Un grito de película

El documental 'El silencio de otros' retrata la búsqueda de las víctimas del franquismo en un país que cerró con candado el periodo más negro de su historia

Son las 19 horas de un lunes laborable del otoño sevillano. El Teatro Lope de Vega, construido para la Expo Iberoamericana de 1929 y poco dado a recibir a gente con las manos ajadas de trabajos duros, recibe con su alfombra roja a un ejército de nadies que van a ver y a verse en el documental ‘El silencio de otros’, un largometraje que el Centro de Estudios Andaluces ha incluido en el Festival de Cine Europeo de Sevilla y que retrata la búsqueda de las víctimas del franquismo en un país que cerró con un candado el periodo más negro de su historia, pensando que es posible decretar el olvido por derribo.

Lentamente pero con brío camina Juan Morillo, un activista de la memoria histórica que no ha perdido la ternura ni un solo día de los muchísimos años que lleva buscando desaparecidos en los cientos de fosas comunes que hay perdidas por Andalucía, desentrañando los hilos que todavía unen a las instituciones con la dictadura o reivindicando la República con su vieja bandera tricolor y folletos en blanco y negro que parecen hechos en una ruidosa multicopista de aquellas con las que los demócratas en este país le dieron la vejez al dictador.

Morillo, que está más cerca de los 80 que de los 70, entra en el noble teatro de la burguesía sevillana y se sienta en uno de los balcones más solemnes junto con sus camaradas memorialistas y de lucha antifranquista. Esperan hasta que la presentadora da la bienvenida y sólo después, cuando saben que va a tener efecto su acción, como buenos y fatigados militantes que son, cuelgan una bandera tricolor del balcón del teatro en el que en otras ocasiones se han sentado aristócratas y franquistas a aplaudir conciertos y obras de teatro reservados para la élite.

Juan Morillo y sus camaradas aplauden tantas veces como se les hincha el alma de emoción durante la hora que dura la proyección de la película. Aplauden en el entierro de María Martín, una nonagenaria que murió esperando a que las ranas criaran pelos para encontrar el cuerpo de su madre, tirado en una cuneta de un pueblo inhóspito de Ávila; aplauden a Paqui Maqueda cuando se emociona tras declarar en un tribunal de justicia argentino y por cada gramo de libertad y dignidad que narra la película.

Paqui es la hermana de Gracia y la hija de Manuela, una mujer octogenaria a la que echaron de su casa tras el golpe de Estado, la pusieron a servir siendo una niña y la arrumbaron en el barrio más pobre de España, las Tres Mil Viviendas, donde pensó en criar a su primer hijo que le robaron en un hospital en 1963 y donde nunca le contó a su prole que a su abuelo lo mataron a los pocos días del golpe de Estado.

Allí estaba Manuela, con pasitos chicos pero firmes, sin el miedo con el que creció y agarrada del brazo de sus dos hijas, dos incombustibles activistas que empezaron sacando las “fotos de nuestros muertitos” en una céntrica plaza de Sevilla allá por el año 2.000, ante la mirada indiferente y despreciativa de los viandantes y las instituciones. Veinte años después de que Paqui y Gracia sacaran los últimos sábados de cada vez las “fotos de nuestros muertitos”, no se podría explicar la lucha del movimiento memorialista andaluza sin su ternura, vitalidad y compromiso vital con la verdad y la justicia.

Morillo se emociona hasta romper a llorar cuando escucha el relato de un militante antifranquista que relata en el documental las brutales torturas que recibió de Billy el Niño, un comisario policial que se ríe de la justicia y de sus víctimas y que cobra un 50% más de pensión por las medallas al mérito policial que atesora. El actor podría ser Juan Morillo, un militante comunista que sigue levantando el puño para defenderse de la injusticia y de los tiranos.

Nacido y criado en un pueblo rojo de la Andalucía jornalera inundado de fosas comunes y de tierras productivas que no se cultivan porque están en manos de los grandes terratenientes, Juan Morillo se tira más de cinco minutos aplaudiendo como si no hubiera mañana la proyección de la película ‘El silencio de otros’, dirigida por Almudena Carracedo y Robert Bahar e impulsada por El Deseo, la productora de los hermanos Almodóvar.

María Martín se murió y ahora es su hija la que ha retomado el testigo por buscar a su abuela, a la que antes de asesinarla la raparon al cero y la pasearon por todo el pueblo para humillarla. La madre de Paqui y Gracia Maqueda apenas puede andar, pero hasta el último aliento de sus días soñará con encontrar el cuerpo sin vida de su abuelo y con darle un beso al niño que le robaron, su primer hijo, en el hospital nada más nacer.

A Juan Morillo el paso del tiempo también le hace de las suyas, pero seguirá organizando jornadas republicanas, manifestándose delante de la Macarena para que saquen a Queipo de Llano y emocionándose con cada fosa abierta y cada desaparecido en manos de sus seres queridos y flores frescas. Hasta el último día de su vida levantará el puño para defenderse de la injusticia y de los tiranos.

Lo importante no es la película, que es una joya, sino las vidas sin nombre que protagonizan la página más negra de nuestra historia y a los que los tribunales españoles se niegan a escuchar en base a una ley de amnistía que decretó el olvido obligatorio de lo que es imposible olvidar. No se olvida por decreto, pero sí se puede recordar derogando la infame Ley de Amnistía, aprobada durante la Transición, que le niega a hombres y mujeres octogenarios y nonagenarios poder morirse en paz y ser enterrados en compañía de sus seres queridos, que fueron asesinados por cometer el delito de levantar el puño para defenderse de la injusticia y de los tiranos y soñar un mundo más justo para los nadies que llevan toda la historia perdiendo contra los de siempre

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