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Una joda punk

Antes de que este género musical explotara en Inglaterra y Estados Unidos, desde Perú un grupo de jóvenes revolucionaban la historia de la música.

Mírelos… Parecen estar pensando: “Vamos a saltarnos una década en la historia de la música”. Acérquese y vea esos rostros angelicales de ambiciosa mirada futura. Visionarios de la nueva era o quién sabe si enviados de otro siglo. Aquí le presentamos a cuatro muchachos. Rolando “El Chino” Carpio, Pancho Guevara, Erwin Flores y César “Papi” Castrillón. Mejor conocidos como Los Saicos. Estos púberes de camisa ancha y porte isleño, son los responsables de uno de los acontecimientos musicales más importantes de la reciente historia de la música popular. El punk. Vaya por delante que los polluelos se hubiesen llamado Los Sádicos, de no ser porque alguna mente lúcida les paró los pies. Al menos hasta que estos empezaron a volar.

Aunque por la imagen parecen estar próximos a las tardes de parchís y el soft-ballad, estos jóvenes transgresores, sin apenas antecedentes en nuestra historia reciente, supieron dar con la tecla que rejuvenecería a varias generaciones, con un adelanto de seis años, previos a la eclosión del conocido movimiento en tierra británica.

Estos chicos son peruanos. Y esta es su particular historia. Una de esas de azar e inconsciencia por la trascendencia de su propio trabajo. En una época en la que a Sid Vicious sólo se le contaban los eructos del biberón, si es que la drogona Anne le quiso dar alguno.

Los Saicos, en un concierto.

La aventura comienza en Lima, con las pillerías propias de unos adolescentes que se saltan las clases para coincidir en un parque donde tocar rock and roll y forjar así una amistad perenne. Años más tarde, y tras la vuelta de Erwin a la capital, después de iniciar sus estudios de agronomía en Brasil, el destino quiso unirlos de nuevo. Decididos a hacer carrera musical, fundan una más de aquellas bandas surgidas por la influencia del beat y el fenómeno groupie. Sin embargo, Los Saicos decidieron llevar su carrera musical al margen de las modas y los fenómenos pasajeros, convirtiéndose en una de los primeros conjuntos peruanos en cantar en español composiciones propias.Entre sus memorables actuaciones en el Boite (pub inmortalizado en la novela Conversación en La Catedral), llegaron a compartir espacio con el rockero Jean Paul “El troglodita” o los literatos Mario Vargas Llosa y Juan Gonzalo Rose. De esa combinación de artes, y desde una Sudamérica que se recuerda mágica en casi todos los sentidos, no podía haber mejor oportunidad de espontaneidad creadora. Algo que los psicólogos llaman insight, y que con mayor o menor acierto se refiere a elucubración fortuita, extremadamente potencial y sin un precusor conocido.

Y no es para menos, después de una breve trayectoria musical, con la orientación y el consentimiento de una valiente productora (Dis-Perú), que les respaldó en la publicación de un material, hasta entonces relegado al deleite privado del conjunto. Un single revolucionario, por su fuerza, por su intensidad o por su onda, vio la luz con la intención o la fortuna del cambiar el mundo.  En 1965 es radiado por primera vez Demolición.

Se convertiría en el himno de la banda y de una generación de peruanos con ansias de rebeldía y diversión. La canción fue compuesta por el vocalista de la banda, Erwin Flores, en 1965, durante un ensayo y sin aspiración a ser publicada. Irónicamente, pese a la época por la que atravesaba el Perú, la letra carece de todo contenido político, tal y como expresa en reiteradas ocasiones la propia banda.

Aunque es cierto que ya a mediados de los 60 hay quien recuerda cierta actitud punk en los grupos de rock and roll, ninguno de ellos con tal representatividad, solemnidad o solera como es el caso de Los Saicos. Parece que los muchachos hubiesen tomado una cápsula del tiempo para viajar a un Londres en plena cresta fe crestas, para volver atiborrados de inspiración, exceso y una pizca de locura.

Otro ejemplo de extraordinario valor es el tema El entierro de los gatos. Un tema oscuro, donde una afónica voz parece anticipar, en cada aullido, la invasión que estaba por venir.

De los cinco 45 R.P.M. que grabaron con Dis-Perú, los tres primeros (Come On/Ana, Demolición/Lonely Star y Camisa de fuerza/Cementerio) tienen por su cara A un marcado carácter proto-punk, con un espléndido Erwin a la voz y un estilo idiosincrásico nunca antes visto. Las caras B tendrían a César Castrillón, que además tocaba el bajo.

¿Pero existía una intención? ¿Chillaba Erwin por la ruptura de los arquetipos sociales? No… Mal que les pese, la realidad es que los miembros de la banda jamás fueron conscientes del movimiento que pudo haber germinado. De hecho, ninguno de sus componentes se declara activo admirador del punk, aunque sí de la cumbia o el reggaeton. Por otro lado, Erwin alzaba la voz en un intento por disimular su total y absoluto desconocimiento de las técnicas vocales. ¿Los tres acordes de las canciones y los riffs repetitivos? ¿Acaso los chicos podían hacer más?

Erwin Flores ha comentado en más de una ocasión: “Yo andaba muy frustrado en aquella época. Estaba estudiando agronomía porque mi familia tenía cafetales, pero la guerrilla los quemó y perdí todo aliciente para seguir en ese mundo para mí extraño del campo”.

Ni siquiera escuchaban a grupos norteamericanos como The Sonics o The Kingsmen, con un sonido crudo parecido al suyo. “Qué va, nuestro ídolo era Elvis” reitera Erwin.

Lo curioso es que a pesar de la aparente falta de consciencia, no fue el caso de su discográfica, que a sabiendas del nuevo mercado que podría abrirse terminó ofreciendo cuantiosas cifras económicas a cambio de un contrato de exclusividad. Los chicos terminaron por rechazarlas y abandonar la música, al no obtener los resultados de proyección esperados. Parece que nadie les explicó qué demonios estaban haciendo. Claro que ya vendrían luego otros a quitarles el mérito. Pero, ¿acaso se necesita más para hacer buen punk?

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