El sol de los gitanos

Un personaje al que desprecio

La frase que da título a este escrito —normalmente suelo titular al finalizar el artículo, pero hoy me propongo empezar la casa por el tejado—, la he tomado prestada de otro artículo de opinión aparecido en este mismo diario hace dos semanas. La frase de marras me hizo reflexionar sobre la gente sin duda despreciable que hay por el mundo: asesinos sin escrúpulos, terroristas, violadores, pederastas, maltratadores habituales, ladrones de guante blanco, atracadores, políticos corruptos… y cabrones de toda laya y condición. Como se ve, la fauna digna de nuestro desprecio es casi infinita. Frente a ellos solo cabe procurar evitarlos e ignorarlos —como reza el dicho popular, el mayor desprecio es no hacer aprecio— y, en caso de delitos, denunciarlos y colaborar con la Justicia en la medida de nuestras posibilidades para que sean puestos a la sombra y paguen por sus fechorías. Pero también hay que procurar que el desprecio —según la RAE despreciar significa “desestimar y tener en poco”— no desemboque en odio. Primero porque el odio, como la envidia, es un sentimiento que corroe y empozoña antes a quien lo siente que a quien lo provoca. Y en segundo lugar porque genera violencia, ya que el odio, un paso más allá del desprecio, desea fanáticamente el mal de la persona odiada.

En cualquier caso el odio, una debilidad a la que debemos sobreponernos aunque solo fuera en beneficio de nuestra salud, no deja de ser un sentimiento bastante común que muchas personas no pueden evitar. Lo malo es cuando más allá del ámbito personal el odio se traslada al campo de las ideologías y de la política. Despreciar y alentar odio hacia ciertos colectivos —inmigrantes, homosexuales, personas de otra raza, pordioseros, ricos… o gente que piensan diferente o militan en otros partidos—, puede servir para movilizar e incluso teledirigir el voto de muchos electores cabreados, espoleados en sus sentimientos más primarios, pero es absolutamente incompatible con la democracia y acaba generando violencia. Todas las guerras civiles —y de eso en España deberíamos saber algo si se leyera más Historia— están precedidas por campañas de odio que convierten al adversario político en enemigo con el que no se puede acordar nada, al que no se le reconoce ni una pizca de razón o de buenas intenciones, y al que, por tanto, hay que vencer, someter y silenciar, cuando no exterminar.

El advenimiento de líderes políticos que hasta hace poco no eran conocidos ni contaban con el apoyo de un partido potente, se produce muchas veces en medio de una campaña de descalificaciones e insultos —contra los inmigrantes, el establishment, la casta… o sencillamente contra otros partidos políticos—, alentada por algún medio de comunicación —preferentemente una cadena de televisión, ya que la gente a la que va dirigida lee poco— a la caza y captura de la audiencia fácil que genera la política convertida en espectáculo de masas. El debate de ideas, incluso en los mismos parlamentos, que debería ser racional y más o menos sosegado, lo convierten  en lo más parecido a un reality show propio de la telebasura, en el que privan los insultos y descalificaciones, los numeritos efectistas, las frases gruesas, los eslóganes facilones y pegadizos,  la mentira mil veces repetida hasta hacerla pasar por verdad… Todo ello mediante una puesta en escena perfectamente estudiada para alentar el desprecio, cuando no el odio, hacia quienes piensan diferente. Cuando esto sucede, como está sucediendo, a uno le invade una profunda tristeza.

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