Cultura

Victoria Martín Barhié: la primera mujer académica de mérito

Hacemos un repaso por la trayectoria de esta pintora gaditana del siglo XIX, de la que algunas de sus obras pueden contemplarse en el Museo de Cádiz

La historia nunca se escribió en femenino. Fue el hombre quien se puso a dos pies, salió a cazar y luchó en las guerras. Dominaron el poder, se convirtieron en reyes de lo tangible y lo impalpable, inventaron las armas y el dinero, aprendieron a escribir y contaron su historia. ¿Dónde estuvo la mujer durante todos esos siglos? ¿De dónde salieron todos esos hombres si no fue de los dolores de una mujer? En el año 1929, Virginia Woolf publicó su artículo Women and Fiction,dónde planteaba la siguiente cuestión: ¿qué es más importante, la mujer que escribe o lo que se escribe sobre las mujeres? Esta disyuntiva podría trasladarse a la perfección al ámbito de la pintura, ya que también se da el caso de que la mujer siempre fue más pintada que pintora. Algunas décadas más tarde, en 1971, la historiadora del arte Linda Nochlin se plantearía otra pregunta esencial: “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?”. Ella pensaba que sí que las hubo, pero que nadie les prestó atención.

En los últimos años, en un contexto de movimiento y alzamiento feminista, los museos se esfuerzan por rellenar todas esas lagunas que existen en la historia oficial para deshacerse de ese acérrimo desdén al que se refería la historiadora. En la colección del Museo de Cádiz, sin irnos más lejos, las mujeres están muy presentes. Encontramos, por ejemplo, a Victoria Martín del Campo, (Cádiz, 1794-1869), una pintora neoclásica española también conocida como Barhié. Se trata de la primera mujer Académica de mérito de la Nacional de Santa Cristina y supernumeraria de la provincial de Bellas Artes.

Hija de un comerciante nacido en Cerdeña y de madre francesa. Quedó huérfana de madre siendo aún una niña, junto a sus tres hermanos. Contrajo matrimonio con Álvaro Jiménez Basurto, un comerciante cordobés de gran relevancia en Cádiz que era socio numerario de la Real Junta de Gobierno de la Escuela de Bellas Artes de la ciudad. Más tarde volvería a casarse tras enviudar con Antonio María de Campo, oficial de la Contaduría de Aduana. Años después volvía a quedar viuda, quedando “sola en su casa de la Calle Soledad –en el Barrio de San Antonio- donde había vivido desde que dejó la casa paterna, rodeada de sus recuerdos, su piano, sus libros y pinturas. Estos últimos constituyen indicios valiosos para la reconstrucción de una trayectoria profesional que, como sucede a menudo, en lo que respecta a las mujeres artistas, se nos escapa”, según apunta María José de la Pascua Sánchez, Doctora en Historia y Catedrática de Historia Moderna de la Universidad de Cádiz.

“La recuperación de nombres y obras de mujeres artistas para la historia del arte está siendo un proceso lento. A pesar de los testimonios de autores clásicos que hablan de la existencia desde antiguo de mujeres especializadas en alguna de las ramas del arte –pintura, bordado, miniado, grabado-, es en el siglo XVI cuando tratadistas del arte como Giorgio Vasari (1569) reseñan a un grupo de mujeres artistas notables cuya actividad habría estado marcada por el reconocimiento y el éxito”, continúa De la Pascua. Según la catedrática los nombres de las artistas de esta época han empezado a resonar a partir de los años 80, ya que las historiadoras del arte se han encargado de ir rescatando sus trayectorias personales. Con estos estudios se contribuye a dar visibilidad a las artistas, pero también para “ir identificando a la vez sus logros, las condiciones en las que se desarrollaron sus aprendizajes y carreras”.

Muchas de estas mujeres se iniciaban en un taller familiar donde aprendían las artes. Sin embargo, sus formaciones eran incompletas debido a que no eran preparadas en materias como geometría o aritmética, dificultando el conocimiento de perspectiva. Además, tampoco podían utilizar modelos desnudos ni asistir a clases de anatomía. “A pesar de estos condicionantes, la nómina de pintoras destacadas se incrementa conforme se avanza de la Edad Media al Renacimiento, y de este a los siglos XVII y XVIII, si bien hasta la segunda mitad de este último siglo no contamos, en el caso de España, con una disposición real de carácter general que no discriminaba a las mujeres en el acceso a los Estudios artísticos”.

A partir de entonces, con la reorganización de las enseñanzas en las Academias de Arte, se les permite acceder a las mujeres y poco a poco se van formando en varias disciplinas artísticas. No obstante, y regresando a la figura de Victoria Martín Barhié, “su aprendizaje comienza en la Academia de Bellas Artes de Cádiz de la mano del pintor neoclásico gaditano Manuel Montano y cuya biblioteca ofrece indicios de su interés por la perspectiva, la Arquitectura, la Pintura y el Arte, en general”, explica De la Pascua. Barhié participó en numerosas exposiciones y certámenes con resultados exitosos. “En su producción, parte de la cual está sin localizar, es apreciable su fidelidad a la estética neoclásica (maestría en el dibujo y buena técnica de modelado con la obtención de gran plasticidad en las formas) plasmada en óleos de temática fundamentalmente religiosa y mitológica”. En el Museo de Cádiz pueden encontrarse obras como su Autorretrato o Psiquis y Cupido.

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