Cultura

Un peligro llamado Donald Trump

El periodista Bob Woodward ofrece en su libro ‘Miedo: Trump en la Casa Blanca’ el retrato de un presidente mentiroso e impulsivo que prefiere tomar decisiones equivocadas antes que dejarse asesorar por expertos

“El verdadero poder es —ni tan siquiera quiero utilizar la palabra— el miedo”. Donald Trump, en una entrevista concedida en marzo de 2016

Seguramente no hacía falta transcribir cientos de horas de entrevistas, ni hablar con decenas de fuentes internas o cercanas a la Casa Blanca para llegar a la conclusión de que Donald Trump es mentiroso, impulsivo, egocéntrico, contradictorio, imprevisible o inestable, por nombrar algunos de los adjetivos con los que lo definen las personas que lo han tratado durante su primer año como presidente de EEUU. Pero eso es lo que ha hecho Bob Woodward (Geneva, Illinois, 1943), el veterano periodista de The Washington Post que destapó, junto a Carl Bernstein, el mítico caso Watergate, que provocó la dimisión del presidente Nixon —tras probarse que espió al partido demócrata— y que tiene en su haber dos premios Pulitzer. Una eminencia del periodismo que en su libro Miedo: Trump en la Casa Blanca (Roca Editorial, 2018) recoge los testimonios de una larga lista de gargantas profundas —el presidente declinó su invitación a participar— que le permiten dibujar un retrato de Donald Trump que, sinceramente, da miedo.

“Cuando metes una serpiente con un ratón, un halcón con un conejo y un tiburón con una foca, en un zoo sin paredes, las cosas empiezan a ponerse desagradables y sangrientas”. Esta gráfica definición de la Casa Blanca en la era Trump la hace Reince Priebus, su primer jefe de personal, quien le comunicó al presidente su intención de dimitir durante un vuelo en el Air Force One, una charla en la que ambos acordaron que anunciarían esta decisión unos días después. Al bajarse del avión, Priebus recibió una alerta en el móvil. Trump había tuiteado: “Me complace informaros de que acabo de nombrar al secretario/general John F. Kelly como jefe personal de la Casa Blanca”. Priebus no se lo podía creer.

Que no tiene que ser fácil trabajar con Trump se puede llegar a deducir al ver alguna de sus salidas de tono o tras echar un vistazo a su cuenta de Twitter, pero es algo que confirman los testimonios que recoge Woodward. Hasta el punto de que Steve Bannon, director general de la campaña que lo llevó a la presidencia y exasesor, lo define como “un mal padre, un marido terrible, el novio que te jode la vida, por el que has desperdiciado tu juventud y que luego te deja. Ese jefe horrible que siempre te agarra el coño y te menosprecia”. Rex Tillerson, que duró como secretario de Estado apenas un año, llegó a afirmar tras una reunión sobre seguridad nacional que Trump “es un puto imbécil”. Y es que si destaca por algo es por la facilidad con la que saca de quicio a todo el que lo rodea.

Es un mal padre, un marido terrible, el novio que te jode la vida, por el que has desperdiciado tu juventud y que luego te deja. Ese jefe horrible que siempre te agarra el coño y te menosprecia”, dice Steve Bannon, exasesor de Trump, sobre el presidente

Un ejemplo de su forma de actuar: EEUU tiene un déficit comercial de 18.000 millones de dólares al año con Corea del Sur y gasta 3.500 millones anuales en el mantenimiento de los 28.500 soldados que mantiene en el país asiático. “Nos estáis robando. ¡Ya estoy harto de regalaros dinero!”, le llegó a decir Trump al presidente surcoreano. Pero lo cierto es que el Acuerdo de Libre Comercio entre EEUU y Corea del Sur (conocido como Korus) permite a los estadounidenses detectar en siete segundos la salida de un misil desde Corea del Norte, su principal amenaza. Romper el acuerdo y salir de Corea del Sur supondría detectar el posible lanzamiento de un proyectil en 15 minutos, con el consiguiente peligro que conlleva.

Por muchas explicaciones que se le den, a Trump no le entra en la cabeza e insiste en romper —o al menos renegociar— el acuerdo. Hasta le llegaron a escribir el borrador de una carta en la que informaba de su intención de romper el Korus. “La cogí de su mesa. No iba a dejar que la viera. Nunca verá ese documento. Tengo que proteger el país”, dijo en su momento Gary Cohn, quien fuera asesor económico de Trump. “No es lo que hemos hecho por el país, sino lo que hemos evitado que él haga”, añadía para explicar su forma de proceder durante el tiempo que trabajó en la Casa Blanca. Si le quitaban la carta de su vista, Trump se olvidaba del tema y podía tardar horas, días o incluso semanas —si nadie se lo recordaba— sin mencionar el asunto. Así es el presidente de la primera potencia del mundo, como un niño caprichoso que actúa por impulsos y se enrabieta si no se hace lo que dice, pero que olvida rápido y pasa a otra cosa. Las decisiones, claro, no las toma en base a un razonamiento lógico o amparándose en datos fehacientes, sino por sus propias convicciones, erróneas la mayoría de las veces.

La portada del libro ‘Miedo: Trump en la Casa Blanca’, de Bob Woordward.

“Un tercio de mi trabajo consistía en reaccionar ante algunas de las ideas verdaderamente peligrosas que se le ocurrían y darle razones para que pensara que tal vez esas ideas no eran tan buenas”, dice Rob Porter, abogado y secretario de personal de Trump que duró apenas un año en el puesto —renunció tras conocerse que había abusado y agredido a sus dos exesposas—, quien asegura que “ralentizar cosas, decirle que algo se tenía que revisar, que se tenía que estudiar más o que no teníamos el visto bueno legal era diez veces más frecuente que coger documentos de su escritorio. Teníamos la sensación de estar continuamente al borde del precipicio”.

Hasta pudo provocar una guerra si no llegan a impedir que volviera a escribir en Twitter, una red social donde se desahoga y escribe auténticas barbaridades, ajenas al control de sus allegados. Después de que el líder norcoreano Kim Jong-un llegara a decir: “Es cierto que tengo un botón nuclear en mi escritorio. Todo el territorio de Estados Unidos está al alcance de nuestros ataques nucleares”, Trump no tardó en responder: “¿Alguien en su régimen mermado y muerto de hambre podría comunicarle que yo también tengo un botón nuclear, pero que es mucho más grande y potente que el suyo? Además, ¡el mío funciona!”. El Washington Post llegó a desmentir este punto —“No existe tal botón”, tuiteó— y Bob Woodward, el veterano periodista, asegura en su libro que “los tuits del presidente Trump podrían haber llegado a provocar una guerra contra Corea del Norte a principios de 2018. El público jamás conoció la historia completa sobre los riesgos que podrían haber supuesto las batallas verbales entre Trump y el líder norcoreano Kim Jong-un”.

Un tercio de mi trabajo consistía en reaccionar ante algunas de las ideas verdaderamente peligrosas que se le ocurrían y darle razones para que pensara que tal vez esas ideas no eran tan buenas”, señala Rob Porter, antiguo secretario de personal de Trump

¿Es consciente Trump del peligro que entrañan sus palabras? ¿De la responsabilidad que tiene? ¿Del daño que puede hacer a millones de personas por un simple tuit desafortunado? Quizá la respuesta la dé en el libro Priebus, el jefe de personal al que traicionó nada más anunciarle su dimisión, quien señala que “el presidente carece de habilidad psicológica para experimentar, en ninguna medida, empatía o pena”. Otro alto cargo de la Casa Blanca, del que no se desvela su nombre, apunta que “es evidente que muchos de los asesores principales del presidente, especialmente los pertenecientes a la esfera de la seguridad nacional, están sumamente preocupados por su carácter imprevisible, su relativa ignorancia, su incapacidad para aprender y también por lo que ellos consideran que son opiniones peligrosas”.

El mayor miedo de Trump es parecer débil, le da igual a costa de qué. Después de los sucesos de Charlottesville (Virginia), donde murió una persona y hubo 19 heridos después de que un coche embistiera a antifascistas que protestaban por la marcha de ultranacionalistas convocada en la ciudad, el presidente dijo que la violencia vino de “muchos lados”, sin condenar explícitamente a los supremacistas blancos. Luego tuvo que rectificar y leyó un discurso que le prepararon y que Woodward asegura que podría haberlo pronunciado Obama. A Trump no le gustó nada que pareciera que reculaba, que admitía un fallo. “Es el puto error más grande que he cometido jamás. Nunca hay que hacer esas concesiones. Nunca hay que disculparse. Para empezar, no he hecho nada malo. ¿Por qué parecer débil?”, dijo.

Todo eso —y mucho más— en apenas un año al frente de la Casa Blanca, un tiempo durante el que desfiló por el Ala Oeste un gran número de personal de confianza, que fue despedido o, que en su defecto, salió huyendo. Cuando se escriben estas líneas ya ha batido el récord histórico de días con la administración cerrada, porque solo tiene una cosa en la cabeza: quiere conseguir los 5.700 millones que le hacen falta para construir el muro en la frontera con México que prometió en campaña. Leyendo a Woodward es fácil imaginar el ambiente que se vive en la Casa Blanca y las razones —o sinrazones, más bien— que lo llevan a seguir en su empeño. Pero para eso habrá que esperar al próximo libro.

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