OpiniónDe ruta con Salvochea

Una mentira piadosa

Salvochea en prisión era considerado un hombre respetado y conocido por todos. No era un vulgar delincuente. Le sabían defensor de los derechos de los más desfavorecidos, y en cierto modo, era un referente para el resto de presos.

Salvochea en prisión era considerado un hombre respetado y conocido por todos. No era un vulgar delincuente. Le sabían defensor de los derechos de los más desfavorecidos, y en cierto modo, era un referente para el resto de presos.

En 1645 el jesuita Hermann Busenbaum, en un tratado sobre teología moral, dejó escrito que “cuando el fin es lícito, también los medios son lícitos”. Algo así debió pensar Salvochea en una de sus múltiples estancias en prisión, pues observando las condiciones de vida de los presos, su adicción a los juegos de azar y la escasa formación que poseían, tuvo a bien inventar cierta argucia, a fin de poner algo de remedio al asunto.

Hay que tener en cuenta que Salvochea en prisión era considerado un hombre respetado y conocido por todos. No era un vulgar delincuente. Le sabían defensor de los derechos de los más desfavorecidos, y en cierto modo, era un referente para el resto de presos. Incluso en sus estancias en la cárcel Salvochea pasaba horas y horas estudiando medicina para poder ayudar al resto de compañeros. Además, eran muchas las hazañas que sobre él se contaban. Relatos que hablaban de la revolución del 68, la Gloriosa, o el año de los tiros, como se conoció en Cádiz a aquel episodio. Proezas que hablaban del Cantón de Cádiz y de Salvochea. Miles de historias que mezclaban realidad y ficción. Su figura alta y delgada, su sombrero de ala ancha, sus maneras educadas y su barba le daban ese aspecto de Lord inglés que tanta admiración infundía a los demás reclusos.

Cierto día, coincidiendo con la llegada a la cárcel del vapor con la correspondencia semanal, Fermín convocó a todos los presos, y les comunicó que como amigo personal de Ruiz Zorrilla que era, había llegado a sus oídos la noticia de que con el advenimiento de la República, el nuevo gobierno preparaba una ley por la que se le concedería el indulto general de toda pena a aquellos presos que tuvieran condenas de hasta seis años, o de la mitad a los que la tuvieran hasta veinte, y que tanto la cadena perpetua como la pena de muerte quedaban abolidas. Eso sí, para poder acogerse a este indulto existía un único requisito: que el recluso supiera leer y escribir.  Todo aquel que careciese de instrucción mantendría su anterior pena.

La formó en la prisión debió ser monumental. Todos se pusieron manos a la obra, intentando obtener un indulto que ya podían casi acariciar.  Con esto, aparte de conseguir instrucción básica para los reclusos, consiguió hacer desaparecer muchas rivalidades, ya que la totalidad de la población reclusa dejó de lado sus disputas internas y se encontraba remando en la misma dirección.
A pesar de no ocasionar ningún mal, el castigo a Salvochea se prolongó por dos meses, pero a Fermín pareció no importarle mucho, y dejó escrito que: “Para las autoridades es más provechoso corromper y embrutecer al preso que instruirlo”.
 

Etiquetas

Más artículos en esta categoría:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *