'Zoociedad', de Claudia Vega.
'Zoociedad', de Claudia Vega.

“Una niña triste en el espejo me mira prudente y no quiere hablar hay un monstruo gris en la cocina que lo rompe todo que no para de gritar...”

Fragmento de la canción La puerta violeta, de Rozalén.

Espejos que hacen adentrarnos en mundos ficticios y desconocidos llenos de estereotipos y paradigmas. Cristales rotos que cortan nuestra felicidad en un mundo superficial y equívoco. Hay diversas explicaciones que tratan la relación del color violeta con la lucha de las mujeres. La versión más aceptada es la que vincula el morado con los hechos acontecidos en la fábrica textil de Estados Unidos en 1908, cuando las trabajadoras de la empresa Cotton New York se declararon en huelga. El dueño de la compañía acabó con las movilizaciones de forma dramática. Prendió fuego al edificio, lo que provocó la muerte de 129 mujeres que estaban encerradas en la fábrica. La leyenda cuenta que las empleadas estaban trabajando con telas de color violeta, de ahí el color característico de la lucha feminista. Una nube de humo de dicha tonalidad salía de la fábrica y pudo apreciarse a kilómetros de distancia, representando así el feminismo. Una flor se deshoja perdiendo pétalos según el prototipo social, un bello jardín que conforma el mundo actual, y se marchita inevitablemente ante nosotros. ¿Somos, acaso, una manada de animales que marcan con herrado, haciéndonos seguir un mismo sendero hacia el matadero? ¿Qué es la belleza? Durante siglos, este concepto ha ido adaptándose a cánones de la época. Ya desde la prehistoria los hombres preferían a las mujeres de grandes senos y caderas anchas, puesto que se asociaban a la fertilidad, la abundancia y la capacidad de parir y criar hijos sanos y fuertes. En el Renacimiento, no hay más que fijarse en las pinturas de los artistas de la época: cuerpos redondeados, manos y pies finos, pechos pequeños y firmes, tez banca y mejillas sonrosadas, labios rojos, cabello rubio y largo, frente despejada y ojos grandes y claros. Por el siglo XVII, se empiezan a estilar cuerpos más rellenitos: caderas más anchas y cintura estrecha, brazos redondeados y carnosos, piel marmolada y pechos más llamativos que son resaltados por los corsés. El siglo XX comenzó con el “destape”, cabaré y lencería, noches rojas con olor a perfume conformaban, junto a jazz y sensualidad, las composiciones más inestables. La mujer comienza a destacar entre arte pop y portadas de revistas. Las curvas de los 50 y 60 se enfrentan a las rectas de los 70 y 80´s… Comienza la retroversión. Cuerpos de cristal y sin alma desfilan vendiéndonos marcas internacionales y haciéndonos perder nuestra esencia. Somos rebaños de ovejas rasuradas convertidas en materia inorgánica. Mujeres degradadas colgadas en posters de adolescentes, donde no nos miran precisamente a los ojos… En el siglo XXI, nos encontramos mujeres contando calorías en vez de momentos compartidos. Vidas vacías y grises huyendo de monstruos escondidos entre las cuatro paredes de su cárcel particular. Sonrisas destruidas y reemplazadas por morados ojos que solo ven los gramos en su reloj y melodías de dolor. Inocencia perdida y belleza enmascarada… Jirafas presas de leones sin hambre. En nuestra fría selva donde féminas de todo el globo, con distintas prioridades, intentamos alcanzar la igualdad. Liberarnos de las cadenas que nos atan a la “zoociedad” en la que vivimos realizando el mayor espectáculo de nuestra historia. Muchas mujeres han luchado por nuestros derechos enfrentándose a felinos con grandes melenas, diciendo “no” y “basta”, buscando lo que todo ser humano desea: la felicidad y la libertad. Vivir sin miedo y sin prejuicios, ofreciendo nuestra valía y educando a las nuevas generaciones para que dejen de estigmatizar a la costilla de Adán. Porque somos luchadoras de “deformación profesional” y no sombra, sino luz. “Tememos a la violencia menos que a nuestros propios sentimientos. El dolor personal, privado, solitario es más terrorífico que el que cualquiera pueda infligir.” Con esta frase Jim Morrison, nos invita a compartir el dolor que la violencia genera por dentro, ya que con ayuda es mucho mas llevadero el camino. Una situación que nos roza el alma y desgarra interiormente, pero la unión hace la fuerza y juntas, podemos gritar a una sola voz. Voz quebrada y rasgada que mueve y conciencia al mundo. “La libertad se aprende ejerciéndola” (Clara Campoamor). Gracias Clara, Concepción, Emilia, Carmen… Son algunas de las piezas de un puzle con forma de cromosoma XX que han luchado por nuestros derechos. Ojalá encontremos esa libertad que nos caracteriza y nos hace independientes para convivir en un entorno natural y real. Luchemos contra ese reflejo en el espejo de oscuridad y gritemos con mirada segura al inconsciente evocando al amor incondicional, el que nos quema por dentro: ¡Quiérete mujer, quiérete!

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