El vendimiador de palabras

Turismo

Esta semana, con motivo de la celebración del Día Mundial del Turismo en Jerez, hemos visto y oído a algunos políticos hacer y decir cosas de las que es mejor no hablar, para no contribuir a propagar la incultura. Pero vale la pena detenerse en algunos comentarios recurrentes en las noticias de prensa y televisión en circunstancias semejantes, cuando se trata de abordar las estadísticas del flujo de turistas al final de los periodos vacacionales.

Me refiero a esos comentarios de asociaciones de empresarios que señalan una tendencia cambiante “hacia un turista de más calidad”, entendiendo el grado de calidad del turista en función de la disposición de este a “pagar más por cualquiera de los servicios turísticos que desee contratar”. El lenguaje empleado es ambiguo; no queda claro si con esa disposición a “pagar más” debemos interpretar “disposición a dejarse timar”, es decir, a pagar por encima del precio justo o, como preferimos interpretar, que el turista disponga de suficiente poder adquisitivo para demandar servicios que son caros.

Sea como sea, esta forma de entender la calidad del turista me parece propia de quien piensa que el turista es siempre el otro, y no uno mismo. La calidad del turismo, en mi opinión, debería medirse en términos de capacidad de las empresas e instituciones locales para dar al turista una información clara, precisa y completa; para tratar al turista con amabilidad, cortesía, calidez y sonrisa; para asesorar a los diferentes actores del gremio del turismo; para dominar idiomas extranjeros; para mantener la ciudad y el patrimonio limpio, bien conservado, con espacios públicos convenientemente amueblados para permitir el paseo a pie o en bici, el descanso y la convivialidad. En fin, la calidad del turismo debería medirse en términos de humanidad y sostenibilidad.

El turismo sostenible se ha entendido hasta ahora en relación con la gestión de la repercusión del flujo de turistas en el entorno natural; pero las políticas turísticas de sostenibilidad deberían ir más allá de las preocupaciones ecológicas, integrando proyectos de planificación del territorio a largo término y atendiendo a cuestiones sociales, en concreto mirando por el reparto equitativo de los beneficios del turismo entre todos los miembros de la comunidad de acogida.

Turistas somos todos. Como dijo Pessoa, vivimos todos en este mundo a bordo de un barco salido de un puerto que desconocemos hacia un puerto que ignoramos; debemos tener, unos para otros, la amabilidad del viajero.

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