien cuenta que hasta 16 colegios se han adherido al programa de huertos escolares de la entidad, algo que es importante para que “los padres se motiven y se llegue a mucha más gente”. Además, ya trabajan en la creación de un huerto en la azotea de la Casa de la Juventud. Quieren abarcar a todos los grupos de edad con sus acciones.

“Es una gran satisfacción comerte algo que has cultivado tú mismo”, explica Miki. “Queremos que la gente tenga contacto con la naturaleza, que aprenda, y que se motive a hacerlo en casa”, agrega. Entre los beneficios que aporta la agricultura, para él, están “la relajación que produce el contacto con la tierra en este oasis, lo bien que viene a la salud mental, y el placer que da saborear un fruto que has cultivado”.

De todo ello da fe Antonio Franco, uno de los voluntarios de la asociación. A través de un amigo conoció la existencia de estos huertos, y no dudó en apuntarse. “Antes tenía 500 metros de terreno en Chiclana, pero vendí la parcela”, relata. Tras estar 24 años cultivando y recolectando, ahora quiere poner su experiencia al servicio de La mar de verde, para “ayudar en lo que pueda”, cuenta, mientras no para de sembrar tomates.

"Para nosotras hay varias vías de gratificación con este proyecto", comenta Susana Castilla, presidenta de la asociación. "A nivel emocional, el contacto con la tierra y hacer actividades para que tus hijos sepan de dónde vienen las lechugas o los tomates, eso redunda en que tengan una mejor alimentación, y que en los residuos se reciclen". Todo gracias a una red verde que no para de crecer. La semilla sembrada hace unos años está dando sus frutos. 

Sobre el autor:

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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