Opinión

Una bolsa en la arena

¿Qué futuro nos depara con una mayoría silenciosa que mira hacia otro lado con gestos tan sencillos como recoger una bolsa de plástico de la arena de la playa?

Ella me habló y me preguntó: “¿Me recoges?”. “¿Cómo?”, contesté. “Alguien me ha tirado esta mañana, he visto pasar a cientos de personas y nadie me llevó a mi sitio”, prosiguió. Una colilla, un vaso de plástico y un trozo de papel de aluminio del bocadillo de seguramente otro despreocupado le siguieron en su auxilio una cálida tarde de junio: “¡Estoy aquí!”. “¡Llévame!”. No es la música de las olas ni el rugir del viento marino a modo de réquiem lo que impide que les escuchen.

Dicen que es cuestión de conciencia, pero en la mayoría de las ocasiones ni siquiera llega a ser cuestión y cuando lo es, “¿por qué iba a recoger yo lo que otro ha tirado?”. Algo similar a esa vieja y casposa excusa que todos conocemos de… “¿Para qué voy a reciclar si otros pueden hacerlo por mí? ¡Si al final todo es mentira!”.

¿Qué futuro nos depara con una mayoría silenciosa que mira hacia otro lado con gestos tan sencillos como recoger una bolsa de plástico de la arena de la playa a la que van todos los fines de semana o desplazarse 50 metros hacia un contenedor azul para tirar una caja de cartón? ¿Nos merecemos este planeta? ¿Cómo pretendemos cambiar de rumbo en una escala macro y global si seguimos prescindiendo de las pequeñas acciones? La omisión de socorro también nos hace responsables. En las pequeñas y en las grandes cosas.

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