Vender cupones, una segunda oportunidad en la vida: “La gente no sabe valorar lo que tiene”

Tres 'cuponeros' de la ONCE que han pasado por quirófano en repetidas ocasiones narran sus historias de superación: "Hay mucha gente que no compra para enriquecerse, sino por la labor social"

“Me senté en un sofá y me dije, aquí me quedo hasta que mi vida se consuma”. Fue la reacción que tuvo Esmeralda Pardo cuando a los 18 años le diagnosticaron queratocono, una enfermedad que afecta a la córnea y que provoca la pérdida de visión de manera progresiva. “No quería vivir”, sentencia. Antes de que los médicos le dieran la noticia, Esmeralda trabajaba en una inmobiliaria y se estaba sacando el carné de conducir. “Partió mi vida en dos. Fue como: fuera, tú ya no sirves“. Un mazazo que la introdujo en una profunda depresión durante ocho largos años. “Yo no aceptaba esa enfermedad y me iba comiendo”. Narra que acudió a numerosos psicólogos intentando dotar de sentido a su vida. Y fue con 26 años, cuando solo tenía un 3% de visión en ambos ojos, cuando ese diminuto trozo de luz que apreciaba —a causa de su enfermedad— empezó a agrandarse más y más gracias a entrar en la ONCE y a “saber que no estás solo”.

Instantes antes de perder la visión al completo, Esmeralda pudo hacerse un transplante de córneas. Hoy, tiene un 78% de minusvalía visual y trabaja en la ONCE como vendedora de cupones. Hay días en que la gente que normalmente se acerca a su kiosco, se detiene y se interesa por ella. “Muchos se quedan asombrados y lloran conmigo”, expresa mientras sus ojos azules se empañan. Pasó de sentirse inútil a empezar a ver que era una más en la sociedad. “Hoy me defiendo, trabajo, estoy entregada al deporte, tengo tres niños… Tengo una vida”.

Esmeralda, ‘cuponera’: “Hoy me defiendo, trabajo, estoy entregada al deporte, tengo tres niños… Tengo una vida”

“Salud, trabajo y amor”, en ese orden. Para muchos son las prioridades para, como dice Esmeralda, tener una vida. Y, como tres discapacitados jerezanos cuentan a lavozdelsur.es, en la ONCE lo encontraron. Según el director de la organización en Jerez, Cristino Ortuno, en la actualidad hay cerca de 150 vendedores de cupones en la ciudad entre venta ambulante, puesto fijo o kiosco; una cifra que supera el millar en toda la provincia de Cádiz. Y en este último año, como señala el informe de la ONCE publicado en 2016, la organización —junto con su Fundación e Ilunion, una iniciativa laboral que fundó la ONCE—, ha impulsado un total de 9.557 nuevos puestos de trabajo para personas con discapacidad en diferentes sectores —sociosanitaria, consultoría, turismo y comercialización—.

José Ángel Jiménez durante la entrevista a la altura del Gallo Azul. FOTO: MANU GARCÍA.

José Ángel Jiménez es uno de los tantos que se sumó a la plantilla de la Organización Nacional de Ciegos Españoles en el año 2014. Con una minusvalía física y sensorial, este jerezano de 51 años vende cupones cada día a la altura del Gallo Azul con una alegría que contagia a cualquiera. “No sé cómo te atreves a comprarme cupones si yo no doy ni lo metío“, le bromea a una compradora habitual. Si bien lleva cinco operaciones en el oído desde que cumplió los 17 años, hace cinco que le reconocieron la minusvalía. Dice —entre risas— que también padece una enfermedad rara con un término muy largo e impronunciable, que para qué nombrarlo. A diferencia de Esmeralda, José Ángel —Jordi para los amigos—, asimiló su afección desde el minuto uno. Pero ello tampoco le ayudó a continuar en su profesión. Cuenta que trabajaba en la hostelería desde que “era un chaval”, hasta que se quedó parado en 2010, porque en vez de poner tinto, ponía cerveza. “Yo era muy cabezón y sobre todo porque yo creía que podía”, expresa. “Creía que podía”, reitera con fuerza. Se llevó unos cuatro años parado pero, como él mismo dice, “uno pretende encontrar trabajo por sus propios medios, pero es imposible”.

“Hay mucha gente que no compra para enriquecerse, sino por la labor social”

Frustración es lo que sintió José Ángel cuando creía que no tenía la capacidad suficiente para desarrollar una ocupación. Por ello, ahora que desempeña un trabajo, se siente vivo… “Me siento un privilegiado. Me ayudan a ganar un sueldo pero también se crea una red de colaboración para crear muchas actividades de carácter social”, indica. “¡Ay Pepillo!”, espeta un hombre que se acerca por su espalda mientras simula darle una colleja, ante lo que José Ángel se da la vuelta rápidamente para saber de quién se trata. Perdió la audición total del oído derecho y tiene un mínimo porcentaje auditivo en el izquierdo, por lo que se las apaña leyendo los labios. “¿Qué pasa Juan?”, le devuelve una vez que lo reconoce con la mirada.

Entre calle Larga y Lancería, los transeúntes se van concentrando e interrumpiendo la entrevista para comprarle algún número a Jordi. “Aquí conozco a todo el mundo”, incide con una gran sonrisa. “Cuando uno trabaja en esto llega a comprender que la solidaridad es muy importante y gratificante. Vendes para un objetivo común”, se sincera al tiempo en que comprueba si hay algún cupón premiado. “La mejora aquí es relativa, se trata de una mejora personal. Hay mucha gente que no compra para enriquecerse, sino por la labor social”, añade. Cuando alguien se acerca a un vendedor de la ONCE, se produce un intercambio de esperanza y ayuda, en parte, incondicional. Gracias a esta línea de venta diaria de ilusión la organización ha impulsado 107.371 empleos para personas con discapacidad en los últimos 20 años. Hace siete, Eva María Cabrera halló en la ONCE su oportunidad laboral. Trabajó desde pequeñita, con tan solo doce años, en confiterías, pastelerías… “Siempre me ha gustado trabajar de cara al público”, apunta. Y pasó once años trabajando de repartidora de patatas y frutos secos en Bonilla, hasta que se vio obligada a dejarlo en 1995 a cuenta de los dolores de tendones que empezó a tener en la mano derecha.

Eva María relata que lleva ya siete operaciones en ambas manos y que fue en 2008 cuando le reconocieron una minusvalía del 49%. “Los médicos le echan la culpa a la diabetes, de la misma insulina. Y yo llevo 33 años con esta enfermedad”, explica.  “¡Dame el 82!”, grita un señor que acaba de llegar a la esquina de la calle Fate con San Agustín, donde se encuentra Eva María dese hace un par de años. Es agosto, pero ella viste un polar rojo, pantalón largo y deportivas. “Aquí hace frío siempre”, comenta ya acostumbrada al clima de esta zona. Dice que no tiene ningún problema para poder desarrollar su trabajo. “Todo lo hago con mis pincitas”, sonríe mientras une el pulgar con el índice en repetidas ocasiones. Los demás dedos de sus manos se encuentran prácticamente paralizados. “No puedo cocinar y apenas conducir. Hasta para vestirme me tiene que ayudar mi marido”. Con tanta pregunta, se forma una pequeña cola para comprar el cupón diario. “Dile a Rajoy que me suba el 0,25% de la pensión, que no tengo ni para pagar el rasca de la ONCE”, habla un abuelo, o una joven le dice a su madre: “¡El 4 que es muy bonito y es el día en que yo nací”. No hay diferencia de edad y todos buscan unos euritos o contribuir a la causa social, como estima José Ángel.

Esmeralda Pardo posando en el interior de su kiosco, emplazado en la Alameda Cristina. FOTO: MANU GARCÍA.

“Yo fui a la ONCE a pedir un trabajo y me dijeron que si quería empezar a vender”. Así de sencillo. Y es que, según Esmeralda, “la ONCE te abre las puertas a una segunda oportunidad en la vida”. “Te tratan como si no tuvieras una discapacidad… Es la igualdad que encuentras allí”, añade. Estos tres jerezanos coinciden en que en la organización se sienten valorados y que no reciben la típica mirada lastimosa del resto de la sociedad. Si bien esta jerezana de 40 años se puso en lo peor hace dos décadas, hoy se siente feliz y piensa que sabe apreciar más la vida gracias a su discapacidad. “La gente no sabe vivir y no sabe valorar lo que tiene. Deberíamos disfrutar más de la familia porque nunca sabes cuando te puede venir lo malo”. La filosofía carpe diem se ve reflejada en cada uno de ellos, que sobre todo disfrutan de estar vivos. “Por aquí Rafael”, dice Eva María mientras ayuda a un señor con poco porcentaje de visión y bastón, a cruzar un paso de cebra. Dar, recibir, devolver… y así hasta que se eliminen todas las barreras físicas y mentales.

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