Negro sobre blanco

Una revolución de claveles

Puente de la Constitución y de la Inmaculada Concepción. Curioso cuanto menos que dichas efemérides se junten. Parecen un pleonasmo. El paroxismo es así. Estamos de celebración. De celebración forzada. Todas las celebraciones formales suelen ser así. Como la Navidad. Este puente siempre es pistoletazo del pestiñazo posterior. A pesar de la broma y la parodia, debemos alegrarnos de recordar esa revolución de claveles que fue nuestra Transición, ¿no creen?

Nada en contra del sortilegio del invierno. Ni de las festividades en general. Naturalmente me abotarga. Me indigestan estas fiestas. Pero todo bien. Recuerdo, algunos años atrás, no tantos, haber disfrutado de un puente como este en compañía de una blanquísima señorita que ocuparía algunos  diciembres más, no tantos, mi maltratado feriado. La recuerdo, a ella, blanquísima pero no tanto como para ser inmaculada su existencia. A la Historia, con mayúscula, se nos suele presentar blanqueada. Como un cuento Disney. Inmaculada en su concepción narrativa.  Por ello, la Historia la escriben los vencedores pero la reescriben los demás. Lo importante no es llegar sino seguir corriendo. Ojalá ser un tumulto análogo al silencio. Deberíamos escucharnos con todo el cuerpo. Vivimos en el estado más bajo del saber que es el estar enterados. Cuando aún no se nos conoce ganamos mucho. El poder perfecto pasa de la moqueta al asfalto.

Estamos de celebración. Para algunos, celebramos 40 años de paz. Para otros, victoria y soledad. Para los más, un acueducto festivo. Para los menos, un régimen. Somos los menos interesados en tirar piedras sobre su tejado. Somos clientes de unos grandes almacenes. En ellos nos venden algo más que mercancía averiada. A ellos acudimos para pagar lo que nos pidan por aquello que no necesitamos. El secreto no es ir sino volver a gastarnos todo el sueldo.

Este domingo por la noche toca la final de la Copa Libertadores de América. Suena rotunda. Futbolísticamente no lo es tanto. En cuanto al fanatismo, sí. Supera cualquier otra final. O eso les gusta creer a los argentinos que se desviven por ella. Se disputa en el Bernabéu porque tanto a River como a Boca no se les permite jugarla en la Argentina. Gran follón. Lío padre. Los argentinos hacen de todo bandera. Están castigados por la CONMEBOL. Como todo el mundo sabe el partido de vuelta fue suspendido tras liarse una pajarraca entre las barras. Los radicales pululan a sus anchas por el fútbol argentino. Sin embargo, en el país de Borges se fustigan por ellos. Dicen que unos adaptados representan a toda una sociedad podrida. Yo, humildemente, considero que exageran. Claro está que hablan de fútbol como si éste fuese la representación de una colectividad. Gran error. No obstante, ya cantó Calamaro aquellos versos “No hay peor argentino que su propio asesino./No hay argentino mejor si no hay otro peor ” pues “el orgullo nacional es ganar un Mundial en la Monumental”.

Espero, con el corazón henchido de deportividad, que gane el mejor. Deseo que hayan disfrutado de un puente fetén. Viajado o cantado. Que hayan recorrido muchos kilómetros para hacer fotos y subirlas a la Red. O, mejor aún, estén reposando el domingo tras un acueducto de zambombas y comidas y cenas y reuniones entrañables. La vida son dos días y diciembre se esfuma en un suspiro. ¡Alegría!

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