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Saulo Ruiz Moreno escribe de historia y gastronomía en 'Fuego y Sal'.

Qué amante de la Historia no ha soñado con ser capaz de trasladarse en el tiempo y poder percibir por unos instantes las mismas sensaciones que acompañaron a alguno de sus ancestros. Pasear por el casco antiguo de una ciudad y revivir la efervescencia de sus épocas de gloria, conquistar un torreón en lo alto de un picacho, recrear con la imaginación el resurgimiento de una vieja ruina, contemplar un paisaje virgen con los ojos de un explorador primitivo. La flecha del tiempo nos impide dar marcha atrás, sólo es posible avanzar y avanzar hacia el futuro en una carrera sin retorno en la que cada porción del Universo lleva un ritmo diferente sin atender ni a su concurrencia ni a su pasado; bueno, esto para cualquier agregado material menos para los humanos, que andamos mirando a todos lados ávidos de información sobre el vecindario: que si un fotón perdido de una supernova, una roca tallada durante milenios por las aguas de un karst, una burbuja de aire primigenio atrapada en los azules hielos antárticos.

La Historia es el relato de los hechos, el relato de las costumbres, del pensamiento, de las relaciones humanas y de sus emociones; de todas aquellas que si bien ya hayan pasado, y aunque ni se presientan, tanto condicionan nuestro futuro. Ahí radica una de las grandes virtudes de la mente, en su capacidad de posicionarse atrás y adelante en una escala temporal que, como ya se ha comentado, sólo tiene un sentido físico observable. Cuántas veces habremos oído eso de "este tomate no es como el de antes"; a qué "antes" se refiere, ¿a la niñez?, ¿al siglo pasado?, ¿al que cultivaba un campesino maya precolombino? O, mejor dicho, ¿sería posible que el hecho presente de un buen tomate nos llevara a alguno de los momentos reseñados? ¿Acaso, ya que somos seres emocionales, está en nuestros sentidos la llave de ese viaje en el tiempo tan añorado por los historiadores?

Marco Juniano Justino resumiría allá por el siglo III en el libro XLIV 4-16 de su Historiae Phillipicae et totius mundi origenes et terrae situs, un mito narrado por Trogo Pompeyo, historiador de la época de Augusto, al que pertenece el siguiente fragmento: "Las zonas boscosas de los tartesios en donde se cuenta que los titanes hicieron la guerra contra los dioses, las habitaron los curetes, cuyo antiquísimo rey Gárgoris descubrió la forma de recoger la miel". Tartesos extendía su poder desde las tierras bajas del Guadalquivir, el extinto lago Ligustino, hacia el interior de Andalucía, por el norte hacia las riquezas mineras de las sierras de Huelva y Sevilla, por el este hacia los Alcornocales y las cordilleras Béticas. Su período clásico ocuparía desde el 1000 a. C. hasta el siglo VI a. C., donde desaparece absorbida por Cartago, si bien las raíces de su cultura proceden de mucho más atrás, así como la supuesta vida de sus reyes mitológicos Gerión, Norax, Gárgoris o Habis.

Poco queda de lo que fue Tartesos: joyas, cerámica y la esperanza de que alguien alguna vez desentierre algún Cnosos en el yacimiento de Mesas de Asta. La mayor parte de sus paisajes han desaparecido: el lago Ligustino colmatado forma ahora las marismas del Guadalquivir, el estuario del Guadalete una planicie salitrosa, sus viejos asentamientos yacen olvidados en los cerros como barcos varados lejos del puerto lacustre que fueron: Ébora, Mesas de Asta, Lebrija, Las Cabezas de San Juan, Coria del Río. No obstante, por fortuna aún se conservan reductos forestales que guardan el mismo estado natural que podría haber contemplado un tartesio, zonas agrestes entradas en los alcornocales donde el hombre no ha logrado desplazar la Naturaleza y los viejos leños resisten desde tiempo inmemorial.

Mi suegro tiene una casa por esas tierras de monte oscuro y durante algún tiempo disfrutó del pretérito oficio de apicultor junto a un buen amigo. A él le gustaba decir que iban al monte a cuidar de su "ganadería brava", y hasta tenían un hierro con las iniciales de los dos camaradas con el que marcar a fuego sus colmenas. Recuerdo el sabor de la miel de encina al mascar un trozo de panal, ese sabor intenso que nada tiene que ver con las mieles de cualquier supermercado y que lograba trasladarme a esos tiempos antiguos, entonces miraba las lomas densas de maleza, las aves patinando por un cielo azul sin nubes, el perfil abrupto de una garganta, las buitreras. Acompañaba la miel con un poco de queso de cabra payoya y pan de miga prieta y corteza bruna como podría haberlo hecho cualquier pastor de los últimos tres, cuatro, cinco mil años, y aprovechaba el momento para deshacerme del lastre de la Historia, de las modas, de lo superfluo, para sentir como un ser humano puro en contacto con su tierra.

Por Saulo Ruiz Moreno.

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