OpiniónRincón Malillo

Un taller de ‘microrrelataores’

Días atrás, clausuramos oficialmente el taller de microrrelatos que he tenido ocasión de impartir, de febrero a mayo, en la Fundación Caballero Bonald. El acto consistía en una lectura pública de los participantes, la entrega de los correspondientes diplomas y un jerez de honor. Cada alumno leyó tres microtextos de su autoría. Quedé impresionado por la calidad de casi todos. Bien es verdad que un alto porcentaje de los micronarradores jugaba con ventaja, pues realizaron el taller el año pasado y este año han querido reincidir, por lo que tuve que aplicarme para ofrecer nuevos textos, autores y ejercicios. Desde luego, las capacidades las traen cada uno de los inscritos.

En un taller, por su carácter esencialmente práctico, lo que hacemos es que estas puedan desarrollarse, alentamos el crecimiento personal con la adquisición de nuevas destrezas y estimulamos la inventiva con la proposición de tareas. Trabajamos sobre obras clásicas y actuales, porque el principal nutriente de un escritor es la lectura. Una lectura atenta y en grupo nos permite diseccionar recursos y enriquecer interpretaciones. El microrrelato, género que puede parecer desconcertante en un primer momento, termina enganchando.

Un taller literario es un trabajo colectivo.  Al docente le corresponde comandar la nave, pero los alumnos no son pasajeros de clase turista, sino que integran la tripulación que debe empeñarse en sortear zozobras y arribar a buen puerto. Así nos enriquecemos con las aportaciones de todos. Implicándose es como se pueden obtener réditos de los cursos de escritura creativa. Cuanto más pongas de tu parte, más beneficios sacarás de ellos. Hay algo muy importante: compartir. No sólo a través de la lectura en común, sino inquietudes, dudas y descubrimientos con otras personas interesadas en el mismo ámbito. La experiencia adquiere redondez cuando a los vínculos se añaden el afecto y la amistad: la maravilla de sentirnos nautas en el mismo barco. Esta vez hemos completado el círculo.

No hay dos talleres iguales, porque la aventura de la creación no admite la monotonía. Además, a medida que avanzamos, va brillando el estilo —el alma del artista— de cada uno. El microrrelato que se precie, en concreto, aspira a ser genial, por lo que hay que contar necesariamente con el genio de quien lo escribe. No diré que somos una fábrica de genialidades, pero hay alguna de las que se han producido que merece consignarse, aunque solo sea a efectos de iluminar la nomenclatura. Tal es el caso de la propuesta de Ámpervil —pseudónimo acróstico formado con las iniciales de Antonio Perea Villalón— para denominar a los escritores de narrativa hiperbreve: microrrelataores. Así de andaluz y de guasón. No un microrrelatista —término que conlleva cierto tecnicismo—, sino, con más arte, un microrrelataó, palabra acuñada que resalta la cualidad diferencial de los narradores del sur. Por supuesto, se han sucedido otros hallazgos deslumbrantes por parte de los alumnos. En otra oportunidad quizás hablemos de ellos.

Lector, te confiaré un secreto. El que más aprende de los talleres de creación literaria es quien los imparte. A la hora de preparar y poner al día, pero sobre todo de los talentos y virtudes de los demás. Cada año, me llevo mayores satisfacciones. No puedo sino estar agradecido.

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