Cultura

“Yo no creo en las musas, creo en la capacidad de trabajo”

La escritora Bea Aragón presenta su primer poemario, 'Escala de grises', en Conil. En esta entrevista con lavozdelsur.es habla de su relación con la poesía, así como de sus referentes y su forma de entender la escritura. 

“Llamamos noche / a todo lo que le sobra a la luna”. Así se abre el poemario Escala de grises, la ópera prima de la chiclanera Bea Aragón. Aunque no es su primera publicación literaria, ya que cuenta con algunas plaquettes, se estrena en este campo de la mano de la editorial gaditana Viento Verde (de la gaditana Carmen Moreno, también editora de Cazador de Ratas). “Es el debut de una voz que se eleva desde la tierra y se enreda por las piernas del lector hasta anclarse a las pupilas. Escala de grises es una amalgama de colores llenos de versos que se derraman por los dedos y las lenguas; que se enaltecen en los sexos y buscan tregua en las lenguas ajenas”.  Tras ganar el primer premio en el concurso de relatos ‘Café de Levante’ y el segundo del ‘II Certamen de Haikus Fernando Quiñones’ el pasado año, Bea Aragón irrumpe con su palabra en el escenario literario gaditano. Este jueves presenta su obra en Conil, en La Chanca. Centro de Interpretación, a partir de las 18:30 horas.

En tiempos donde parece que la poesía hace mucho que dejó de estar de moda, ¿de dónde nace esa voz poética?  

Desde pequeña me gusta la poesía, pero hace unos cuatro años aparece en mi vida la Escuela de Letras Libres de Chiclana. A partir de ahí fui entendiendo la poesía de otra forma, en todas sus variantes. No es sólo lo que tiene que ver con el poema, con esa poesía pura, sino también la poesía popular, la poesía como prosa… la poesía como una forma de vida.

¿Cuándo empezaste a interesarte por las letras? 

Todo empezó con Lorca, cuando tendría unos ocho años. Mi madre leía mucho y le gustaba mucho Lorca, así que ella fue la primera en inculcarme ese gusto por las letras. En mi adolescencia escribía el típico diario, pero cuando todo se ha gestado y cuando empecé a entender la poesía como oficio y voz fue hace cuatro años.

¿Cómo llegaste a la Escuela de Letras Libres

Pues es muy gracioso, porque me encontré a una amiga en la calle que me dijo “tú tienes que ir a un sitio que te va a encantar, y tú vas a encantar en ese sitio”. Fue muy insistente, y aunque yo no acostumbraba a ir a este tipo de lugares, al ver su entusiasmo accedí. Fue el mejor regalo que ella me hizo, sin querer ni pretenderlo, en la vida. Porque si no fuera por la Escuelita, ni Escala de grises ni Bea Aragón hubieran llegado de esta forma.

¿Por qué poesía? 

Buena pregunta. Es que yo no sé escribir de otra forma. Cuando escribo artículos o cuando escribo prosa, la poesía al final es lo siempre nace. No sé escribir narrativa, no me gusta el lenguaje lógico. Es mi forma de expresión y no sé hacerlo de otra manera. Yo creo que también tiene que ver que yo no sé ni cantar, ni bailar, ni pintar. No sé, esto es fácil y es barato, papel y boli y vámonos.

Bueno, fácil tampoco es. La poesía es un género más complicado que la narrativa. 

Es que yo no entiendo la poesía como un género. La entiendo como una función del lenguaje, como una manera distinta de expresar lo que la lógica no nos deja. Por eso cuando yo escribo narrativa suelo incluir esa función.

“Yo creo que en mis tripas están los pájaros, está el río y está la madre que me parió”

Cuéntame, ¿hay algún punto central que unifique los poemas de este libro? 

Lo absoluto. En realidad este poemario hace que desde lo absoluto, desde el negro y desde el blanco, se muestre toda la gama de grises que existen en la vida. Es una metáfora, evidentemente. Desde la tormenta hasta la luz, no estamos siempre en un punto u otro. Hay siempre una gama de colores en medio que es lo que unifica la propuesta del libro.

En Escala de grises hay mucha presencia de la naturaleza, la tierra, la hierba o los pájaros se cuelan entre los versos.

Hay quien dice, y yo cada vez tengo que reconocerlo más, que soy muy telúrica a la hora de escribir. Yo no sé por qué uso esa energía, pero es también donde más cómoda me siento. Yo puedo escribir un texto que no tenga tanta naturaleza, pero cuando lo leo me parece que no es mío, no me encuentro en él. Cuando incluyo la naturaleza sí que me reconozco en la palabra.

¿Por qué esa vinculación? 

Si te digo la verdad, no tengo ni idea. Creo que tiene que ver un poco con el feminismo, con mi forma de entenderlo, que es el ser mujer desde las raíces, desde la víscera. Soy muy visceral, y creo que tiene que ver con eso, con la parte emocional alejada de la parte lógica. Al final una escribe desde las tripas, aunque tenga herramientas y aprenda técnica. Yo creo que en mis tripas están los pájaros, está el río y está la madre que me parió.

Todos los poemas están escritos con un lenguaje sencillo y directo, además utilizas el verso libre en su composición ¿Por qué elegiste ese estilo y forma al componerlos? 

Yo no suelo escribir pensando en cómo escribo. Yo escribo en voz alta, reconozco el ritmo en mi voz. Hay veces que te encorsetas, y el verso libre te da libertad. El ritmo me sale solo, no tengo que pensarlo. Elegí esta forma porque me siento más libre y porque en ocasiones sí que me rijo a una métrica, cuando compongo coplillas y utilizo octosílabos, algún soneto de vez en cuando, pero no me llama mucho la atención. A mis tripas les cuesta mucho trabajo estar pensando en cómo componer un poemario de estas características dentro de un corsé.

El 2017 ha sido un buen año para tu relación con la literatura, ganadora de dos concursos y publicación de tu primer libro. ¿Cómo ha sido el camino hasta llegar ahí? 

Pues he trabajado mucho. Yo creo que esto es una carrera de fondo. Hay gente que me pregunta qué significa este libro o estos premios en mi trayectoria. Igual me han dado más voz y más reconocimiento. Pero yo siempre me he reconocido como poeta desde hace mucho y tiene que ver con el trabajo. Yo no creo en las musas, creo en la capacidad de trabajo. En este camino han tenido que ver mucho mis compañeros tanto de La Palabra Itinerante, David Eloy Rodríguez, José María Gómez Valero y Miguel Ángel García Argüez, como los de la Escuelita de las palabras en Cádiz, y los del Colectivo de Letras Libres en Chiclana. A partir de ahí todo ha sido un continuo proceso de crecimiento, de trabajo, de crítica y de autoexigencia.

¿Cuánto tiempo dedicas a leer y a escribir aproximadamente en tu día a día? 

Cuando no estoy trabajando estoy escribiendo, componiendo o leyendo. Entiendo también que leer es escribir. A veces me bloqueo y hay veces que una no tiene ganas de escribir ni de leer. No me puedo obligar, porque yo esto lo hago por gusto. Sé que es trabajo, pero me siento y me gusta lo que estoy haciendo. Cuando me pongo a escribir es porque quiero ponerme a escribir. No doy cuenta de las horas que echo.

“Lo más complicado es que hay que escribir pensando en el lector, sabiendo ser lector más que autor”

¿Qué puede ser lo más difícil a la hora de escribir poesía en estos tiempos donde lo que más se lee sale de una pantalla? 

No sé qué es lo más difícil. Lo que sí es cierto es que la poesía está tan desprestigiada y se entiende tanto como un género o como un simple adorno del lenguaje, que cuando intentas contar algo sin adornos es complejo. Sobre todo porque todo está dicho. Hay que buscar la manera de decir algo que emocione, y lo más complicado es que hay que escribir pensando en el lector, sabiendo ser lector más que autor.

Pero la poesía, tal y como se ha entendido comúnmente, es una expresión que da voz a lo personal del autor. ¿Cómo se escribe desde lo personal pensando en el otro? 

Yo he aprendido, con el tiempo, a desprenderme de mí. Al principio no, es muy difícil desvincularse de una misma. Esto creo que es lo más difícil que he aprendido en estos cuatro años. A mí ahora me pasa que no puedo escribir ni cuando estoy triste, ni cuando estoy alegre o cuando estoy enamorada. Yo puedo escribir un poema de amor perfectamente sin estarlo porque conozco el sentimiento, conozco la emoción. Todos conocemos el miedo, la pérdida, el dolor, la angustia, entonces tienes herramientas para contarlo aunque no lo estés sintiendo.

De autores contemporáneos, de nuestra generación, ¿cuáles destacarías o dónde encuentras tu reflejo? 

Siempre digo lo mismo, pero es que es así. En mi mesilla de noche siempre están los ya mencionados David Eloy Rodríguez, José María Gómez Valero y Miguel Ángel García Argüez. También Alberto Porlan, Isabel Escudero o Carmen Camacho. Aunque todos somos distintos, pero si me tengo que ver reflejada en alguien te diría García Argüez por ser el coordinador de la Escuela de las Letras Libres y cuatro años trabajando con él codo a codo, pues lo normal es que me sienta más identificada con él.

¿Y de otros poetas digamos más clásicos? 

Hablamos de Antonio Machado, por ejemplo. Que además me costaba de pequeña una barbaridad, no me gustaba esa melancolía eterna suya. Pero luego ya con la revisión de las lecturas, que me pasa mucho, encuentras las capas que tienen sus poemas y hoy día es uno de mis grandes referentes. Creo que no se puede decir tanto con tan poco. Por otro lado, por supuesto, Federico García Lorca, que me ha acompañado toda la vida, y Miguel Hernández. Por otra parte también Agustín García Calvo que ha sido un poco maestro de todos los miembros de La Palabra Itinerante y por ende mío.

Sobre tus próximos proyectos literarios, ¿qué me puedes contar? 

Pues por el momento sigo colaborando con la revista eltercerpuente.com. También tengo un libro de microrrelatos que lo quiero montar ya, ya está casi a punto, y libros de poesía como El discurso del barro que es el primero que empezó conmigo y que sigue ahí naciendo. Y a lo que la vida nos lleva. También hago a veces espectáculos con Merche Corisco, catas de vino y me presento a concursos.

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