Desde el 9º

Vencejos

No hay sonido que me evoque más la infancia que el de los vencejos revoloteando entre los bloques de Guillén Moreno. Cada verano, cuando entro a casa de mis padres voy disminuyendo de tamaño, como El increíble hombre menguante, hasta detenerme en la estatura que tenía con ocho o nueve años. Estoy dormido y el chirriar de los vencejos en la mañana va despertándome. Un agradable frescor entra por la ventana y me acaricia. Oigo a mi madre trajinar en la cocina y huelo a guiso. Me levanto y allí está, enterradas sus manos en los caracoles, dándoles vueltas y más vueltas en la pila, de pie y sin rastro de la silla de ruedas que hoy utiliza. Me mira y sonríe. El desayuno está puesto. Me siento junto a la ventana y froto los ajos por el pan y sumerjo la tostada en el plato de aceite. Estoy ahora en casa de mis padres, a mis 42 años, y en mis labios el sabor de aquel desayuno…

Muerdo la tostada mientras miro a la calle por los barrotes de la terraza y oigo el ajetreo cotidiano. Nunca me molestó el ruido de mi barrio. Ni siquiera los camiones que pasaban una y otra vez por la carretera industrial, tampoco el tren que silbaba a su paso y mucho menos el murmullo de la vida diaria… En aquellos años Guillén Moreno era un barrio muy difícil, pero tenía vida, mucha vida, y era la que yo conocía, la de las casetas de cartón en la vía del tren y la de veinte o treinta chiquillos jugando al botepastó, al mangüiti o al inmóvil. Antes de dar el último bocado, desde la calle unos chavales gritan “¡Mané, Mané!”. Me asomo y me dicen que baje. Se me ha olvidado la pelota y, como no tenemos telefonillo, llamo a mi madre con todas las fuerzas: “¡mamá, mamá!”. Me la lanza desde las alturas y rebota varias veces casi hasta alcanzar de nuevo el noveno piso. Estaré en la calle hasta la hora de comer, y, si me retraso, mi madre, a falta de móviles y WhatsApp, me llamará a voces para que suba.

Hoy, cuando entro en casa de mis padres, los vencejos se acercan a la ventana y me susurran recuerdos, como cuando mi hermana venía para llevarme a la plaza de Mina, donde me subía al templete con los jipis de la época y al volver a la hora de la comida el silencio solo se rompía por el tintineo de los cubiertos en las casas y las teles con la primera cadena, o cuando volcaba en el salón mi bolsa de La Gloria repleta de juguetitos… Nunca recuerdo más mi infancia que cuando paso un rato de verano en la casa de Guillén Moreno donde me crié.

Aunque el barrio siga ofreciendo de tarde en tarde noticias más propias de los 80 y 90, por fortuna Guillén Moreno no es tan gris como entonces. Comiendo el otro día en el quiosco La Murga, sobre la vía del tren donde tantas veces jugué y vi pincharse a más de uno, y observando los altos edificios, que precisamente antaño eran grises, recordé algo que me dijo una vez un viejo amigo en una taberna malagueña: “me di cuenta de que ya no era un niño cuando volvía a mi barrio y, a pesar de todo lo que había cambiado, no hacía más que verme niño”. Decía Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia. Planto mi bandera, pues, en el barrio que me vio crecer.

Etiquetas

Más artículos en esta categoría:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.