Festival de Jerez

Volver de nuevo a habitar

David Coria estrena con éxito 'Anónimo', una sutil metáfora de la sociedad contemporánea en hora y cuarto de relato, baile y música deslumbrantes

En la época donde, entre otras aberraciones, la popularidad se mide en millones de visitas a ninguna parte, amigos de los que solo sabemos sus nombres y que tenemos amontonados en una red de muchos desconocidos, likes de envidia insana y apariencia de felicidad, y mensajes de bilis y odio al que está contra mí porque no está conmigo, quizás convenga rescatar las remotas enseñanzas de Pastora y “renegar de este mundo por entero”. Anónimo, estreno absoluto de David Coria en el XXIII Festival de Jerez —el segundo espectáculo consecutivo que destapa en la muestra jerezana tras El encuentro en 2017—, se revela como una metáfora sombría de la sociedad contemporánea. Un organismo físico y emocional que va mostrando señuelos, ofreciendo pistas, hallazgos…, hasta un pasaje final donde cuesta distinguir la desolación de la esperanza.

Con una atmósfera opresiva fruto de la iluminación —grande, una vez más, Gloria Montesinos— y de esa división que parece separar la realidad de otra cosa que no sabemos bien qué es, una inquietante banda sonora de una riqueza flamenca exquisita, muchas contradicciones y un gran sentido del humor (incluso con momentos autoparódicos), Anónimo se hace carne con pies, manos, garganta y cerebro de tres bailaores, tres músicos y una cantaora. Y aunque importan sus nombres, porque todos intervienen de forma sobresaliente en escena, el bailaor-autor que comanda la función, que es tan inteligente como para beber de muchas fuentes, entiende que eso es lo de menos.

Gema Caballero, agigantada por farruca. FOTO: MANU GARCÍA

Lo que importa es el todo. Esa colectividad inicial donde se entremezclan las fibras, los músculos y los sudores de los tres bailaores moviéndose de forma sincronizada, o libre, o con la pila agotada, pero bajo una premisa común. Y donde la voz da su pincelada de color, calor y afinación a una orquesta en ocasiones tenebrosa. Artistas que se mueven como una célula, como una fiel representación de la colectividad que acabará inevitablemente arrasada en pos de una individualidad que mira al otro con recelo, a la que se le indigesta tragar nada que no sea su propia saliva. Hay algo sartriano en este espectáculo de David Coria, de existencialismo en plan el infierno son los otros, y hay un flash final, precedida de las peteneras mexicana, de Chacón y La Niña —”si tú no lo remedias, no lo remedia nadie”/“volver de nuevo a habitar”—, que concentra toda esa idea que minutos antes se ha ido desgranando, o desangrando, en hora y cuarto de espectáculo.

Coria con sus bailaores, Eduardo Leal y Rafael Ramírez, a veces parece Laocoonte con sus hijos. Otras, son como autómatas. O como algoritmos que se mueven buscando la combinación pluscuamperfecta. Solos, por separado o muy juntos. Tan juntos como un todo. Hay nuevas masculinidades, masculino plural y danza mixtificada. En la farruca, Gema Caballero, siempre tan redonda, tan exquisita, se convierte en cantaora gigante ante unos bailaores liliputienses, con faldas y a lo loco. Coria baila frente por frente a las falsetas de Jesús Torres, en la soledad de sus botas y más flamenco que nunca, sin olvidar todo el poso de su tradición.

¿Es el espíritu de Gades o es el de Escudero? ¿Están Granados, Yerbabuena, Marín…? Pura alquimia en su riqueza técnica y en un repertorio de estilos reconcentrados en un único bailaor y coreógrafo —en esta obra ayudan en las coreos Ana Morales y Pedro Córdoba—. Muy corporal en la serrana y la seguidilla,; estilizado bajo el excelente aporte del chelo de Sancho Almendral; haciendo compás frenético con los otros bailaores; socarrón por la histórica rumba flamenca Recuerdos de La Habana y tangos de Triana donde toman protagonismo de ida y vuelta la percusión de Daniel Suárez, otro habitual del elenco de David Coria.

Un artista, el sevillano, que ha alcanzado su punto álgido de madurez sobresaliendo dentro de una nueva ola de creadores dancísticos del siglo XXI derrochones en creatividad y talento. En este Anónimo se atisban momentos en los que el ritmo parece flaquear y se detecta algún que otro desajuste propio del estreno, pero, en general, hay tensión dramática sostenida sobre un relato lírico demoledor; hay recursos imprevisibles; y, por encima de todo, hay en lo alto del escenario un baile y una música deslumbrantes. Todo eso, hasta desembocar (alerta spoiler) en una especie de danzaor intrauterino, en la placenta de la incertidumbre y en el líquido amniótico del anhelo que siempre trae consigo el alumbramiento de una nueva criatura. “…Volver de nuevo a habitar por ver si en un mundo nuevo encontraba más verdad”.

David Coria.
‘Anónimo’ (****)
Dirección, idea original y coreogreafía:
David Coria. Colaboración coreográfica: Pedro Córdoba y Ana Morales. Dirección musical: Jesús Torres. Baile: David Coria, Eduardo Leal y Rafael Ramírez. Colaboración especial al cante: Gema Caballero. Guitarra: Jesús Torres. Percusión: Daniel Suárez. Chelo: Sancho Almendral. Diseño Iluminación: Gloria Montesinos. Sonido: Kike Seco. Regiduría: Jorge Limosnita. Fotografía: Ángel Montalbán. Día: 7 de marzo de 2019. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Tres cuartos de entrada.

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