Sociedad

Una cata de fino, oloroso y cream para invidentes: “Me recuerda al olor del pan recién hecho”

El Consejo Regulador organiza junto a la ONCE una degustación de jereces para personas con deficiencia visual, enmarcada en los eventos de la International Sherry Week

Son las doce y media y como dice el dicho popular, ya ha bebido el Papa. En la bodega San Ginés, que guarda los tesoros del Consejo Regulador Jerez-Xérès-Sherry, Carmen Aumesquet espera a los más de veinte beneficiarios de una cata dirigida especialmente para personas con deficiencia o discapacidad visual. En colaboración con la ONCE, la actividad se enmarca dentro del original programa de la Internacional Sherry Week y el Día Mundial del enoturismo.

Cuatro vinos están sobre la mesa: fino, oloroso, cream y pedro ximénez. A su lado, una bolsa de picos para poder neutralizar los sabores y aromas de cada uno de ellos entre cata y cata. Uno de los asistentes, con su perro lazarillo, llega un poco tarde. Acompañado, procede a sentarse en una de las sillas del final. Bien atentos, escuchan las indicaciones de Carmen, que explica desde la singularidad geográfica de la zona del Marco de Jerez hasta su tierra albariza. “Alba viene del latín, que es blanco”, dice sobre la cal que da sustento a nuestras tierras, una de las protagonistas de que el jerez sea jerez sólo aquí y no en ninguna otra parte del mundo.

Uno de los momentos de la cata en el Consejo Regulador. FOTO: MANU GARCÍA.

Primera, segunda… ¿cuántas criaderas? “Es el sistema de soleras y criaderas, el vino de Jerez no se mete un año en una bota de roble americano y a los dos años lo coges, como cualquier otro vino blanco”, explica la enóloga, que hace hincapié en cada uno de los conceptos, paso a paso, para que nadie se pierda. No, no, así no es; en Jerez tenemos un sistema único, el sistema de criaderas y soleras”, aclara.

Pero ya se sabe aquello de que el jerez es un mundo, y que el saber nunca está de más. Una vez comienzan los asistentes a catar el primero de los vinos —un fino—, empiezan las preguntas, los recuerdos y las valoraciones. Huele, y huele mucho. “No me digáis que huele a feria, eso no vale”, bromea Carmen, entre las risas de todos. “Me recuerda al olor del pan recién hecho”, dice uno de ellos, bajo la aprobación de la enóloga. “Muy bien, muy bien, a pan… es lo que nos da la levadura, el velo de flor”, contesta. Es el velo de flor, el que produce la crianza biológica de los vinos finos, uno de los secretos de los jereces que a través del gusto, los asistentes destapan.

Foto de familia junto a la delegada Isabel Gallardo. FOTO: MANU GARCÍA.

El oloroso es otra cosa. “¿Algo de frutos secos?”, pregunta. Almendra tostada y un carácter untuoso. Por la boca recorre el paladar. “Oloroso, oloroso”, dice otro de los asistentes, que destaca la presencia del favorito de los jereces para la enóloga. Es el jerez oxidado, el que desde un primer momento empezó a envejecer en contacto con el oxígeno y encabezado hasta, al menos, los 17 grados, a diferencia del fino, que con dos grados menos, conserva su particular hongo, su velo de levaduras. “Podéis notarlo en nariz y en boca”, explica Carmen, que valora cómo pese a la sequedad los azúcares del alcohol pueden notarse con el sentido del olfato.

Más notorio es aún el cream. Un 20% de la otra uva, la Pedro Ximénez, que se le añade al oloroso para hacer este oloroso… “Oloroso dulce es esto, ¿no?”, le preguntan. “Sí, pero ahora todos se llaman cream”, aclara sobre la terminología de este tipo de vino, que a nivel popular antes era también conocido como oloroso dulce. Algunas de las señoras destacan su predilección por este, y no tanto por los secos. Sin embargo, el postre viene el último, tal y como debe ser. “Es pasa”, concluye la enóloga tras la valoración de los asistentes. “Podéis notar el caramelo, todos esos tonos dulces”, añade, bajo la atención de los invitados, que deciden compartir impresiones entre ellos y se animan a hacer una foto de familia. Jerez para todos.

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