VidaEn torno a Jerez

Un ‘lugar prohibido’ en Majarromaque

‘En torno a Jerez’ descubre el pozo mítico de este asentamiento rural.

Entre los poblados de colonización y las barriadas rurales repartidos por la Vega del Guadalete, siempre hemos sentido una especial atracción por Majarromaque. El río, procedente de la Vega de Albardén, cambia aquí su curso al llegar a un pequeño promontorio sobre el que se emplaza el blanco y ordenado caserío de esta población. Levantada en 1954 sobre las tierras del antiguo cortijo de Majarromaque o “Marrumaque” (como se recoge en muchos documentos y en el mapa topográfico nacional de 1917), se le dio el nombre de José Antonio, que nunca llegó a cuajar, y que desde sus orígenes convivió con el antiguo y sonoro nombre del lugar. En otro artículo hemos comentado como Majarromaque, topónimo de origen árabe podría interpretarse como el “majar” o “la casa de campo del yegüero”, aludiendo así a una actividad que, mil años después, aún pervive en estos parajes del valle del Guadalete hacia Garrapilos: la cría de caballos. 

Este peculiar y sonoro topónimo ha sido llevado también a la literatura en diferentes obras. El escritor Sebastián Rubiales, en un hermoso libro titulado Los lugares prohibidos –lugares, que en palabras del propio autor, son más bien “imaginariamente deseados”- dedica uno de los capítulos a Majarromaque: “Hay nombres rotundos. Palabras cuyos sonidos tienen en sí mismos significados; como si la sucesión de letras y fonemas, su orden exacto, fuera indicando la naturaleza del lugar al que se refieren. Majarromaque suena como un tiroteo que espanta una bandada de palomas torcaces. Evoca un revuelo de plumas blancas y pólvora seca. Alpiste, cebada y panizo… “. 

En este mismo capítulo, el autor evoca sus recuerdos de infancia, dejándonos unas bellas imágenes en las que describe las sensaciones que le produce su encuentro con un pozo: El camino de entrada al caserío se eleva poco a poco y, en su costado derecho, aprovechando el desnivel, se acomoda una construcción cilíndrica, rematada por un techo semicircular, en cuyo interior hay una fuente. Una tarde de chicharra entré por una abertura parecida a un ventanuco. La fuente murmuraba sobre el depósito que retenía el agua. Cuatro o cinco carpas rojas y grises se movían despacio abriendo la boca para coger oxígeno. Lentamente. En la oscuridad del pequeño recinto el frescor de la humedad acariciaba la piel y se concentraba un olor de romero y de lavanda. Cuando introduje los pies en el agua, la frescura me inundó el alma. Como un descendimiento de la conciencia hacia los territorios en los que no se sufre. Un sedante para los sentidos. 

Las carpas se movían despacio, ignorantes y confiadas. Las carpas, rojas y grises. Grises y rojas. La emoción serena, casi alegría, que comencé a sentir estuvo a punto de arrojarme al agua. Me refresqué la cara y los brazos. Bebí el agua clara. Evoqué el encuentro con la Verónica, cuando la mujer le ofrece, al Cristo, un paño para enjugarle el sudor y las lágrimas. Sobre un poyete me quedé dormido, soñando con la luz de la luna en un bosque de álamos blancos junto al río y aromas de lavanda y romero, y con una bandada de palomas torcaces. Soñé que no me despertaba. Y no me desperté. Desde entonces jamás he regresado de este sueño en el que permanezco voluntariamente. Al abrigo de las horas, y del sol, y del viento.” 

…Un pozo. Un humilde y viejo pozo . Un pozo centenario al pie del antiguo Camino del Encinar de Vicos. Aunque ahora no nadan las carpas en sus aguas secretas, este pozo, que resiste al tiempo y la desidia al pie de la carretera, nos traerá ya siempre las hermosas imágenes que en Los lugares prohibidos nos ha dejado Sebastián Rubiales.

Para saber más: 
– Rubiales Bonilla, S.: Los lugares prohibidos. Ed. Renacimiento. 2006 

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