Sociedad

Un andaluz en el ‘Open Arms’

Mientras el barco sigue retenido en el Puerto de Barcelona, el jerezano Jose Miguel Saborido se prepara para volver a una misión tras la que vivió en la pasada Navidad

La ola de frío ha llegado al puerto de Barcelona. Frente a la majestuosidad del hotel W, uno de los más lujosos de la ciudad, a un palmo del mar, se halla anclado un amasijo de hierros en pleno proceso de rearme. Es uno de los barcos más conocidos del país, un antiguo remolcador del Prestige que tiene, en su segunda vida, una oportunidad de redención: El Open Arms. El barco de una ONG internacional cuya labor es rescatar a emigrantes que, a bordo de embarcaciones en un estado lamentable, deambulan por ese cementerio contemporáneo en el que se ha convertido el Mar Mediterráneo. Eso cuando no los rescatan directamente del mar. En 2018, murieron en sus aguas 2262 personas.

A bordo del Open Arms, 19 tripulantes se preparan, por misiones, para lanzarse al mar a rescatar vidas humanas. Esther, una joven catalana, muestra la que va a ser su casa el próximo mes: los camarotes, la cocina, la sala de máquinas y el cuartito para prensa. Al barco no le falta de nada, pero tiene justo lo necesario. Cuesta creer que, en la última misión, hayan rescatado a más de trescientas personas del abismo y las hayan alojado ahí hasta encontrar un puerto amable.

Encontrar asilo marítimo no es nada sencillo en una Europa desfragmentada, donde cada país hace la guerra por su cuenta. Italia está en manos de Salvini, un showman de ultraderecha con la misma sensibilidad que una piedra, Grecia se hace la perezosa a la hora de destinar recursos después de un lustro bajo las garras de la Troika y Croacia tiene como presidenta a Kolinda Grabar-Kitarović, tan mediática para el fútbol como inclemente en su política migratoria. Así las cosas, es la España de Pedro Sánchez el destino preferente por el Open Arms, pero el presidente español lo mismo tiene gestos humanitarios que hace las peores devoluciones en caliente que se han dado en nuestras fronteras.

Hoy, el Open Arms se encuentra retenido en el puerto de Barcelona. Capitanía Marítima denegó la salida del barco alegando motivos de seguridad (una traba legal para bloquear su funcionamiento habitual), pese a que Óscar Camps, fundador y director de la oenegé, asegura que cumple toda la normativa. Desde entonces, en la página web de Open Arms figura un contador con el número de personas desaparecidas en el Mediterráneo que no han podido rescatar: 235.

De entre los 19 tripulantes que viajaron en navidad, destaca por su altura Jose Miguel Saborido, “Chemi” para los amigos y también para las personas rescatadas del Open Arms. Nacido en Jerez de la Frontera hace treinta años, pareciera como si su destino estuviera atado a este barco. Primero fue activista por la causa saharaui, luego marchó para Madrid a trabajar para oenegés de cooperación internacional, volvió a las costas de Cádiz a formarse en salvamento marítimo y trabajó como socorrista hasta que, al fin, llegó la llamada de Open Arms. Lo que parecía un final es, a su vez, un principio. Pasó allí la Navidad donde, dicen, enseñó villancicos jerezanos a las personas que rescató.

Cuentan los que le conocen bien que lleva un tiempo viviendo emocionado, para lo bueno y para lo malo. Pero, sin embargo, su voz suena con calma, fuerte, sincera.

Jose Miguel Saborido, tercero por la izquierda, juntos a otros tripulantes del Open Arms en una imagen de la tripulación.

¿Por qué tomas la decisión de intentar formar parte del Open Arms?

Todo el mundo, de una u otra forma, hemos vivido estos años de cerca los fenómenos migratorios. La crisis migratoria de 2015 nos inquietó sobremanera. Hay casos cercanos en mi grupo de amigos, como el de un amigo que fue al campo de refugiados de Lesbos a ayudar como enfermero. Después de informarme mucho al respecto, me llegó una noticia que me impactó mucho. Un grupo de personas de Barcelona, socorristas, decidieron irse a la isla de Lesbos a hacer lo que sabían hacer: sacar del agua a personas que estén en apuros.

Pensé que si esas personas, que tienen una formación y unos conocimientos parecidos a los míos, se habían ido a hacerlo. ¿Por qué no puedo hacerlo yo también?

Ahí me nace la inquietud de dar un paso más colaborando. La sensibilidad también me viene después de haber formado parte del movimiento pro saharaui, gracias a la Asociación del Sahara, que me hizo tener más contacto con toda esta realidad.

Entrar en el Open Arms era una especie de mestizaje de toda mi labor profesional, pues puedo poner mis conocimientos como patrón, marinero de puente y socorrista, a disposición de una buena causa.

¿Qué sentió en el momento que le confirman que va a ser parte de la tripulación?

No se entra de un día para otro, es un proceso largo. Ahora se cumple un año desde que lo inicié. En Navidad de 2017 me puse en contacto con Open Arms, enviándole una carta de motivación y explicando mi experiencia profesional. Seguimos en contacto hasta que, estando en Tarifa, me llamó Gerard Canal, que forma parte de la organización. Me preguntó por mi disponibilidad para el mes de agosto. Automáticamente dije sí. Fue un subidón. Lo asumí con mucha motivación y responsabilidad. También con alegría, porque se trataba de uno de mis objetivos vitales.

Imagino que el primer día fue un cúmulo de sensaciones.

Tuve un buen recibimiento. Fue un día intenso, brutalmente intenso, conocí caras nuevas, el barco por dentro, los medios que disponíamos, las instalaciones, el material de a bordo o el del almacén. Además, tendría que destacar la incertidumbre que se generó en verano, con lo que me di cuenta que no toda la actividad del barco depende del barco, sino de la situación política del momento.

De alguna manera, cada día que pasas en esta organización es como un nuevo primer día. Suena romántico, pero es verdad. Siempre tienes cosas nuevas que hacer. Vas haciendo “callo”. Ese nervio que se vive a bordo está presente de manera continua. Nunca sabes qué vas a arreglar en el barco, a quién vas a conocer, con quién tendrás que hablar.

De alguna manera, cada día que pasas en esta organización es como un nuevo primer día.

¿Cómo es un día en alta mar a bordo del Open Arms?

Es una pregunta compleja, pues depende de cada persona y el rol que tiene dentro del barco.

Lo mejor es diferenciarlo en tres momentos. Cuando vas rumbo a zona S.A.R (el Open Arms opera en la zona de rescate de Libia), estando en la zona S.A.R en maniobras de rescate y después, estando con los rescatados a bordo.

En el barco, nos dividimos por guardias de navegación de ocho horas. Cada tripulante tiene su horario de guardia. Luego tienes el resto del día para descansar, así como para hacer labores de limpieza y mantenimiento del barco (baños y zonas comunes). También tenemos turnos de cocina, en el que ayudas al cocinero a hacer el menú diario.

Ya en zona S.A.R hacemos lo mismo que antes, pero estamos pendientes de qué puede pasar. Además de velar que todo sea correcto a nivel de navegación, estamos en fase de búsqueda. Y no es fácil porque ningún organismo oficial nos facilita la posición de pateras. Esto nos obliga a hacer una búsqueda visual o, por la noche, a través del radar. A cada costado del barco un tripulante, en babor y estribor, más una persona arriba del puente con prismáticos de largo alcance, estamos en permanente estado de búsqueda.

Si hay que salir a rescatar, se desarticula este operativo y se va al rescate con las lanchas de rescate rápido con un patrón a bordo, más dos rescatistas y la persona de prensa.

Y por último, un día en alta mar con la embarcación llena de personas rescatadas. Ahí se combinan las labores operativas del barco con la atención directa y continua a las personas rescatadas. A las personas rescatadas se les hace un peritaje médico, se recogen sus datos y se les coloca en la popa de navegación. Luego, les llevamos mantas, preparamos comidas y cuidamos su estado de salud.

Son los días más intensos, se trabaja mucho y se duerme poco, tres o cuatro horas al día. Se preparan seiscientas cincuenta raciones de comida en dos turnos, se ha de cuidar el barco y cuidarnos a nosotros mismos. Es duro, pero la verdad sea dicha, el grupo de profesionales a bordo del Open Arms es muy bueno.

¿Cómo fue el primer contacto con las personas que rescatasteis?

Es una combinación de sentimientos. El primer contacto parece como si tuvieran contacto con alienígenas. Nosotros todo equipados, poniendo orden a la situación, y ellos ahí parados.

Te explico un poco el protocolo que seguimos.

El primer contacto que tenemos es visual, manteniendo una distancia moderada. Más que nada para evitar que se pongan nerviosos. Con este contacto pretendemos simplemente saber en qué estado está la embarcación y el número aproximado de personas que hay a bordo.

A partir de ahí, ya nos acercamos, nos identificamos, les decimos quienes somos, de dónde venimos y les transmitimos calma. Una vez ellos muestran una actitud de calma, les hacemos una serie de preguntas básicas: Cuántas mujeres y niños están a bordo, si hay personas que necesitan asistencia sanitaria de urgencia y el número de personas que está a bordo.

Una vez ya tenemos esos datos, vigilamos que no haya intentos de tirarse al agua y comenzamos a repartir los chalecos salvavidas. Una vez se reparten, hacemos el tranfer, que consiste en pasar personas de su embarcación a nuestra lancha de rescate, de unas veinte personas.

En cuanto al trato humano, es difícil de explicar. Parece un escenario de guerra. Se trata de un desierto de mar donde emerge una embarcación de unos diez metros, atestada de gente. Los ojos de los rostros que ves están completamente abiertos, expectantes con lo que va a pasar con sus vidas. Niños, niñas, madres, mujeres embarazadas, hombres de mi tamaño que pesan 40 kilos, es lamentable.

El primer contacto con ellos es de tremenda gratitud, tal y como ven la onda que llevamos y nuestras sonrisas, se muestran cercanos, seguros y felices. Lloran de alegría o cantan.

Los ojos de los rostros que ves están completamente abiertos, expectantes con lo que va a pasar con sus vidas. Niños, niñas, madres, mujeres embarazadas, hombres de mi tamaño que pesan 40 kilos, es lamentable.

¿Qué momentos son los que más te han emocionado a bordo del Open Arms?

Ya el simple hecho de estar a bordo es plenamente emotivo. Desde la convivencia hasta el hecho de rescatar a personas, hacer un turno de navegación con algún compañero, charlas que se tienen…  todo es emotivo allí.

Después hay emociones más positivas y otras más negativas, historias que no te imaginas, que te desmoronan.

¿Cómo es la relación del Open Arms con los organismos de los Gobiernos de países tan dispares como España o Italia?

Es una pregunta muy compleja.

Te pongo el ejemplo de la última misión, un barco con trescientas once personas a bordo, y estuvimos veinticuatro horas sin respuesta a la hora de encontrar un puerto seguro. Italia nos mandó un mail en el que nos enviaban directamente a casa. Francia no nos dio ningún respaldo en cuestión humanitaria. Y así, casi todos los países. A partir de aquí podemos sacar conclusiones de cómo afrontan los gobiernos nuestra actividad. En este caso, fue en España, desde el centro de coordinación de salvamento marítimo, quienes nos dieron puerto en Algeciras.

Vivimos una situación de negación de la realidad, en plan “no queremos que hagáis ruido con esto y a mi casa no vienen”. Tuvimos una sensación de desamparo. Tres cuartos de lo mismo pasó con el Santa Pola, el pequero, antes de Navidad.

Nuestra misión es dar voz y poner imagen y sonido a lo que está sucediendo en el Mediterráneo, nosotros estamos dando una respuesta a los convenios internacionales. Atendemos a náufragos a la deriva, que corren peligro de muerte. Y eso va más allá de la política.

¿Cómo os mantenéis física y psicológicamente en forma durante una misión?

Aquí es clave el grupo humano. Como en cualquier convivencia, debe ser un ambiente equilibrado, en el que se respire respeto, alegría y motivación. Y eso depende de las personas que ahí estamos.

Hay que aportar todo lo bueno que tengas y eso requiere de un alto grado de madurez. Hay que sacar tiempo para crear buen ambiente. Si eso implica hacer juegos y cantar canciones, se hace. Todo esto vuelve el día a día más liviano y llevadero.

Sabemos dónde vamos, pero no qué encontraremos, por lo que es muy importante el grupo humano que encontrarás. La organización pone un grupo de psicólogas, que nos van monitorizando, antes y durante la navegación.

La alimentación —imagino— influye en el estado físico.

Hay un cocinero encargado de todo. Se encarga del buen estado de los alimentos, del orden de la cocina y de crear un menú equilibrado para todos los tripulantes. Es una dieta equilibrada en la que se come de todo. La cocina está muy bien adaptada y es grande, como la de un restaurante. Así que, la verdad, se come bien y no se echa nada en falta.

¿Cómo es la relación con la tripulación?

Ante todo, lo que prima es el respeto hacia las personas y su rol en el barco. Si están ahí, es porque son los mejores en lo que hacen.

Cuando llevas tiempo, de compañeros pasan casi a familia. Me vienen nombres como Marc, como Sergi, como Ibai, Esteban, Alejandra… te digo nombres sueltos de personas que ya son más que compañeros y amigos. Hermanos de una experiencia única, que nos ha cambiado a nivel vital. Cuando nos vemos, sabemos que somos las únicas personas con las que vamos a poder hablar de verdad sobre lo que hemos vivido, lo que hacemos y lo que seguiremos haciendo.

Es una relación completamente diferente a las demás. Siento un gran respeto y admiración por cada una de ellas.

¿Qué consejos le daría a un joven activista?

Dos palabras fundamentales: empatía y respeto. Empatía hasta situarte en el pellejo de la otra persona. Y respeto con tu elección, con tu causa e incluso con tu propio trabajo.

Cuéntenos alguna anécdota que se le haya quedado grabada.

Son muchas, pero te cuento dos significativas.

El caso de un chaval de unos catorce años, que llegó con la cara hinchada a la embarcación. Todas las personas rescatadas llegaron en un estado lamentable, pero él más. Por la mañana, estábamos levantando a todas las personas en un ambiente jovial, para animarlos y que siguieran con fuerza en la embarcación. Pese a que lo intentábamos, él no salía de su manta. Se había enrollado como un gusano de seda, a modo de caparazón.

Su cara amaneció completamente deformada. Después de insistirle, confesó que en Libia le habían dado una paliza justo antes de salir. Se te cae el alma porque no deja de ser un niño de catorce años. ¿Dónde estábamos nosotros a su edad?

Decidimos hacerle evacuación al chaval, pues estaba físicamente muy mal, con sarna y muchos piojos, y, justo antes de ser recogido por los guardacostas italianos, dijo: “Decirle a mi mamá que estoy bien”.

Y otra anécdota, para compensar, fue cuando volvimos a Jerez. Quedamos con el fotógrafo Javi Fergo y Olga González en la plaza Plateros para comentar la experiencia y reencontrarnos. Nos apetecía. De repente, me tocan la espalda y un grupo de muchachos dicen: Open Arms, Open Arms, Chemi, Chemi. Me doy la vuelta y son cinco de los menores somalíes rescatados en Libia y que habíamos dejado en Algeciras, que luego habían pasado por Campano y estaban en el Albergue Inturjoven de Jerez.  Nos abrazamos y éramos incapaces de controlar las lágrimas.

Dos semanas antes los estábamos sacando del agua y ahora estaban comiendo en la Plaza Plateros. Ahí te das cuenta de la magnitud de lo que estamos haciendo. Si no estuvieran ahí, estarían siendo explotados en Libia o peor, en la fosa común del Mediterráneo.

Jose Miguel Saborido en la plaza Plateros de Jerez, junto a algunos de los jóvenes que rescataron en el mar.
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