Vivir del aire

David Pérez dirige una empresa que ofrece vuelos en parapente en la Sierra de Líjar y alrededores, cerca de Algodonales, una localidad gaditana que es un referente mundial en la práctica de deportes de viento

David Pérez, de Parapente Algodonales, sobrevolando la Sierra de Líjar.
David Pérez, de Parapente Algodonales, sobrevolando la Sierra de Líjar. JUAN CARLOS TORO

La sensación que produce es la de estar flotando encima de un cuadro, sobre un paisaje en movimiento. Ahí arriba no hay problemas, ni nada que no se olvide mientras se está sumergido en una experiencia que es difícil de explicar. Mirando al frente se ve el lago de Bornos y la Sierra de Grazalema, más al fondo, aunque realizando una panorámica se puede avistar Algodonales, Villamartín y hasta el segundo puente de Cádiz, los días sin nubes. En unos pocos segundos se pasa de estar en tierra firme a estar volando sin motor, solo pendiente de una vela y unas sujeciones que, contra lo que pudiera aparentar en un principio, aportan más seguridad de la que parece. Toda la seguridad que se puede tener volando a 900 metros de altura, aunque en manos de un profesional.

En Algodonales, una pequeña localidad enclavada en la Sierra de Cádiz, de poco más de 5.500 habitantes, la primera vez que vieron a un parapentista se echaron las manos a la cabeza. De eso hace unos 40 años. Ahora los deportes de viento son el motor económico del pueblo, ya que directa o indirectamente, dan trabajo a muchos vecinos, gracias a las empresas que se dedican al vuelo y al consumo que generan en los negocios del municipio. Las condiciones meteorológicas y su situación geográfica convierten a Algodonales en el destino ideal para los amantes de estas disciplinas.

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Un momento de un vuelo en parapente de David Pérez. 

Para llegar al lugar del despegue, hay que salir del pueblo en dirección a La Muela, una pedanía de Algodonales a la que se llega por una estrecha carretera, plagada de curvas, por la que hay que circular muy despacio. Una vez se sobrepasa, se asciende poco a poco hacia la subida al Mogote, hasta alguna de las seis pistas que tiene el municipio. La de Poniente, Levante, Sur, Norte... depende de las condiciones del viento de cada día, aunque la primera es la que más se utiliza. Una vez allí, es fácil encontrar a parapentistas cualquier día del año. Ahora muchos menos por la pandemia.

Alemán, francés, español... Los idiomas que se hablan en las pistas de despegue son múltiples y variados. Algodonales tiene la ventaja de que se puede volar en cualquier época del año, por lo que es lugar de peregrinaje para muchos. David Pérez lleva más de dos décadas repitiendo el ritual. De pequeño estaba obsesionado con volar, tanto que hasta se construyó su propio parapente cuando apenas tenía 7 años. Con varias lonas de saco se hizo un artilugio con el que se tiró desde una loma y llegó a planear unos metros. Desde entonces no ha parado.

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David Pérez, levantando su vela.  JUAN CARLOS TORO

Esa obsesión amenaza con acompañarle toda su vida. Con 17, rozando la mayoría de edad, se compró su primer parapente, él y dos amigos más. Unas 30.000 pesetas de la época les costó, pero terminó comprándole su parte a los demás. “Como siempre estado queriendo volar, me lo vendieron”, cuenta. “Antes no había tantas escuelas ni tanta información”, recuerda Pérez, que en 2014 creó Parapente Algodonales, una empresa con la que ofrece vuelos en biplaza a quien quiera probar la experiencia.

“De pequeño veía a la gente volar y era casi una obsesión”, dice David Pérez, que cuando logró volar por primera vez hizo su sueño realidad. Ahora vive del aire, aunque el camino no ha sido fácil. Este electricista de profesión, que empezó a hacer vuelos en parapente biplaza hace casi 15 años, se ha ido sacando desde entonces diversas titulaciones para ejercer una práctica que lo ha llevado por medio mundo. Desde Nueva Zelanda, hasta Nepal, pasando por Tailandia, para volver a su Algodonales natal. “Estaba quemado en mi anterior empleo y en 2011, cuando llevaba unos años haciendo vuelos, me salió la oportunidad de trabajar en Nueva Zelanda como piloto de tándem. Y lo dejé todo”, cuenta.

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David Pérez, en pleno vuelo en parapente. JUAN CARLOS TORO

En Kingston, una pequeña ciudad situada en la isla sur de Nueva Zelanda, David Pérez volaba una y otra vez, cada día, durante su jornada laboral. “Es la capital del deporte de aventura, allí se vuela de forma muy comercial, sueltas a un turista y coges a otro...”, relata. En Nepal y en Tailandia siguió adquiriendo una experiencia que le valió a la hora de montar su propia empresa, cerrando el círculo que abrió con 7 años, cuando se creó un parapente artesanal con sacos: por fin vivía de su gran pasión. “Esa experiencia comercial me sirvió mucho”, dice, “aquí no valoramos lo que tenemos, ni sabemos vendernos. Y Algodonales es referente, viene gente de todo el mundo”, agrega.

El parapente nació en Francia, a principios de los años 80 del siglo pasado, cuando unos paracaidistas utilizaron sus paracaídas dirigibles para descender desde unas montañas. Poco después vinieron los primeros a Algodonales, un pueblo que vive del viento. De las 31 empresas de turismo de naturaleza que tiene la Sierra de Cadiz, según datos de 2018, 19 de ellas están instaladas en esta localidad. El dato lo aporta el alcalde, Ángel Acuña, quien asegura que el Ayuntamiento es “la única Administración que tira del carro”. El Consistorio local ha adecentado los caminos de acceso a las pistas, ha instalado mangas de viento y césped artificial en las zonas de despegue.

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David, preparándose para volar.  JUAN CARLOS TORO

Los bares y comercios de la localidad tienen sus cartas y productos en inglés, muchos trabajadores “chapurrean” el idioma y todos conviven sabedores de que se necesitan mutuamente. Unos para volar en unas condiciones inmejorables, y los otros para beneficiarse de la estancia de alemanes, franceses o portugueses en la localidad, que consumen, se alojan y agitan la economía local. Los parapentistas hasta han ayudado recientemente en un proyecto de reforestación del pinsapo, una especie de abeto exclusiva de esta zona, de la que se han sembrado unas 15.000 semillas. El Ayuntamiento y la Junta de Andalucía colaboran en esta iniciativa que busca que la Sierra de Lijar sea un “referente” en este sentido, como ya lo es para los amantes del parapente.

“Cuando vuelas llega a ser una obsesión. Como te atrape la afición, no lo dejas”, dice David Pérez, de Parapente Algodonales, que solo piensa “en volar”. Ahora lo hace menos de lo que le gustaría, por las restricciones y porque aún tiene épocas del año en las que apenas le llegan clientes. “Aquí tengo buenas condiciones de vuelo pero hay rachas malas. En Nepal o Nueva Zelanda no paras de trabajar". En España, dice, “hay mucho intrusismo y no se hacen las cosas bien”.

“Desde fuera se ve como un deporte peligroso, pero la realidad no es esa”, agrega, y se queja de que, muchas veces, lleguen más las malas noticias relacionadas con los ocasionales accidentes, que la importancia de los campeonatos o la economía que genera el sector. El vuelo en parapente, apunta David, “no tiene edad”. “Los límites nos los ponemos nosotros”, asegura. Él ha llegado a volar en biplaza con un niño de 5 años y también con una señora de 87. “El vuelo te abre un abanico de posibilidades”. Él introduce en el vuelo a personas que, normalmente, lo prueban por primera vez. O gente que llega porque se lo han regalado. La experiencia, desde luego, es única.

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