El sol de los gitanos

Veranear en Castilla

Covarrubias (provincia de Burgos) está situado en una leve hondonada entre montes de tierra anaranjada -rubia-, a orillas del río Arlanza, que baja veloz desde la cercana Sierra de la Demanda y se remansa a la altura del pueblo. El Piélago llaman los del lugar a este amplio remanso de agua cristalina, donde acuden las familias a bañarse en verano. Las riberas están cubiertas de chopos gigantescos que dan sombra y esparcen el frescor del río. Mas también hay huertas con frutales, que más como distracción que como negocio cultivan los lugareños, mientras las laderas de los montes están sembradas de vides, de cerezos, de nogales, de almendros… Todo ello rodeado de un tupido bosque de encinas y, sobre todo, de sabinas, que es el árbol más característico de la zona (aquí se encuentra el sabinar más extenso y mejor conservado del planeta, con ejemplares milenarios). Y en los llanos, en acusado contraste con el verde dominante, aparecen también  los sembrados de trigo, dorados, brillantes. Un paisaje de gran concurrencia vegetal que puede recorrerse sin dificultad andando o en bici, gracias a una tupida red de caminos por donde acceden los pequeños propietarios  a sus predios, y que conducen también a diferentes ermitas: Mamblas, Redonda, San Olav…

Más que un pueblo Covarrubias parece una pequeña ciudad fortificada desde los tiempos de Fernán González, el Conde de Castilla, que tuvo aquí su palacio. El Torreón de Doña Urraca -fuerte, macizo, medieval- habla de la solvencia de la fortificación, y la hermosa colegiata de la importancia económica y espiritual que en el pasado tuvo el pueblo. Un pueblo donde predominan las casas edificadas con adobes y el característico entramado, que les proporciona un aspecto de lo más pintoresco.

El verano es seco en la alta Castilla, aunque no es raro que se interrumpa con alguna tormenta que hace bajar la temperatura hasta límites inquietantes. Estamos a más de 800 metros de altitud, y como dicen los de Burgos, en esta tierra solo hay dos estaciones: el invierno y la del tren. En Covarrubias ni siquiera la del tren. Mas estos cambios súbitos en las condiciones meteorológicas no hacen sino acentuar el nítido color azul del cielo –un azul de postal-, con un sol que pica a mediodía pero que no caldea la tierra, y unas noches frescas, hondas, estrelladas.

Pero lo más interesante de Covarrubias son sus vecinos -los racheles, que tal es el gentilicio-, empeñados en mantener vivo este precioso pueblo con sus tradiciones, frente a la despoblación general de la zona. Sus afanes apuntan en una doble dirección: por un lado, la preservación de su privilegiada naturaleza y de su bellísima arquitectura; y por otro la apuesta por la cultura. Llama la atención que en un pueblo donde apenas viven 600 habitantes en invierno, haya tanta gente dedicada al mundo del arte y del conocimiento: al teatro, a la pintura, a la música, al diseño de joyas y de jardines, a la geología, a la ornitología, a la botánica, etc.

Todo ello arrastra cada verano hacia Covarrubias a un selecto grupo de veraneantes -muchos de ellos naturales del pueblo que se vieron obligados a emigrar-, y que frente a la masificación de las costas prefieren este pueblo encantado donde el verano transcurre en un ambiente sosegado, culto, fresco.

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